Entre observar y callar

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El Contador Tárrega.-

Conozco a cuatro jovencitos que actualmente están en 3º de secundaria y que recientemente vivieron una experiencia que vale la pena compartir.

Ellos han estado juntos ya por casi tres años y han hecho buena amistad. Son jóvenes alegres, inquietos, como casi cualquier jovencito de esa edad. “Tremendos” en algunos sentidos, traviesos, pero sanos.

Como también ocurre a veces a esa edad, estos jovencitos tienen un compañero al que hicieron casi desde un inicio su “cliente frecuente” para efectos de bromas y vaciladas. Ahora sí que como dicen los chavos, “lo habían agarrado de su puerquito”, “lo traían a gorro”, pero en buen plan; nada que se le parezca al bullying.

Hace unos días, a raíz de los fríos que se sintieron, el líder de este cuarteto se dio cuenta de que este otro muchacho al que vacilaban, no llevaba chamarra a la escuela.

Un día, al ir caminando a su casa, vio que en una cochera vendían ropa usada, y vio una chamarra que costaba 60 pesos y que se veía muy calientita. Se acordó  de que el cumpleaños de su “compañero víctima” estaba próximo, y al día siguiente habló con los otros tres “tremendos”. Ellos mismos no son jóvenes de muchos recursos, pero estuvieron de acuerdo en que, de lo que les daban en su casa para gastar en la semana en la escuela, aportaría cada uno 15 pesos y le regalarían la chamarra a su compañero.

Así lo hicieron, y el día del cumpleaños de “su puerquito”, le llegaron con ese humilde, pero significativo regalo. La chamarra se veía usada, ya algo gastada, pero este compañero se emocionó y agradeció tanto el regalo, comentándoles que sus papás venden carbón para subsistir y que no tenían para comprarle una chamarra. Estos muchachos vieron y escucharon aquello con un nudo en la garganta, y a partir de ahí, han adquirido un mayor aprecio por él y ahora disfrutan más al tenerlo como amigo, que lo que disfrutaban cuando lo tenían como” víctima”.

Estos muchachos, sin darse cuenta, vivieron una emoción que tiene un nombre, y que todos podemos aprender y aplicar. Esta emoción se vive cuando practicamos el siguiente proceso:

1) Observar.- Todo empezó cuando Carlos (nombre ficticio de este joven líder) se dio cuenta de la situación de su compañero (la falta de chamarra ante el frío). Cuando abrimos nuestros ojos al mundo, podemos percibir necesidades (físicas o emocionales) en la gente que nos rodea.

2) Sentir.- Carlos se dio la oportunidad de imaginar cómo se sentía su compañero ante esta necesidad. Cómo se sentiría él si estuviera en su lugar. A esto se le llama empatía.

3) Interesarse.- Hay una canción que dice que “vidas cambian al sentir que alguien se interesó”.  A veces, con actos sencillos que demuestren interés, podemos cambiarle el día a alguien. Podemos cambiar un enojo por una sonrisa. Y sí, incluso vidas podemos cambiar cuando nos interesamos en algo más que en nosotros mismos.

4) Actuar.- Los mejores sentimientos y las mejores intenciones no sirven de nada si no damos paso a la acción, lo cual podrá tal vez requerir un sacrificio, pero como decía la madre Teresa de Calcuta, “hay que dar hasta que duela”.

5) Callar.- Jesucristo lo expresó así: “Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha”. La historia de estos jovencitos no me la platicaron ellos, la supe de casualidad por alguien que fue testigo. Ellos no buscaron reconocimiento por lo que habían hecho, lo guardaron para sí, por eso mantengo sus nombres en el anonimato, pero lo quise compartir porque, como dice un amigo muy querido, “nobleza obliga”.

Estos muchachos aprendieron que, entre observar y callar, se encierra una de las más hermosas emociones, que es la solidaridad humana.  La vida está llena de oportunidades de aplicarla, y al hacerlo, como le ocurrió a nuestros cuatro tremendos, muchas veces terminaremos con un hermoso nudo en la garganta. La recompensa por practicar la solidaridad no se da en dinero, pero puede incluir infinidad de momentos como ése, que nos dejen sin aliento, y la verdad, estarán de acuerdo conmigo, hacen falta más “Carlos” en este mundo.

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