‘Compra, cuando corra la sangre’

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Pérez Ávila

Idénticos en sus propósitos, distintos en sus consecuencias, los disturbios callejeros en varias metrópolis de la Unión Americana, son gemelos del vandalismo perpetrado por multitudes, azuzadas por intereses de perversos, en nuestro país. Sin embargo, no se parecen en lo más mínimo, en lo concerniente a su percusión frente a la autoridad.

En nuestro país, no se le toca un solo pelo a los alborotadores que, en sus protestas, a modo de reto, se dedican a pintarrajear, agredir, dañar hasta patrimonios históricos. La autoridad de hoy, como la de ayer, se abstiene de la utilización de la fuerza para aplacar a los amotinados. Igual como actuaron «los que estuvieron antes», quienes están al frente del gobierno, hacen como que la virgen les habla.

No sucede así en el país nórdico. Las palabras del presidente Donaldo Juan Triunfo, lo muestran sumamente indignado. Llama «matones», a quienes dañan vehículos, incendian edificios y saquean centros comerciales, aclarándole a su nación: «No es la manera de honrar la memoria de Floyd». Sin frenar su iracundia, evocó la frase de un viejo defensor de las leyes, «cuando comienzan los saqueos, comienzan los disparos».

En México, no se procesa a quienes espolean la violencia callejera, ni a quienes la practican. Y, si de puro chiripazo, le consignan a un juez, caso y sujeto, para proceder en línea legal con su encarcelamiento, nunca falta el prócer presidencial calificándolo todo, como «preso político», para eludir más protestas. No es un caso. No es un pétalo o el botón de muestra. Son cientos los rijosos que, en lugar de estar recluidos por los daños originados, se pavonean de lo lindo, en los restaurantes más caros de la Ciudad de México, parloteando sobre el heroísmo con el cual, mostraron su iracunda protesta.

Lo hecho por un policía a un ciudadano de Mineápolis, fue un exceso de uso de la fuerza. Ha sido destituido, y está acusado de homicidio.

La reacción tremebunda de turbas incitadas por provocadores, no está bien. Dañar vehículos, edificios; saquear; incurrir en una violencia

irracional, constituyen acciones delictivas. Podemos disentir, discrepar, estar molestos con el monarca republicano, Donald John Trump, pero lo que dice es inobjetable: No es la forma de honrar la memoria de una víctima.

Quienes saquean, no están protestando. Quienes rayan e incendian vehículos y edificios públicos o privados, no están protestando. Quienes se metieron a las farmacias para robar, no lo hicieron para protestar, por la muerte de un afroamericano a manos de un policía blanco. No. En las farmacias hay drogas. Ahí entraron los adictos, en busca del alivio a sus aflicciones, sus debilidades, su crápula y perversión.

Todos condenamos la criminal violencia, venga de donde venga.

Y, también todos, condenamos los atracos al patrimonio de gente del todo ajena a esa violencia, venga de donde venga.

La situación, pone en riesgo todos los proyectos políticos.

Se mantiene firme, o se hunde, el presidente Trump.

Se diluye, o se fortalece, la imagen de Joe Biden.

Parecidos sí son los sucesos. Hasta idénticos en lo referente a los daños. Pero no son iguales.

Allá, la muerte de un afroamericano, ha convertido algunas ciudades en campos de batalla. Aquí, desaparecen después de ser torturados. Los buscan sus familiares. Las autoridades, algunas sí ayudan, otras permanecen sordas.

Puedo equivocarme en cuanto a quien acuñó la frase, sórdida y pragmática a la vez. Creo que fue uno de los Rotschild:

«Compra, cuando corra la sangre por las calles».

GIRÁNDULA AUSTERA: Cuando prevalezca la sensatez, habrá normalidad.