El chisme

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Mariana Castañón.-

No importa cuánto cambien las sociedades, ni cuántos nuevos y creativos problemas el hombre sea capaz de crear, los seres humanos en el fondo seguimos siendo animales bastante simples. Animales que pasan sus días trabajando, comiendo y descansando en refugios tan sofisticados o escuetos como el dinero nos pueda proveer. Pero, al final del día, operamos más o menos como si fuésemos una especie de chimpancés refinados.

Nuestros instintos primarios, como comer, dormir, refugiarnos y reproducirnos, controlan nuestros días y nuestras relaciones. Trabajamos ocho horas diarias para poder llevar alimento a nuestro plato y pagar la casa de nuestros sueños (o nuestros alcances económicos) en la cual podamos dormir plácidamente. Compramos medicamentos para el sueño, que nos ayudan a descansar para, idealmente, rendir en el trabajo. También utilizamos y creamos fármacos para la atención, porque Dios nos libre de estar dispersos y no rendir en aquello que nos hace comer.

Después, conoceremos gente en nuestros trabajos, en los supermercados o en nuestras áreas de entretenimiento con los que querremos compartir refugio, sexo o cualquier intercambio que esté en medio del compromiso y lo carnal. Incluso hay drogas para eso, ahí está el Viagra y las hormonas. ¿Lo ves? Seguimos respondiendo a los mismos instintos. Lo único que ha cambiado a lo largo de los años son las complicadas formas que nos hemos inventado para satisfacer estos deseos simples.

En este afán de ser más complejos que nuestros primos los chimpancés, descubrimos un par de trucos que eventualmente lograron que fuésemos un montón de simios con Estado, edificios y religiones. Empezamos como muchos otros mamíferos, viviendo en tropillas con un par de decenas de individuos. Estas trompillas siempre tuvieron un líder: un macho alfa que no necesariamente era el más fuerte, sino más bien, uno al cual respondían mejor el resto de los individuos o las coaliciones. Un modelo que, por cierto, perdura hasta la fecha.

Las coaliciones que se formaban hacían de todo juntos. Cazar, recolectar, acicalarse, descansar y ayudarse unos a otros en tiempos de necesidad. (Simples ¿no? Siempre volvemos a las raíces). No obstante, había límites claros al tamaño de los grupos que podían formarse y mantenerse de esa manera. Para que estos funcionaran, necesitaban conocerse entre sí todos los miembros. ¿De qué otra manera podrían cooperar, si no sabían si apoyar al otro valdría la pena? (si te das cuenta, verás que los seres humanos establecemos relaciones de intercambio egoísta desde el inicio de los tiempos).

Si la tropilla crecía demasiado, el orden se desestabilizaba. Los humanos prehistóricos no confiaban entre ellos y eventualmente, esos grupos terminaban por dividirse e incluso por competir entre ellos. El primer truco para hackear este modelo natural que nos hacía convivir de a poquitos, fue inventarnos el chismorreo. Al chismear unos con otros, podíamos vivir junto a otras cien personas que no conocíamos personalmente. Podíamos ubicar a una persona, sus familiares o sus mañas, al hablar y pedir referencias de ellas.

A través del chisme, sabíamos quién era responsable, quién se quedaba con la fruta y no la devolvía, quién no había sido merecedor de la cena del día o quién era buenísimo para cazar. El chisme siempre ha sido fundamental en nuestra sociedad. Tan es así, que hoy en día sigue siendo el principal motor y forma de interacción predilecta entre humanos. Piénsalo. Se han escrito cartas, biografías, periódicos, se han creado programas de radio y televisión, reuniones y fiestas dedicadas específicamente a chismear.

Además del chisme, que tenía un límite numérico para la convivencia (no podemos chismear entre mil personas, nuestra memoria no da para tanto) para seguir continuando en esta búsqueda de sociedades superiores, tuvimos la invención de imaginarios colectivos. Estos imaginarios podían ser mitos religiosos, nacionales, legales o monetarios. Nos inventamos los derechos humanos, un millón de dioses, mil monedas de cambio, un montón de mercados, y reglas que nos ayudan a convivir, aunque no sepamos absolutamente nada de la otra persona. Dos mexicanos en España serán dos mexicanos que se vayan de jarra juntos solo porque comparten tierra y lenguaje. Que, por cierto, son también imaginarios colectivos. Entre el chisme y los inventos comunes, fuimos imparables. Éramos capaces de convivir muchísimas personas dentro de un mismo espacio sin salir peleados. La mayoría del tiempo.

Lo que a mí me sorprende muchísimo es cómo estas mismas formas de solucionar los desafíos naturales los seguimos utilizando hoy en día, pero de una manera ultrasofisticada. Hemos creado plataformas súper complejas para continuar el chismorreo. Ya no necesitamos el intermediario humano o el cronista que nos dé referencias sobre alguien. Entramos a su perfil de redes sociales y decidimos, a través de este, si la persona en la mira vale la pena conocer o no. Quizá, con una rápida revisada a sus intereses, podemos ver si nuestros imaginarios colectivos son compatibles. ¿Es de ultraderecha? ¿Es terraplanista? ¿Qué opina sobre la astrología? Y así, desechar o aceptar a alguien en cuestión de minutos.

Hay aplicaciones que te permiten saber qué está en la mente del otro. Algunas, que te dicen dónde está, qué está consumiendo y qué está pasando. Somos tan sofisticados y resolutivos que hemos creado incluso redes sociales para ligar. Nos hemos volado la barda con las formas, pero la solución la encontramos hace miles de años. Hoy solo perdura. Es un buen recordatorio. Al final, siempre hemos estado conectados por las mismas motivaciones. Tenemos nuevos lenguajes como los stickers y los emojis, redes sociales como LinkedIn y Facebook, nuevas religiones, nuevos estilos y somos, en el fondo, iguales a los primeros humanos, sólo con un poquito de crédito extra, porque admitámoslo, Twitter es una maravilla.

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