Estampas norestenses: Matamoros en 1846

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Juan Díaz Rodríguez.-

Hace casi 24 años comencé a escribir y me publicó El Diario de Ciudad Victoria una serie de textos que se prolongó durante algún tiempo, titulados Estampas Victorenses. Semanalmente daba cuenta de algún acontecimiento sucedido en nuestra Capital, que después, al extenderme a hechos estatales, nombré Estampas tamaulipecas; hoy, retomando parte del título, presentaré algunas Estampas norestenses, cuyo objetivo es el de describir, con base en las crónicas y grabados de publicaciones contemporáneas de la guerra Estados Unidos-México, los sitios de la región por los que pasó el ejército norteamericano, además de identificar, valorar, difundir y conservar un patrimonio iconográfico poco conocido.

Para lograr lo anterior, revisé algunas obras escritas por oficiales norteamericanos que participaron en la guerra de intervención, como Thomas Bangs Thorpe (1815-1878), quien destacó como pintor, dibujante y escritor de obras humorísticas, aunque para el tema que interesa, escribió dos valiosas crónicas de la guerra Estados Unidos-México. La primera de ellas: Our Army on Rio Grande  publicada en 1846 y la segunda,  Our Army at Monterey, ambas editadas en inglés en la ciudad de Filadelfia, aunque solo me serví de la primera, que es la que involucra a los primeros acontecimientos bélicos.

Otra obra que me sirvió para la elaboración de este trabajo es la titulada Campaign Sketches of the War with Mexico, publicada en 1847. Este libro, formado por una serie de cartas que originalmente fueron publicadas en un semanario de Nueva York y escritas por el capitán William S. Henry (1816-1851) contiene una descripción detallada de los avances del ejército norteamericano en los estados del noreste de México.

Las descripciones y crónicas de estas obras, escritas al momento de los sucesos narrados y con la óptica del extranjero, constituyen interesantes testimonios acerca del estado en el que se encontraban las poblaciones del noreste antes de la mutilación territorial del país con motivo del Tratado de Guadalupe Hidalgo, en el que Tamaulipas perdió la tercera parte de su extensión. Además, son importantes porque con ellos se puede intuir el concepto que de los mexicanos del siglo XIX tenían los habitantes de la nación norteamericana.

El material iconográfico que exhiben estos trabajos juega un papel muy importante. Descripciones y grabados poco conocidos ilustran sus páginas que comprenden un periplo, desde Corpus Christi hasta el sur de Tamaulipas y enriquecen el patrimonio gráfico del noreste de México, antes de la aparición de la técnica fotográfica, cuyos inicios apenas se avizoraban con los primitivos daguerrotipos

Una fuente más, aunque publicada más tardíamente: Pictorial History of Mexico and the Mexican War, editada en 1862, sirve para establecer una comparación entre los grabados de 1846 y 1847. Este libro, ya estructurado como una historia, como su nombre lo indica, es prolífico en imágenes, algunas de ellas tomados de los primeros mencionados, y su autor, John Frost, hace un recorrido por la historia de México, desde los orígenes hasta la reciente guerra de intervención.

Para comenzar con las descripciones, entresaco un dato del libro Campaign Sketches the War de Henry, quien a unos cuantos kilómetros de Matamoros manifestó su agrado por las características del terreno. A orillas del río, exclamó: “La ciudad de Matamoros se levantó como una visión de hadas ante nuestros ojos extasiados”, escribiendo que estaba tan impresionado que quizá le concedía más belleza a la población de la que realmente poseía. Lo anterior sucedía el 28 de marzo de 1846.

Posteriormente, a poco más de un mes, sucedieron los enfrentamientos de Palo Alto y Resaca de la Palma, con resultados adversos para la milicia mexicana. El ejército estadounidense ocupó Matamoros sin oposición alguna y la primera impresión que recibió Thomas B. Thorpe fue la de una ciudad desolada, habitada por personas celosas, encerradas y de “hábitos antisociales”. Al observar detenidamente, percibió “asomándose por las ventanas” “pares de ojos oscuros” que miraban extrañamente con miedo y  curiosidad. Ante él se mostró una ciudad bien diseñada, aunque con evidencia de haber tenido épocas mejores.

Fijó su atención en las construcciones principales, como “una gran casa de ladrillo de un ciudadano rico” que perteneció a la milicia y que destaca entre las otras construcciones. Igualmente, fueron de su interés los edificios que rodeaban a la plaza principal, como el templo católico “inconcluso”, con sus dos torres “finas, pero sin terminar”, sobre una de las cuales está colocado un “tosco trozo de madera, del que se suspenden dos campanas”. En realidad las torres habían sido derribadas por un ciclón en el año de 1844, acontecimiento que el oficial norteamericano ignoraba. Las casas municipales o Casa de Justicia como las nombra el autor, tenían en su parte trasera el calabozo que a decir del autor, era “uno de los lugares más miserables que puede concebirse” y cuyo pequeño patio pavimentado de ladrillo estaba pulido por los pies desnudos de los prisioneros. En el interior de la cárcel llamó su atención uno de los presos que afanosamente se dedicaba a la fabricación de tortillas. De Matamoros, tal vez por ser la primera población ocupada por las tropas y una de las principales, Thorpe presta atención a cada rincón: El mercado, los suburbios, las fortificaciones y nos entrega una imagen de una de ellas, el llamado fortín Paredes, ahora desaparecido.

 

 

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