DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

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Catón

 

“Soy virgen” -le dijo Dulcilí, doncella candorosa, a Afrodisio Pitongo, galán concupiscente. “No importa -respondió el labioso seductor-. Todos tenemos nuestros defectos, y ese que tú tienes se corrige con facilidad”. Insistió tanto que al fin la cándida joven accedió a entregarle la impoluta gala que había guardado para ofrendarla al feliz hombre a quien daría el título de esposo. A fuer de verdadero historiador debo decir que Pitongo le hizo a la muchacha un trabajo de supereminente amante. No se lanzó como cabrón verriondo sobre la inexperta joven. Eso hacen los mentecatos que desconocen las sutilezas del ars amandi, y que con sus prisas y rudezas causan que su pareja no disfrute el maravilloso acto del amor, sino antes bien llegue a detestarlo, a veces para siempre. Afrodisio no hizo tal con Dulcilí. Primero le musitó al oído palabras amorosas y de encomio a su belleza. La acarició luego suavemente, evitando que algún brusco atrevimiento la asustara. En seguida la besó con ternura que poco a poco se fue convirtiendo en deseo mutuo. La desnudó después con sabia lentitud, tras de lo cual la tomó en sus brazos y la llevó al lecho. Ahí renovó las expresiones de amor, cada vez más expresivas, y las caricias, también más expresivas cada vez. Finalmente la hizo suya con delicadeza y suavidad. Aquello fue una perfecta comunión de almas y cuerpos, una plenitud total. Agotada ya la voluptuosidad, sedados los impulsos de la carne, ambos amantes quedaron de espaldas en el lecho, rendidos por la dulce fatiga que llega tras el bien cumplido amor. En eso Dulcilí empezó a llorar. “¡Amor mío! -se consternó Afrodisio-. ¿Lloras la pérdida de tu virginidad?”. “No -respondió Dulcilí-. Lloro por todo lo que he dejado de disfrutar antes”… Es una pena que naciones hermanas como Bolivia y México hayan caído en un conflicto que turbó el buen entendimiento entre los dos países. Pienso que ambas partes han cometido errores. Nuestro gobierno asiló a Evo Morales en cumplimiento de su tradición diplomática y sus leyes, pero le dio trato de excepción y lo llenó de honores que ciertamente el señor no merecía, por haber pretendido erigirse en dictador. La inusual conducta de México fue interpretada con razón por el nuevo régimen de Bolivia como un apoyo a Morales, una indebida injerencia en sus asuntos interiores. Por su parte, el vocero del nuevo gobierno boliviano injurió groseramente al Presidente de México, lo cual, a la luz del derecho internacional, es absolutamente intolerable. Creo que López Obrador ha actuado con prudencia en este caso. Se ha negado a entrar “en dimes y diretes” y ha mostrado ecuanimidad ante las acciones extremas de quienes ahora ejercen el poder en Bolivia. Desde luego las aguas volverán a su nivel. Las aguas siempre vuelven a su nivel… En la vieja casona del Potrero de Ábrego, ante una lluvia pertinaz que ha durado toda la mañana, pregunto con impaciencia tonta: “¿Alguna vez dejará de llover?”. Cachazudo responde don Abundio, el viejo cuidador del rancho: “Siempre ha dejado, licenciado”… Un diálogo respetuoso y comedido podrá enmendar yerros, restañar heridas y hacer que entre México y Bolivia vuelvan a establecerse las excelentes relaciones que siempre han existido entre los dos países… Bien dicho, columnista. Hablaste bueno y sustancioso, si bien no breve. Descálzate ahora los coturnos del magíster, narra un rápido cuentecillo final y luego pon a tu alargada perorata la palabra “Fin”… Don Rugosio, señor octogenario, le dijo con masculina vanagloria a su esposa doña Pasita: “De joven yo tuve un cuerpo de atleta”. “Eso no es nada -replicó la vejuca-. Yo tuve tres”… FIN.

 

MIRADOR.

Armando Fuentes Aguirre

 

Jean Cusset, ateo con excepción de la vez que escuchó a Paul Robeson cantar “Nobody knows the trouble I’ve seen”, dio un nuevo sorbo a su martini -con dos aceitunas, como siempre- y continuó:

-La soberbia es el mayor de todos los pecados. La insana tentación de ser más que los demás, de tener más que los demás, de poder más que los demás, nos conduce irremediablemente a ser menos: menos humanos, menos amorosos, menos buenos.

Siguió diciendo Jean Cusset:

-De ese peligro nos salva la humildad. Virtud sencilla es esa. No consiste en fingir que caes para hacer que te levanten. Eso también es vanagloria. Ser humilde es conocerte, conocer tus debilidades y reconocerlas para no incurrir en ellas. Es saber que por bueno que seas en cualquier campo siempre habrá alguien mejor que tú. Si alguna vez te llega la soberbia llama en tu auxilio a la humildad. Ella ahuyentará cualquier necio deseo de engrandecerte, y eso te hará más grande. Te hará -sobre todo- menos tonto.

Así dijo Jean Cusset, y dio el último sorbo a su martini, con dos aceitunas, como siempre.

¡Hasta mañana!…

 

MANGANITAS.

Por AFA.

“Vuelta a la vida diaria.”

Después de la Navidad,

el nuevo año y su relajo,

volveremos al trabajo

con ansia (y necesidad).

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