Alumna fugitiva

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El Contador Tárrega

Solía yo tener una alumnita de piano que un buen día dejó de asistir. Así, sin más ni más, sin previo aviso. Me preguntaba yo dónde andaría. El sábado pasado la encontré y descubrí dónde había andado. Andaba moviendo el bote. Asistí al festival de fin de cursos de una academia de baile, y la voy viendo. Toda mona ella. Bailando jazz, ritmos latinos y “belly dance” con una enjundia que jamás le vi en mis clases de piano, en donde creo que se aburría como una ostra.

Y yo pensé: “Ángela… ¿QUÉ DIANTRES HACÍAS EN MIS CLASES DE PIANO? ¡LO TUYO ES ESTO!! Qué bien hiciste en salir huyendo”.

Algo más que pude apreciar en ese festival es que las niñas que, como Ángela, sienten el baile en las venas, sobresalen, llaman la atención, hipnotizan con su baile, mientras que otras no proyectan esa magia. No sé, tal vez esas otras niñas preferirían estar tomando clases de piano (voy a llevar mis volantes a la academia de baile).

A lo que me lleva todo esto es a entender que cada uno sentimos “el llamado” hacia cosas diferentes y eso es parte de lo maravilloso de esta vida: que fuimos enviados a este lugar con una canción que cantar, o un baile que ejecutar, o un libro que escribir, simbolizando todo esto la misión específica para la que fuimos enviados aquí, y en la medida en que cada persona identifica su llamado y la huella que tiene que dejar, enriquece su vida y la de sus semejantes. Así que lejos de sentirme mal porque Ángela abandonó mis clases de piano (“oh, ya supérelo” va a decir Ángela), me congratulo de que está haciendo lo que le encanta hacer, porque generalmente es en esas cosas, las que sentimos en la sangre, que identificamos nuestro llamado, la voz de nuestro corazón. Y cuando lo hemos hecho, y después buscamos la manera de ofrecerlo a los demás, le encontramos gran sentido a nuestra existencia.

Y continuando con Ángela, que abandonó mis clases de piano… (“oh, otra vez la burra al trigo, Contador”). No, no es cierto, ya no hablaré de Ángela, ni diré que abandonó mis clases de piano. Más bien le diré a Ángela y a quien quiera escucharme (más bien leerme), que luche por

encontrar su voz, que la escuche y que la siga. No es fácil; a veces ponemos más atención a las voces de los demás, que nos dicen lo que a juicio de ellos deberíamos hacer y dejamos de escuchar lo que nuestro corazón nos dice que hagamos. A veces dejamos que esa voz interior nos grite y nos grite sin que le hagamos caso, hasta que, afónica de tanto gritarnos, se va dejando de escuchar y se resigna a quedarse en un rincón sin intentar nunca más llamar nuestra atención. Y entonces, al pasar los años, ocurre a veces que vemos o escuchamos algo que nos hace recordar aquella voz, y sentimos tristeza y melancolía por no haber logrado cantar nuestra canción, ejecutar nuestro baile o escribir nuestro libro.

Estaba un hombre en casa de un amigo, y en un rincón estaba un perrito echado; cada cierto tiempo, el perrito se quejaba lastimeramente. Le pregunta al dueño si estaba enfermo el animal, pero éste le explica que ahí donde estaba echado el perro, había un clavito que se le encajaba y por eso lloraba. “Pero no creo –dice el hombre–. Si hubiera un clavo ya se hubiera movido ¿no crees?”. “No – le responde el amigo–. Lo que pasa es que le duele lo suficiente para hacerlo llorar, pero no le duele lo suficiente para hacerlo que se levante de ahí”.

A veces las cosas nos duelen nada más lo suficiente para hacernos llorar, para compadecernos de nosotros mismos y decir “pobrecito de mí, cómo sufro”. El enterrar nuestro llamado, la voz de nuestro corazón, nos puede llevar a una situación así, de sufrir, pero sin hacer algo al respecto. Pero ese clavo va a seguir ahí, molestando, lastimando, y no va a desaparecer solo porque te quejes, así que más te vale que levantes el trasero y empieces a cantar esa canción, a ejecutar ese baile, a escribir ese libro o cualquiera que sea la razón por la que viniste a este mundo, que te aseguro que no fue para dejar huellas de trasero en las arenas del tiempo. Si lo haces, si sigues la voz de tu corazón, serás también un fugitivo. Habrás huido para siempre de una vida impregnada de tristeza y melancolía.

Ángela, excelente baile. ¡Adelante! No importa que hayas abandonado mis clases de piano (oh… ¿así o más traumado?).

