Recuerdos de otra vida

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Alicia Caballero Galindo.-

Era verano; pasamos en familia unos días en el Puerto de Veracruz. Antes de retornar a nuestra casa, en Victoria, Tamaulipas, decidimos visitar a una hermana de mi esposo en Puebla y enfilamos hacia esa ciudad. Nuestros hijos, un niño y una niña, de nueve y diez años; ellos estaban contentos de nuestra decisión, porque tenían primos de edades semejantes con quienes llevaban gran cercanía y convivían con frecuencia. Fuimos recibidos con alegría y de inmediato mi cuñada hizo planes para que visitáramos al día siguiente un restaurante que funcionaba en una edificación antigua que data de la colonia; la mayor parte de ese edificio, alberga un club privado de élite para ejecutivos y a un costado, está la entrada del restaurante.

Al día siguiente, los chicos, se quedaron encantados jugando y compartiendo experiencias en la casa y mi cuñada, mi esposo y yo nos dirigimos al restaurante Bodegas del Molino. Desde el momento en que vi el edificio, me quedé impactada; tengo una especial atracción por el pasado, sobre todo, la época colonial en México; me encanta el olor a tiempo que se respira entre esas gruesas paredes, llenas de secretos, inexpugnables, pasajes de amor, misterio, traiciones e imposiciones. La vida de las mujeres de ese tiempo, no era fácil; estaban sojuzgadas irremisiblemente a la voluntad del hombre: el padre, los hermanos, los esposos, los hijos… Sólo se salvaban quienes tenían la inteligencia de manipular su debilidad y sus encantos para lograr, hasta cierto límite sus deseos…

Después de estacionar el automóvil, miré detalladamente ese hermoso edificio, había una gran entrada para el club ejecutivo que era, por supuesto la entrada principal y a la izquierda, hay un camino estrecho, empedrado que lleva al restaurante; a un lado del camino, hay infinidad de vendimias; artesanías y productos típicos de la región. Caminamos unos pasos y algo me ocurrió; me quedé paralizada por unos momentos, no podía caminar y al bajar la vista, vi una tumba rodeada por una vieja forja; era pequeña, no se leía el nombre ya, pero en el epitafio se deducía que era una mujer. No entendí por qué, pero me impresionó grandemente. Superé el momento sin decir nada y continué caminando con mi esposo y mi cuñada hacia el restaurante. Al llegar, el impacto fue grande; es una zona rectangular con doble altura, donde se encuentran distribuidas las mesas de un servicio de cinco estrellas. Ya sentados en una mesa, observé que, al fondo del lugar, había tres escalones de todo lo ancho del local y una cocina antigua en alto, con estufas y enseres propios de la misma época; al fondo, una pequeña puerta que comunicaba al área donde funcionaba la cocina del restaurante. A un costado del área de mesas, se veía a través de unos arcos con cristal, el interior de la edificación, una fuente central, un corredor clásico colonial con puertas a otras habitaciones y a la derecha un muro de todo lo alto. Después de unos momentos, ordenamos una bebida y un platillo.

De pronto, empecé a sentir sin motivo, una opresión en el pecho que me causó mareo; pensé que la altura me afectaba por venir de tierras bajas, le dije a mi cuñada en automático:

-Acompáñame; quiero tomar aire fresco porque me siento mal; afuera, hay un río con poca agua que tiene una protección de sillar; ahí nos recargaremos un rato y observaremos la casita que está cerca de las márgenes del río. Los árboles en esta época están bellos; son altos y crecen en el cauce del río.-

Las dos salimos en silencio y al estar recargadas en el muro de sillar, frente al río, después de unos minutos, mi cuñada me cuestiona.

-¿A caso habías venido antes aquí? Ahí está todo lo que describiste.-

Más despejada de mi malestar, sentí un vacío en el estómago ante la pregunta de mi cuñada; me di cuenta que en algún momento, yo había estado ahí, ¡todo me era familiar! Hasta el aroma propio del lugar despertó inquietud en mi interior. Era algo inexplicable, extraño, pero… así sucedió.

Después de un rato y recuperada de mi malestar, regresamos al restaurante y a los pocos minutos, de nuevo sentí la opresión en el pecho y esta vez salimos por hacia el corredor del patio central y comenté con mi cuñada:

-Ven; esta es la sala de costura que se comunica con la biblioteca; ahí hay un escritorio antiguo y …justamente ahí estaba lo que describí. Algo inexplicable…

Al volver por segunda vez al restaurante, el mesero que nos atendió, un señor grande, me dijo con una sonrisa maliciosa:

-Usted es de las que siente la energía del lugar; además parece conocerlo ¿no?-

Me sorprendió su percepción y le pregunté:

-¿Qué había antes en este lugar?

Su respuesta me dejó sorprendida:

-Originalmente, era la bodega de granos del convento que había aquí, después lo convirtieron en la sala de tortura de la Santa inquisición. Mucho tiempo después, en la época revolucionaria, encerraban a los peones y los castigaba el hacendario dueño del lugar. Usted no va a poder comer aquí, mejor le empaco para llevar su platillo. A los pocos minutos regresó con mi orden de mole negro, empacado en un artístico cisne de papel aluminio…

Fuera del lugar, todo volvió a la normalidad, pero supe que en algún tiempo ahí habité tal vez esa tumba…

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