Minorías y opresión

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Mariana Castañón.-

Ningún tema está tan vigente hoy en día como la opresión sistemática. El viejo y nunca erradicado racismo americano ha provocado que Estados Unidos tenga a su Presidente escondido en un búnker, que las calles se tapizaran de fuego y que Internet se vuelve otro campo de batalla revolucionario. Mientras, llega junio y con ello el mes del orgullo LGBT, un evento que sigue vigente, porque aun en pleno 2020 las personas tienen que exigir leyes y respeto, porque según nuestra discriminatoria sociedad esta sigue determinando el valor de una persona. No porque no esté en tendencia (pues se ha normalizado tanto que ya no nos sacude) las mujeres seguimos viviendo una opresión sistemática y una peligrosa violencia de género, que en muchos casos se ha acentuado, porque el confinamiento obliga a muchas víctimas a convivir, ahora más que nunca, con sus agresores. Uy, ni hablemos del racismo y clasismo mexicano, porque ese tema por sí mismo da para un par de volúmenes de tesis doctoral.

Y bueno… la lista sigue y la extendidísima cuarentena lo empeora. Todo el contexto nos llama a una revisión de nuestro comportamiento. Pero, con toda la carga semántica peyorativa que tienen los “ismos” y las “fobias”, ser tildado de homofóbico o de clasista ya es considerado de por sí un ataque (que muchos privilegiados se atreven, osadamente, a comparar esta categorización con el mismo grado de agresión que recibe la gente oprimida). Al final de cuentas, a ninguno de nosotros nos gusta que nos describan de una manera negativa. Menos cuando nuestra sociedad poco a poco comienza a reprobar (con la mejor de las intenciones) cada vez más los discursos y acciones (conscientes o no) de odio. Así, cuando se empiezan a quemar las brujas, somos los primeros en esconder y negar nuestros sombreros de pico y las escobas voladoras. Pero les tengo una noticia a los buenitos: ninguno de nosotros se salva de caer en estas condenables actitudes.

¿Cómo? ¿Estoy diciendo que eres racista? ¿Tú, que escuchas rap afroamericano todos los días? ¿Estoy sugiriendo que tú, de todas las personas, eres clasista, incluso después de un proceso de deconstrucción, en donde te prohibiste usar la palabra “naco” como insulto? ¿Te estoy llamando homofóbica, a ti, que tienes a un mejor amigo gay, al que amas de sobremanera? ¿Me he atrevido a insinuarte machista, a ti, mi lesbiana amiga, que sostienes una relación homosexual con una bellísima mujer, a quien respetas muchísimo? Pues, ¿qué te digo? sí y no. Porque la cosa es que, a pesar de que debemos reconocer que a nivel sociedad hemos avanzado mucho en materia de empatía, tolerancia e inclusión, estamos lejos de habernos sacudido el uso a diestra y siniestra de los privilegios por raza, clase, sexo y género. (Y de educación académica y social… atractivo físico… de ciudadano citadino… y bueeeno, de otros más).

¿Entonces? No es que seamos racistas/clasistas/homófobos/machistas per se. Vale, que hay un montón de gente afuera que lo es. Vladimir Putin es un homófobo y tu tío que “no acepta maricones en la familia” también lo es. Donald Trump es un machista y tu mamá que permite que tu hermano tenga libertades sexuales absolutas, mientras a ti te condena por las mismas, asimismo, lo es. Clasista fue (¿o es?) Paulina Peña al llamarnos “prole” y tu amigo de colegio privado, que trata déspota o condescendientemente a los meseros, definitivamente lo es. Por último, Derek Chauvin, el policía que mató a George Floyd, es un racista y tu novia que llama “india” a tu ex por ser morena, adivinaste querido lector, es claro, que al igual que los otros, también lo es. Son casos obvios, no hay más, aunque estén en diferentes grados del espectro, si llevásemos un puntaje, esas personas darían prueba positiva a “discriminatorio”. Y quienes dan positivo deben de llamarse como tal, para que reconozcan a través de la señalización (y toda la carga social que conlleva) que su comportamiento es inaceptable. ¿Dónde, entonces, nos encontramos nosotros, los que no nos identificamos con estas prácticas de odio? ¿Acaso pasamos la prueba y estamos libres de pecado? ¿Podemos comenzar a tirar piedras? Pues no.

