Doctor Mario Molina

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Rodolfo A. Echavarría Solís.-

En 1985 se descubrió que la capa de ozono en el Polo Antártico presentaba un serio deterioro, lo cual acarrearía consecuencias funestas para la vida en la Tierra. En esta ocasión hablaremos sobre las sustancias que lo ocasionaron, y sobre el científico mexicano que dio la voz de alarma a todo el mundo.

 

EL OZONO

El oxígeno es el segundo elemento más abundante en la atmósfera terrestre; el aire que respiramos contiene alrededor de un 20 por ciento de moléculas de este elemento (formadas por dos átomos de oxígeno enlazados químicamente). Al combinarlo con los alimentos, nuestro cuerpo obtiene la energía necesaria para su funcionamiento.

Existe otra forma más rara de combinación de átomos de oxígeno: el ozono. Esta molécula se forma al enlazarse tres átomos de este elemento. El ozono es dañino para los humanos, ya que produce severas irritaciones en el sistema respiratorio. Sin embargo, aunque aquí abajo el ozono es malo, en las capas altas de la atmósfera es muy bueno, ya que es el escudo que tenemos para detener los rayos ultravioleta que provienen del Sol.

La radiación ultravioleta solar puede producir cáncer de piel y cataratas, además de que afecta al sistema inmunológico (el mecanismo de protección de nuestro cuerpo contra  las enfermedades). Sin embargo, el mayor peligro radica en que esta radiación mata a los organismos unicelulares que flotan cerca de la superficie de los mares: el fitoplancton. Además de que su muerte afecta toda la cadena alimenticia oceánica, con el aniquilamiento del fitoplancton se deteriora la capacidad del océano para extraer el dióxido de carbono de la atmósfera, lo que contribuye al calentamiento global.

 

EL ORIGEN DEL PROBLEMA

La llegada de los refrigeradores eléctricos en los años veinte del siglo pasado, constituyó un gran avance en la comodidad de los hogares. Sin embargo, el gas refrigerante que utilizaban era maloliente y venenoso, por lo que una fuga constituía un grave peligro. Esto llevó a la invención de los clorofluorocarbonos (CFC), que están formados por átomos de cloro, carbono y flúor, y no constituyen ningún riesgo para la salud.

Los CFC tuvieron tanto éxito que se empezaron a utilizar en aires acondicionados, aerosoles, espumas, limpiadores, entre otras aplicaciones. No parecía que los CFC causaran daño, y todo pareció ir muy bien durante décadas. A principios de los años setenta se producían un millón de toneladas al año de esta sustancia –el más importante era el freón, producido por la empresa DuPont–.

El problema radica en que los CFC son inertes, esto es, no reaccionan químicamente con otros elementos. Por lo tanto, después de un tiempo llegan hasta las capas altas de la atmósfera, donde los rayos ultravioleta liberan el cloro de sus moléculas. Este es el elemento que destruye las moléculas de ozono sin verse afectado. Un solo átomo de cloro puede destruir cien mil moléculas de ozono. Los CFC pueden permanecer en la atmósfera por cien años. Una vez liberado, el cloro puede tardar dos años en regresar a las capas bajas de la atmósfera.

 

EL MEXICANO

Mario José Molina-Pasquel Henríquez nació en la Ciudad de México el 19 de marzo de 1943. Su padre fue un abogado y maestro de la UNAM, además de embajador de México en varios países. Siendo un niño todavía, observa por primera vez unas amibas en un microscopio de juguete y queda fascinado, por lo que convierte un baño de la casa en laboratorio.

De acuerdo a la tradición familiar, es enviado a estudiar a Suiza a los once años. A su regreso, inicia sus estudios de ingeniería química en la UNAM, en 1960. Posteriormente, viaja a Alemania para estudiar un posgrado en la Universidad de Friburgo. Al terminar pasa un tiempo en París, donde estudia por su cuenta varios temas. En 1968 ingresa a la Universidad de California en Berkeley para estudiar el doctorado en fisicoquímica. En 1973 se traslada a Irvine, California, como becario de posdoctorado con el fin de trabajar con el profesor Sherwood Rowland.

Entre los temas de investigación que le ofrece Rowland se encuentra uno sobre el destino de los CFC en la atmósfera, el cual le atrae y comienza a desarrollarlo. En 1974, Molina y Rowland publican un artículo en la prestigiada revista Nature, en el que advierten de la destrucción de la capa de ozono debida a los CFC. Este anuncio genera un escepticismo inicial por parte de la comunidad académica, pero después de unos meses, los datos son confirmados por otros grupos de investigación.

La empresa DuPont –que tenía ventas de CFC por 600 millones de dólares anuales– inició una campaña para anunciar que no estaba comprobado que estas sustancias dañaran la capa de ozono. Sin embargo, años después tuvo que aceptar la realidad. Aunque es justo reconocer que, en la actualidad, esta empresa es líder en la supresión de los CFC y en el uso de compuesto alternos menos dañinos.

En 1985, un equipo de científicos que trabajaba en el Polo Antártico hizo un descubrimiento desconcertante: la capa de ozono de esa zona de la atmósfera se había reducido considerablemente, lo cual vino a confirmar la teoría de Mario Molina. Esto ocasionó que aumentaran las peticiones para cancelar el uso de los CFC en todo el mundo.

 

LA COOPERACIÓN INTERNACIONAL

Gracias al descubrimiento de Mario Molina, surgió la necesidad de establecer medidas para la eliminación de los CFC. Esto dio como resultado la firma del Protocolo de Montreal, en 1987, el cual entró en vigor el primero de enero de 1989. Cabe mencionar que México fue de los primeros países en firmarlo.

Gracias a las medidas establecidas, las concentraciones de CFC en la atmósfera –las cuales alcanzaron su nivel máximo en 1993– han disminuido. El gran científico Carl Sagan declaró alguna vez: “El Protocolo de Montreal representa un triunfo y un motivo de gloria para la especie humana”.

 

EL LEGADO

Mario Molina, Sherwood Rowland y Paul Crutzen recibieron el Premio Nobel de Química, en 1995, “por su trabajo en la química de la atmósfera, particularmente en lo que respecta a la formación y desintegración del ozono”. Además, ha recibido una gran cantidad de reconocimientos en todo el mundo, entre ellos 30 doctorados Honoris Causa.

La gran aportación del mexicano Mario Molina consiste en que sus investigaciones condujeron a la firma del Protocolo de Montreal, el cual es el primer tratado internacional que ha enfrentado con éxito un problema ambiental de escala global. Al respecto, el Dr. Molina ha expresado: “La historia del ozono muestra que una vez que un problema ambiental ha sido identificado, es posible para la comunidad científica encontrar la evidencia necesaria para, junto con los gobernantes, enfrentar el reto. Esto me da esperanza para pensar que temas como el cambio climático serán enfrentados exitosamente.”

 

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