Señales

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Libertad García Cabriales.-

En esta tierra hay plagas y víctimas y en la medida de lo posible hay que negarse a estar con la plaga

Albert Camus

 

Mal ha empezado el año en muchos sentidos arrojando señales de lo que puede venir, si no hacemos algo ya. Los incendios de Australia, que parecen dejar pequeño al infierno de Dante, han invadido enormes territorios dejando a su paso una devastación de escalofrío. Nadie, con un mínimo de sensibilidad, puede permanecer indiferente a las imágenes que muestran los graves daños, muchos irreversibles, además de la irreparable pérdida de vidas humanas y animales. Las dolorosas secuencias de los koalas calcinados que han dado la vuelta al mundo, son sólo una muestra del desastre incontrolable.

El fuego en Australia se constituye sin duda en una llamada de atención, una señal para quienes la quieran ver, de una amenaza que nos alcanza a todos. Sin ánimo de ser catastrofista, es necesario advertir cuántas veces sea necesario, que nadie está exento de los daños causados por la crisis ambiental. No lo digo yo, los científicos del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU, advirtieron ya, basados en estudios y análisis que el 2030 es una fecha límite para evitar el desastre global.

Y no, nadie dice que la tierra se acabará, porque tiene maravillosos mecanismos para recrear y recrearse; somos nosotros los humanos quienes padeceremos y podemos perecer a causa de los daños por la falta de conciencia, por la indiferencia, por la frivolidad frente a un llamado a defender la vida. Porque así como las llamas han arrasado más de cinco millones de hectáreas en Australia desde septiembre, sin que nadie pudiera evitarlo; en muchos países existe la amenaza latente de diversos desastres que además de incendios, pueden provocar sequías, hambrunas, inundaciones, (recuerden Venecia)  epidemias, plagas y pérdidas infinitas.

Pero pese a ver la lumbre en los aparejos, en nuestro país, a la mayoría de los habitantes, les importa un comino el tema ambiental. Así lo demuestra el estudio de una consultora que analizó la participación de las personas en asuntos ambientales en 24 países de Asia, América y Europa. Y México resultó de vergüenza, porque casi 80 por ciento de los mexicanos no tiene interés alguno en el medioambiente, menos aún en participar con acciones ecológicas. Sólo el cinco por ciento de toda la población de nuestro país trabaja por el ambiente, mientras el 15 restante sólo se preocupa de dientes para afuera.

Y no solamente el tema ambiental está amenazándonos. La ubicua violencia cual señal del Apocalipsis está atravesándolo todo. Generalizada a nivel planetario, basta con asomarse a los medios o las redes sociales para sentir un aguijón en el estómago. Porque ya parece oírse la trompeta anunciando la temida batalla que se podría desatar por los desplantes de Míster Trump contra Irán, nombrada ya “la madre de todas las guerras”, y que nos tiene a todos con el Jesús en la boca, de sólo imaginar las consecuencias de un choque de drones y armas nucleares. Por desgracia no sólo son las guerras lejanas, también la violencia cercana que nos amenaza y nos hace vivir con miedo, con angustia infinita.

Violencia que se extiende como la peor de las plagas. El reciente caso del niño en una escuela del hermano estado de Coahuila es otra señal de que algo anda muy mal en nuestra sociedad. Y no se trata de juzgar a nadie, pero no podemos echar la culpa a los videojuegos, cuando hay factores humanos decisivos influyendo en la vida de nuestros niños. Pequeños a merced de las pantallas, sin atención de calidad, solos con sus miedos y sus anhelos. Niños a los que no se les ha enseñado, entre otros valores, el amor, la defensa de la vida, la única, la irrepetible.

Pero nosotros, acostumbrados como estamos a desviar la mirada ante los temas dolorosos, violentos, por miedo o por indiferencia; o a verlos con morbo y a juzgarlos sin piedad, a convertirlos en chisme cotidiano; no alcanzamos a dimensionar lo que estos hechos representan para todos.  Y peor aún es que parecemos habitar la sociedad del olvido. En unos días se habrán olvidado la tragedias y seguiremos en nuestros pequeños mundos, pegados a las pantallas y dándole más tiempo a los chismes de la realeza británica que a nuestros niños y a nuestro entorno.

Como en un camino hay señales advirtiendo peligro, en nuestros entornos público y privado surgen esas llamadas de atención para hacernos ver las amenazas. De nosotros depende si las atendemos o las pasamos de largo. Empecemos hoy. Ya lo dijo Camus: la verdadera generosidad con el porvenir consiste en darlo todo en el presente.

 

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