La peste

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Alicia Caballero Galindo.-

El sol parece estar opaco y aunque sus rayos se ven desgastados, producen un calor sofocante. La ciudad parece un fantasma, comercios cerrados, desaparecieron los vendedores ambulantes y por las calles circulan algunos vehículos con las ventanas cerradas y quienes los conducen, llevan tapabocas. Un día cualquiera, llegó de tierras lejanas, la peste, mientras alegremente se escuchaba por doquier, “son patrañas”, “no pasa nada”. Empezaron a caer, como insectos fumigados, ahogados en su propia inconciencia, familias enteras. Corrí a la costa y la playa estaba invadida de cuerpos exánimes, algunos en descomposición. La brisa, enrarecida por tanta contaminación, más que a yodo y sal, estaba impregnada de… un hedor indescriptible. Un ruido lejano me hizo voltear, era una pala mecánica conducida por un individuo con mascarilla antigases, parecía una mosca gigante, recogía cuerpos para depositarlos en un camión de volteo, el conductor, se perdía tras sus lentes oscuros y una mascarilla extraña. Me pareció diabólico escuchar música de rock pesado a todo volumen que salía del camión, tal vez pensaba el conductor, que mitigaría su labor terrible, una pesadilla. Era grotesco el espectáculo, me recordó a la película de Disney “Wally”, un robot solitario, recogiendo y comprimiendo la basura que invadía el mundo, deshabitado por los seres humanos, a causa de la contaminación. Paradójicamente, en el mar, saltaban los peces cerca de la costa, no había ni lanchas, ni botes pesqueros, ni pescadores en la playa, ni redes tendidas. Mientras tanto, las gaviotas hacían su agosto comiendo libremente  en la playa todo tipo de cangrejos y moluscos.

Salí corriendo para librarme del espectáculo surrealista y llegué a la montaña, los árboles, llenos de retoños nuevos, los animales libres y felices, pero no encontré rastros humanos, las escasas cabañas, estaban vacías, grité en medio de la soledad a todo pulmón, el eco de mi voz, se perdió en la nada. Alcancé a ver una familia en un tronco, estaban en poses extrañas, me acerqué a ellos, se veían a punto de  fenecer, quise ayudarlos, no pude, parecían estar ya en otra dimensión.

Corrí a mi casa, llegué saltando cadáveres y gente moribunda, sus cuerpos, se alargaban como fantasmas entre los vapores de la tierra reseca por falta de lluvia, pensé: -“el calentamiento global, es nuestra culpa”- El olor era espantoso, el sol, seguía como borrado y el calor, era sofocante, parecía salir vapor de los muertos o ¿sería el alma que se les está escapando? Debo estar alucinando. Extrañamente, las aves, circulaban felices; algunas especies, eran nuevas para mí, escuché cantos distintos, alcancé a distinguir en el patio desierto de mi vecino, un osezno con su madre, buscando comida en la basura, todo era extraño. Antes de cerrar la puerta de mi casa empezó a soplar un viento seco, sin humedad; arbustos secos eran arrancados de la tierra para rodar sin voluntad empujados por el viento, y una nube de polvo empezó a cubrir todo, mis oídos no soportaron la mezcla de sonidos que parecían venir del inframundo y me apresuré a cerrar todas las ventanas que empezaban a azotarse, mientras nubecillas de polvo se colaban por doquier. El ambiente, se volvió oscuro y perdí la conciencia, no sé cuánto tiempo pasó. Despierto en mi cama, escucho en la cocina, el trastear de mi esposa y en la recámara que está a lado, a mis niñas, las gemelas, jugar con las almohadas. Me estremezco al recordar lo vivido o… ¿lo soñé? Me levanto un poco aturdido, sin poderme quitar de la mente la extraña experiencia imaginada o soñada, me dispongo a prepararme para emprender mi jornada de trabajo, prendo el televisor para escuchar noticias: Epidemia en Italia, China, tratando de controlar su contagio, ahí se inició todo. Miles de muertos, en todo el mundo, España devastada por la peste, París, sin gente, Ecuador, sufriendo los embates de la peste y la pobreza, en los canales de Venecia, circulan los delfines, ¡insólito! La cura para el virus que causa la pandemia, aún no puede ser encontrada. La gente sigue cayendo como hojas inertes del árbol de la vida, algunos países sudamericanos, se declaran incompetentes para enterrar a todos sus muertos y éstos son tirados a la calle y se les incinera, pareciera el fin del mundo. Parece que la tierra protesta por el maltrato humano. Se siente el magnánimo poder del planeta, sobre todas las ambiciones e intereses banales de la humanidad.

¿Será claro el mensaje para empezar a respetar nuestro planeta?  Las especies animales, adueñándose de espacios antes inaccesibles para ellos. La incompetencia humana, le está dando un respiro a nuestro hábitat. Se auguran tiempos difíciles ante la inconciencia e incompetencia, de algunos gobiernos del planeta, triste realidad.

Reflexionando sobre la situación, quedan en suspenso dos preguntas: ¿Será la humanidad deshumanizada la mayor plaga del planeta?  ¿Seremos capaces de aprender la lección? El tiempo lo dirá.

Una frase célebre del filósofo inglés Lord Acton puntualiza: “El poder corrompe y el poder absoluto, corrompe absolutamente”.

Lección que debe ser aprendida:

No somos dueños del planeta, sino parte de él, el intelecto superior nos compromete a tener conciencia, respetar y cuidar el hábitat. ¡Qué estamos heredando a las nuevas generaciones!

Hay muchas lecciones positivas que debemos aprender de esta contingencia para enmendar caminos y tener una mejor forma de vida. Siempre hay esperanza de un mañana mejor.

 

Les comparto algo que escribí al respecto

 

¡Atrapados!

 

¡Mira!, el cielo

hay más aves que nunca,

escúchalos cantar

¡abre las ventanas!

Los árboles

se mecen con el viento

el cielo, extrañamente limpio

y nosotros,

atrapados por el miedo

Es una culpa implícita.

Desde mi cubil,

se ven los peces

que han vuelto a los ríos

saltan sin cesar…

no hay pescadores

las redes están colgadas

en las garras del miedo

por la breve playa.

Y en la pradera

retornaron los rebaños a pastar

no hay rifles ni cazadores.

Están atrapados en sus redes.

Las serpientes reptan

en busca de alimento

ondulantes, dueñas de su espacio.

El aire, es más transparente

y el cielo, más azul

¡Qué maravilla!

Y nosotros, encerrados

amenazados y temerosos…

Las costas, antes pululantes

están vacías

y los deshechos, se esfumaron

como por encanto.

¡Hay delfines en los canales de Venecia

Y anidan más cenzontles

en los campos

¡Es primavera!

Y nosotros, enclaustrados

temerosos…

los altos balcones de las urbes,

¡Qué ironía!

Son jaulas

que atrapan personas

ávidas de luz

y permanecen cautivas

algunas cantan.

Las aves, libremente

se posan es esos balcones

presumiendo su libertad

burlándose del ser humano cautivo.

En sus montañas,

el cóndor y el águila real

surcan soberanos las alturas

y el halcón, caza

para alimentar a la prole

y nosotros

cautivos y temerosos

mirando desde el claustro

que el mundo es mejor

sin nuestra presencia.

¿Cuál es el mayor peligro

para este planeta nuestro?

¡Atrapados! Reflexionando tal vez…

¿Servirá de aprendizaje?

O triunfará la soberbia…

 

 

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