De política y cosas peores

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Catón

«¿Soy yo el primer hombre con quien has hecho esto?». Tal pregunta le formuló Simpliciano a su flamante esposa Pirulina al terminar el amoroso trance inicial de la noche de bodas. «Posiblemente -respondió ella pensativa-. ¿Estuviste en Cancún la noche del 5 al 6 de julio del año 2010?».

Gutierre Tibón, sabio polígrafo, solía dar una conferencia titulada «El origen de su apellido», en la cual con amenidad y hondura explicaba a las personas del público que se lo pedían la procedencia de su apelativo, A don Óscar Flores Tapia, que luego sería gobernador de Coahuila, le dijo que el nombre Fiori tenía raíces en Italia, y que seguramente sus ancestros remotos eran italianos. Desde entonces don Óscar cobró gran afición a todo lo que tuviera relación con ese hermoso país que tantas cosas buenas ha dado a nuestro mundo si se exceptúa a Benito Mussolini. Se volvió una autoridad en Dante, a quien citaba con fluidez, y conocía bien la antigüedad romana. En cierta ocasión, de visita en un pequeño municipio coahuilense, Flores Tapia mencionó en una ceremonia oficial a los grandes escritores latinos: Virgilio, Séneca, Cicerón, Ovidio, Marco Aurelio, Catón. El alcalde del pueblo volvió hacia mí la vista y empezó un aplauso en mi honor que siguió toda la concurrencia y que hube de agradecer puesto de pie, ante el desconcierto del orador, Terminada la ovación volví a sentarme y le hice a don Óscar una seña como diciéndole : «¿Y qué otra cosa podía yo hacer?». Esa memoria viene hoy a la mía a propósito de los diez mandamientos emitidos desde su palacio por López Obrador. Podrá desestimarse ese decálogo por chabacano, ramplón, simple y anacrónico, pero debemos advertir que presenta una faceta peligrosa, posible indicio de una proclividad o tentación en AMLO: la de erigirse en algo más que en un líder político; en una especie de padre de la Patria, un guía que dicte a todos sus habitantes no sólo su conducta pública a través de leyes y decretos, sino también su comportamiento privado por medio de prédicas como la que nos infligió hace días. En ella nos dijo qué debemos comer, a qué hábitos debemos renunciar, dónde hemos de poner nuestras aspiraciones y creencias. ¿Tendremos que decirle lo mismo que a Virgilio dijo Dante? Tu duca, tu signore e tu maestro. Tú eres el guía, el señor y el maestro. Pensemos en el alcance que puede tener ese decálogo, del que hemos hecho tantas bromas, y digámonos otra vez: cuidado. A propósito de decálogos, un día el Señor salió a las puertas del Cielo y advirtió que frente a ellas había una larguísima fila formada por quienes esperaban ser admitidos en la mansión de la eterna bienaventuranza. Llamó a San Pedro, el portero celestial, y le dijo: «No me gusta ver que la gente espera tanto». «Señor -explicó el apóstol

de las llaves-, antes de dejarlos entrar necesito saber si cumplieron tus sagrados mandamientos». «Entiendo -respondió él-. Aun así procura ser más expedito». Media hora después regresó el Señor a ver cómo iba la fila. Ya no había fila. Todo estaba despejado; nadie esperaba ya». Con asombro le preguntó a San Pedro: «¿Qué hiciste para apresurar la entrada?». Respondió con una sonrisa el apóstol: «Les dije que ya no contaban el sexto y el noveno». ¡Todos pudieron entrar al Cielo cuando no se les tomaron en cuenta los mandamientos que tienen que ver con cosas de cintura abajo!… La linda chica llegó al banco del pueblo e hizo un depósito en efectivo de mucha consideración. El empleado, que la conocía bien, le preguntó admirado: «¿Has estado especulando?». Respondió con enojo la muchacha: «¡No te metas en mi vida privada! ¡Nadie tiene por qué saber cómo consigo mi dinero!». FIN.

MIRADOR.

Por Armando FUENTES AGUIRRE.

Me gustan mucho las sobremesas en la cocina del Potrero de Ábrego, las conversaciones que se hacen después de la comida o de la cena.

En ellas escucho relatos más sabrosos aún que las deliciosas viandas de la mesa campesina.

Anoche don Abundio narró cómo hizo doña Rosa, su mujer, para deshacerse de la profusa parentela, tanto de ella como de él, que frecuentemente llegaba de la ciudad a visitarlos en el rancho, con mengua de su tranquilidad y su despensa.

En pocas palabras explicó el socarrón viejo lo que había hecho su señora para ahuyentar de una vez por todas a los asiduos y molestos huéspedes:

-A los parientes ricos les pidió dinero prestado, y a los parientes pobres les prestó dinero. Ni unos ni otros volvieron a venir.

Doña Rosa menea la cabeza y dice con enojo:

-Viejo hablador.

Don Abundio hace la señal de la cruz con los dedos índice y pulgar, se los lleva a los labios y jura con solemnidad:

-Por ésta.

¡Hasta mañana!…

MANGANITAS.

Por AFA.

«. Debemos mantener la cuarentena.».

Con brevedad singular

expresaré mi sentir:

lo mejor es no salir,

para no volver a entrar.

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