El racismo, el clasismo y el machismo son métodos de opresión sistemática que van mucho más allá de los comportamientos discriminatorios individuales. Están inmersos en nuestra sociedad, nuestras instituciones, nuestra educación, nuestras tradiciones, el lenguaje, el entretenimiento, los valores, los modelos familiares, el humor, el proceso comunicativo público y privado, los estándares de belleza y la publicidad. Ninguna de nuestras áreas se salva de estas prácticas, aunque nosotros intentemos no perpetuarlas, porque es algo que viene mucho más allá de nuestros “buenos” valores. Años atrás, la conquista española creó una sociedad racista y clasista en México, dividida en castas y donde el poder se encontraba en manos de las familias europeas poderosas. Y nos guste o no, esta configuración, que en algún momento “funcionó” para el control de la gente de aquella época, es la que dio estructura a nuestra sociedad actual. Estos valores están enraizados en lo más profundo de nuestro ser social, y ni aún perteneciendo a la minoría en opresión somos capaces de sacudir completa y totalmente.

Aceptar esto, es el primer paso, no solo para “no ser racista”, sino para convertirnos en verdaderos anti-racistas, anti-clasistas, anti-machistas, anti-discriminatorios (por homofobia, gordofobia, por el grado de estudios académicos y bueno, todas esa creativas y horribles formas de ser, si me permiten decirlo, un ser humano con valores despreciables). Entendámoslo. No ser “racista” no es un estado inamovible. No estamos exentos jamás de tener pensamientos o actitudes racistas. ¿Eso significa que tenemos valores racistas? No. ¿Significa que odiamos a los aborígenes, a los afrodescendientes, a los orientales? No, tampoco es eso. Lo que sí significa es que vivimos en una sociedad que nos ha moldeado a valuar en torno a los mismos parámetros que ella, por eso “no ser racista” es un trabajo de contracultura tan grande como el rock, el jipi, el beat y el punk. Y mientras sigamos viviendo en sociedad, mientras no hagamos el sistema cambiar, nosotros tenemos que continuar nuestra lucha interna para emanciparnos de los valores negativos en los que hemos crecido. No ser clasista es un trabajo de tiempo completo. Y no ser machista es aceptar que hay maneras microscópicas en las que seguimos perpetuando la práctica sin darnos cuenta. Ser anti-todo esto significa estar dispuestos a callarnos el pico si nos llaman la atención sobre nuestra actitud “-ista” y analizar por qué se nos hizo esa observación o reprimenda, antes de saltar a defender nuestro honor.

Más difícil aún, será aceptar que pertenecer a una minoría o haber sido víctima de discriminación por cualquier motivo, no nos exenta de hacer análisis a nuestro comportamiento. Quedarnos en lo anecdótico no siempre es suficiente. ¡Ojo! Tampoco estoy diciendo que el único medio sea la educación académica. Eso, sería una actitud con tendencia clasista de mi parte, porque no todo mundo tiene el privilegio del acceso a la educación como yo lo tengo. Lo que trato de decir es que ser mujer no me exime de ser machista, pero tampoco ser mujer feminista (tener controlado o en análisis, aparentemente, mi machismo) no significa que esté libre de pensar o promover una actitud homofóbica, clasista, especista o racista. La comunidad LGBT no por haber sufrido discriminación relacionada al género significa que esté automáticamente excluida de las prácticas heteronormadas nocivas. Ni siquiera ser moreno significa que no podamos ser racistas, no solo con nosotros mismos, sino con otro tipo de razas, como la asiática o la afroamericana. ¿Cuánta gente morena llama prietos a los otros con tez más oscura que ellos, o propaga ofensivos estereotipos sobre los extranjeros y migrantes?

Al final, la clave está en entender el racismo (y todo lo demás), también como un espectro. En un extremo, se encontrarán los racistas y en otro, los antirracistas. Pero este espectro es siempre dinámico. Difícilmente alguien es cien por ciento discriminatorio o cien por ciento antirracista. Todos caemos en algún lugar en medio de aquellos dos. Caminemos derecho, a sabiendas de que siempre podemos retroceder y que retroceder no necesariamente tiene que ser culpígeno o vergonzoso. Ninguno de nosotros tiene la responsabilidad de actuar conscientemente ni un minuto antes de tomar consciencia de nuestros actos. Cuando no sabemos, no sabemos ¡y ya! ¿Qué nos toca hacer? Prestar atención, aprender de nuestros errores y de los errores ajenos y buscar, por lo menos con de esa acción detectada, no volver a cometerla de nuevo. Más pruebas vendrán. Estemos siempre listos para re-construirnos.

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