[email protected]

EL MENSAJE EN LA BOTELLA

El Contador Tárrega

Alumna fugitiva

Solía yo tener una alumnita de piano que un buen día dejó de asistir. Así, sin más ni más, sin previo aviso. Me preguntaba yo dónde andaría. El sábado pasado la encontré y descubrí dónde había andado. Andaba moviendo el bote. Asistí al festival de fin de cursos de una academia de baile, y la voy viendo. Toda mona ella. Bailando jazz, ritmos latinos y “belly dance” con una enjundia que jamás le vi en mis clases de piano, en donde creo que se aburría como una ostra.

Y yo pensé: “Ángela… ¿QUÉ DIANTRES HACÍAS EN MIS CLASES DE PIANO? ¡LO TUYO ES ESTO!! Qué bien hiciste en salir huyendo”.

Algo más que pude apreciar en ese festival es que las niñas que, como Ángela, sienten el baile en las venas, sobresalen, llaman la atención, hipnotizan con su baile, mientras que otras no proyectan esa magia. No sé, tal vez esas otras niñas preferirían estar tomando clases de piano (voy a llevar mis volantes a la academia de baile).

A lo que me lleva todo esto es a entender que cada uno sentimos “el llamado” hacia cosas diferentes y eso es parte de lo maravilloso de esta vida: que fuimos enviados a este lugar con una canción que cantar, o un baile que ejecutar, o un libro que escribir, simbolizando todo esto la misión específica para la que fuimos enviados aquí, y en la medida en que cada persona identifica su llamado y la huella que tiene que dejar, enriquece su vida y la de sus semejantes. Así que lejos de sentirme mal porque Ángela abandonó mis clases de piano (“oh, ya supérelo” va a decir Ángela), me congratulo de que está haciendo lo que le encanta hacer, porque generalmente es en esas cosas, las que sentimos en la sangre, que identificamos nuestro llamado, la voz de nuestro corazón. Y cuando lo hemos hecho, y después buscamos la manera de ofrecerlo a los demás, le encontramos gran sentido a nuestra existencia.

Y continuando con Ángela, que abandonó mis clases de piano… (“oh, otra vez la burra al trigo, Contador”). No, no es cierto, ya no hablaré de Ángela, ni diré que abandonó mis clases de piano. Más bien le diré a Ángela y a quien quiera escucharme (más bien leerme), que luche por

encontrar su voz, que la escuche y que la siga. No es fácil; a veces ponemos más atención a las voces de los demás, que nos dicen lo que a juicio de ellos deberíamos hacer y dejamos de escuchar lo que nuestro corazón nos dice que hagamos. A veces dejamos que esa voz interior nos grite y nos grite sin que le hagamos caso, hasta que, afónica de tanto gritarnos, se va dejando de escuchar y se resigna a quedarse en un rincón sin intentar nunca más llamar nuestra atención. Y entonces, al pasar los años, ocurre a veces que vemos o escuchamos algo que nos hace recordar aquella voz, y sentimos tristeza y melancolía por no haber logrado cantar nuestra canción, ejecutar nuestro baile o escribir nuestro libro.

Estaba un hombre en casa de un amigo, y en un rincón estaba un perrito echado; cada cierto tiempo, el perrito se quejaba lastimeramente. Le pregunta al dueño si estaba enfermo el animal, pero éste le explica que ahí donde estaba echado el perro, había un clavito que se le encajaba y por eso lloraba. “Pero no creo –dice el hombre–. Si hubiera un clavo ya se hubiera movido ¿no crees?”. “No – le responde el amigo–. Lo que pasa es que le duele lo suficiente para hacerlo llorar, pero no le duele lo suficiente para hacerlo que se levante de ahí”.

A veces las cosas nos duelen nada más lo suficiente para hacernos llorar, para compadecernos de nosotros mismos y decir “pobrecito de mí, cómo sufro”. El enterrar nuestro llamado, la voz de nuestro corazón, nos puede llevar a una situación así, de sufrir, pero sin hacer algo al respecto. Pero ese clavo va a seguir ahí, molestando, lastimando, y no va a desaparecer solo porque te quejes, así que más te vale que levantes el trasero y empieces a cantar esa canción, a ejecutar ese baile, a escribir ese libro o cualquiera que sea la razón por la que viniste a este mundo, que te aseguro que no fue para dejar huellas de trasero en las arenas del tiempo. Si lo haces, si sigues la voz de tu corazón, serás también un fugitivo. Habrás huido para siempre de una vida impregnada de tristeza y melancolía.

Ángela, excelente baile. ¡Adelante! No importa que hayas abandonado mis clases de piano (oh… ¿así o más traumado?).

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