La tragedia no está en la mochila

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Rogelio Rodríguez Mendoza.-

Que un niño de once años de edad se haga de dos pistolas para llegar a su escuela, matar a su maestra, lesionar a otro profesor y cinco de sus compañeros, para finalmente suicidarse, es una tragedia que, más allá de aterrorizarnos, deberá sensibilizarnos como sociedad, y sobre todo apurarnos a adoptar medidas que eviten que este tipo de hechos vayan a replicarse.

El drama registrado en el Colegio de Torreón, Coahuila, tiene que ser asumido como una oportunidad para que padres de familia y autoridades, hagamos algo al respecto. No podemos permitir que el transcurrir de los días haga que los hechos pasen al olvido fácilmente como comúnmente sucede.

Pero cuando hablo de hacer algo al respecto me refiero a acciones de fondo a las que se les dé seguimiento y continuidad, y sobre todo que sean medibles para verificar que haya resultados.

Creer que con revisarle las mochilas a los estudiantes será suficiente para garantizar la seguridad en los planteles educativos es iluso. Se lo digo porque tan pronto y trascendió la noticia de la tragedia en Torreón, autoridades, actores políticos y ciudadanos, comenzaron a exigir la reactivación del famoso pero inútil programa “Mochila Segura”.

Se va venido insistiendo tanto en eso como si fuera la fórmula mágica para garantizarnos la seguridad en las escuelas, lo cual es absurdo. Las tragedias como la de Torreón, y muchas más ocurridas en países como Estados Unidos, no se han gestado en las escuelas. Ha sido ahí donde han detonado pero su origen real ha estado en la mente de los protagonistas que se alimentó de traumas e influencias sociales dañinas.

En ese sentido, reducir los riesgos de que la tragedia se repita exige medidas más de fondo. Es tiempo, por ejemplo, de que como padres de familia estemos más al pendiente del entorno en que se desenvuelven nuestros hijos cuando no estamos con ellos.

Debemos enterarnos de quiénes son sus amigos, regular su mundo virtual con la adicción al Internet para saber lo que consumen y, sobre todo tratar de conocer sus agobios: ¿Qué les preocupa? ¿Cuáles son sus miedos? Me parece que ahí está el primer paso que debemos dar como sociedad.

Una segunda medida necesaria es que los gobiernos impulsen la educación emocional desde los primeros años de formación de los niños. En muchos países los planes de estudio incluyen y priorizan, con grandes resultados, la enseñanza a los menores acerca de cómo dominar sus emociones.

En lo personal soy un convencido de que por encima de cualquier otra enseñanza, la curricula escolar debe contener obligadamente este tipo de temas, porque son básicos para que vayamos formando ciudadanos más responsables y mejor preparados en todas las áreas de su vida. Que un niño sepa cómo controlar la ira, la depresión, los fracasos, la tolerancia, y sobre cómo desarrollar su autoestima a través de una actitud positiva ante la vida, permitirá que cuando llegue a la edad adulta sea mejor persona.

La educación emocional es en sí una herramienta que, usada desde los primeros años de vida, ayuda a formar a personas capaces de regular sus emociones y sentimientos y les permite tomar decisiones responsables.

Desde luego hay otras acciones que deberán emprenderse, entre ellas intensificar los programas contra el bullying, alertar sobre los daños psicológicos que ocasiona el uso abusivo del Internet y de los llamados juegos virtuales por los graves desequilibrios emocionales que provocan en las personas.

Lo único que no podemos permitirnos es que el olvido sepulte la tragedia. No podemos quedarnos solo con las lamentaciones y el miedo.

Así andan las cosas.

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