De política y cosas peores

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Catón

Pirulina, mujer en flor de edad, casó con don Geroncio, señor de bastantes calendarios. En la noche de bodas, ya muy tarde, el provecto galán le dijo a su expectante novia: «En mis sienes podrás ver el invierno, pero en mi corazón florece una eterna primavera». Replicó Pirulina: «Pues pon un poco de verano abajo, porque si no nos vamos a estar aquí hasta el otoño». En la cantina dos ebrios se hicieron de palabras. Uno de los rijosos retó al otro: «Pégame, si eres tan macho». Ipso facto el otro le propinó un mamporro tal que lo dejó en el suelo echando sangre por nariz y boca. «¿Ya ven? -le dijo a la concurrencia el caído-. Lo tengo completamente dominado. Hace lo que le ordeno». La esposa le preguntó al esposo: «¿Me eres fiel?». Respondió el interrogado: «Con toda el alma». «El alma no me preocupa -replicó la señora-. De lo que tengo dudas es del cuerpo». Paul Valéry narra en su Correspondance que en cierta ocasión alguien le preguntó a André Gide quién era, en su opinión, el mejor poeta francés del siglo diecinueve. Respondió él con acento pesaroso: «Es, ¡ay de mí!, Víctor Hugo». Quizá esa afirmación es debatible, pero no cabe duda de que el autor de «Los miserables» fue el escritor más popular de su tiempo. A más de extraordinario novelista fue también destacado dramaturgo cuyas obras eran casi siempre motivo de escándalos literarios, y aun políticos. En 1832 estrenó Le Roi s’amuse, «El Rey se divierte», pieza que de inmediato fue retirada de la cartelera «por inmoral». El verdadero motivo de la prohibición es que en su obra el escritor describía los devaneos amorosos de Francisco I, y eso se tomó como un ataque a la monarquía. Cuando Verdi hizo su celebrada ópera «Rigoletto», adaptación musical del drama de Hugo, cambió al rey Francisco por el duque de Mantua a fin de no ofender a la realeza. Concluyo esta digresión literario-musical. Venido a ver: ahora el rey se divierte en México. La Cenicienta le pidió al príncipe: «Por favor dame

mi zapatilla de cristal. Después de éste baile tengo otro». Dos señoras amigas entre sí fueron a merendar en un salón de té. En el curso de la plática fueron a dar al terreno de las confidencias íntimas. Comentó una: «En la cama mi marido es muy exótico». «Tienes suerte /-declaró la otra-. El mío es muy errático». Alguien le dijo a Babalucas: «El perro es el mejor amigo del hombre». «No hay tal -opuso sin dudar el pavitonto-. El mejor amigo del hombre es el cocodrilo». «¿El cocodrilo? -se asombró el otro-. ¿Por qué?». Explicó Babalucas. «La hembra pone mil huevos, y el cocodrilo se come 9,999. De no ser por él ya estaríamos hasta la madre de cocodrilos». Doña Florela le informó al encargado del censo: «Tengo tres hijos, y otro que viene en camino y que pronto llegará». Observó el encuestador: «No se le nota, señora». Doña Florela completó la información: «Lo mandé a comprar el pan, y no tarda en regresar». Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, se midió el vestido y le quedó muy bien; pintadito, como suele decirse. Vaciló, sin embargo. La incitó la empleada de la tienda: «Cómprelo, señora. Está en oferta». «Sí -admitió doña Panoplia-, pero no sé si el vestido le gustará a mi esposo». «Lléveselo -insistió la muchacha-. Le será más fácil encontrar otro marido que una ganga como ésta». El sargento reprendió al soldado: «Te di cinco horas de permiso, y tardaste más de siete en regresar». «Entienda usted, mi sargento -suplicó el soldado-. Tenía yo dos años de ausencia. Cuando llegué a mi casa mi esposa estaba tomando un baño de tina, y el uniforme tardó casi seis horas en secarse». FIN.

MIRADOR

Armando FUENTES AGUIRRE

Después de estudiar toda su vida John Dee supo que jamás hallaría la respuesta a las dos preguntas fundamentales de lo humano, una de la ciencia: de dónde venimos, y otra de la filosofía: a dónde vamos.

Vendió entonces todos sus libros, y con el producto de la venta se compró una pequeña granja alejada muchas leguas de la ciudad. Ahí se dedicó a criar gallinas.

Un día fue a la aldea a vender los huevos y ahí conoció a una campesina robusta y coloradota. En la taberna hizo discretas

averiguaciones y se enteró de que la muchacha no se había casado. La cortejó, pues, y se casó con ella.

Tuvieron siete hijos que les dieron tantos nietos que el filósofo acabó por no saber cuántos eran.

En su casa encontró Dee la respuesta a sus preguntas.

Del amor venimos.

Vamos al amor.

¡Hasta mañana!…

MANGANITAS

Por AFA

«. Subirán los precios.».

El dato antes mencionado

a nadie sorprenderá.

Todo mundo sabe ya

que jamás, nunca, han bajado.

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