Liberación

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Alicia Caballero Galindo.-

Vagando por la playa de las ausencias bajo un cielo nublado y plomizo, me encontré un día cualquiera; mis manos acariciaban en silencio un viejo rosario amarillento y gastado de recuerdos, que repasaba una y otra vez sin descanso como un círculo vicioso, sin principio ni final. Algunas de sus cuentas, tenían aristas y aún dolían al repasarlas, pero se volvió un hábito recurrente hacerlo una y otra vez. Me detuve un momento, cara al mar; contemplando el horizonte plagado de interrogantes con respuestas ocultas que no lograba descifrar, tal vez porque no me empeñaba en ello y no trataba de adivinarlas. El viento mantenía flotando mi cabello que por momentos me acariciaba la cara, metiéndose a mis ojos y limitando la visión. Los dedos espumosos del mar, en su monótono deambular por la arena, rozaban silenciosa y suavemente mis pies descalzos, mientras mis manos, continuaban con su recorrido eterno sobre las cuentas del viejo rosario de recuerdos. La fresca sensación del agua salobre y zalamera sobre mis pies, me agradó y permanecí así, quieta, sin moverme y mirando al horizonte donde el mar y el cielo parecen juntarse.

La arena, avariciosa, calladamente, poco a poco se fue hundiendo bajo mis pies sin yo sentirlo, porque mi mente se perdía y divagaba mirando el horizonte en busca de esas respuestas que adivinaba sin descubrirlas. De pronto me di cuenta que me hundía en la arena inmovilizándome y me pareció una sensación agradable y algo extraña… Cada vez me hundía más y comprendía que era por estar parada en el mismo lugar, estática sin hacer el menor esfuerzo por salir…

El peso de mi cuerpo sobre la arena y el tiempo que permanecí estática contemplando el horizonte mientras me hundía sin hacer nada y viendo la vida fluir frente a mis ojos, me hipnotizó…Pero fue tal el hundimiento que mis rodillas estaban a punto de desaparecer bajo la arena mientras la marea subía y cada vez me golpeaban más fuerte las olas que dejaron de ser caricias para volverse azotes que dolían. Pensé que, si continuaba ahí esa playa del ayer, me tragaría por completo y llegaría el momento en que no me podría liberar y… me perdería para siempre ahí, sin que nadie pudiera hacer nada por mí. Mi vestido estaba empapado de agua salada y también pesaba mucho. Traté de mover los pies y ¡ya no pude! ¡me sentí atrapada e impotente… requería de mis manos para salir de la arena ¡no! No deseaba desaparecer para siempre ¡Tendría qué hacer algo! yo misma porque nadie estaba ahí. Cada quien tiene su propia playa y habrá de luchar solo por su vida; nadie más podrá vivirla.

Suspiré profundamente, miré al mar en busca de las respuestas ocultas y un rayo de luz súbitamente, iluminó mis manos. Las contemplé por un momento, entendí el mensaje, arrojé aquel inseparable rosario de recuerdos al mar, lejos, muy lejos para que no regresara más a mi playa porque sentí que me quemaba, era un ancla un lastre que me impedía usar las manos, siempre repasando aquellas áspera cuentas. Lo lancé con tal fuerza que se perdió para no volver más. Después de aquel acto, suspiré con alivio; de pronto sentí que algo me faltaba, paradójicamente, también experimenté una ligereza y una vitalidad nueva. Con las manos libres, despejé mis piernas y luego mis pies de aquella pesada arena. Sentí como si hubiera crecido y de nuevo, los dedos espumosos del mar besaban mis pies suavemente, quitando los últimos vestigios de arena y dejándolos limpios y libres para caminar, correr, ¡saltar! Fue una sensación gratificante. Cuando me hundía, mi perspectiva era cada vez más corta y cercana al suelo. Al salir de la arena, me pareció que crecía de nuevo.

El viento seguía sacudiendo mi cabello pero lo trencé con cuidado para liberar mi cara; podía ampliar mi visión, ya no me limitaba nada, mi vestido bordado con minutos brillantes y escarolas de días y semanas, empezó a agitarse graciosamente, mientras caminaba ligera por la playa, dejando a mi paso algunos minutos brillantes tirados en la arena que se desprendían al andar y la pesada humedad en los bordes de mi falda, desapareció al agitarse con viento de esperanza. Las nubes adelgazadas por la fuerza del sol, se convirtieron en gotas de rocío que cayeron en mi rostro; levanté los ojos al cielo y bebí con delicia el agua dulce y fresca. Por fin salió el sol y las gaviotas graznaban en torno a mis pasos, buscando cangrejos. En el mar, una embarcación se acercaba. Por la playa caminaba hacia mí, alguien con los brazos tendidos llamándome por mi nombre… Cuando estuve cerca le pregunté:

— De dónde vienes?

Y sonriéndome sólo me dijo

— Acabo de rescatar de la arena mis pies que empezaban a hundirse sin remedio…

Mi rosario de recuerdos, navegaba mar adentro para perderse en la inmensidad acuosa, y yo, me sentía más ligera caminando sobre la arena con mis pies descalzos y mi vestido de horas minutos y segundos que se agitaba ligero con el viento.

Caminamos en silencio mientras el sol del atardecer, proyectaba en la arena, dos sombras caminando juntas tomadas de la mano, alargándolas mientras el mar acariciaba nuestros pies descalzos con sus espumosos dedos salobres.

 

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