El elogio de la pobreza

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Pérez Ávila

Hace siglos, dejé de creer en la idea exaltada por el cine de que, los pobres son buenos y, los malos son ricos. Ahora sé que puede haber en el potentado bondad, maldad en el desheredado. Si le parece hiperbólico y, sobre todo dubitable, me sumo y solidarizo, porque tiene usted razón.

En las películas, yo advertía la diferencia de actitud y de conducta del muchacho bien arreglado y mejor vestido, con una educación académica acrisolada, pero pedante y jactancioso. Su antípoda, el joven de familia proletaria, era mostrado en la pantalla, siempre, siempre, con una apariencia de galán, de proporción atlética, pero desprovisto de galas, humilde de los zapatos sin brillo, hasta la gorra graciosa de béisbol.

La muchacha dejaba al ricachón, algunas veces hasta plantándolo en el altar, para ir a echarse en brazos del pobretón, bien parecido siempre.

Siglos pasaron desde entonces. No funciona nunca así, en la realidad.

Por eso no hago caso de la advertencia de Fedro, «En un cambio de gobierno, el pobre rara vez cambia de otra cosa que no sea el nombre de su amo».

El fabulista lo señaló, en la primera mitad del siglo uno. Con eso me basta.

Se han presentado casos, en la vida real, donde una chica, o un jovenazo bien plantado, cambian una situación precaria, por otra de holgura, bonanza y, como se repite ahora en la cuarta te, de bienestar. Ni ella ni él, dejaron plantados, frente al altar, a alguien pobre.

En la realidad no pasa. Nunca ocurre. Por lo general, y esa es la regla, quienes se comprometen en el jet-set, la élite, las familias a las cuales no les preocupa el dinero, porque lo tienen de sobra, son de un mismo nivel cultural y económico. Cuando ocurre lo contrario, lo que en el cine es una constante, se le cita, al ser narrado, como una excepción, es decir, lo opuesto a la generalidad.

En el cine funciona esa comedia melosa. Antes, las niñas lloraban y las señoras, con rubor, se pasaban una toallita para secar la humedad de sus ojos. Ya no.

Lo que es bueno para ganar dinero en el cine, no lo es en forma alguna en la actividad cotidiana, en el quehacer diario, en la friega de siempre para obtener los satisfactores básicos.

No es con deudas como se resuelven los problemas económicos, porque los recrudecen y los vuelven más graves. Ni tampoco es factible acabar con la pobreza, con apoyos oficiales. Es como dar cafiaspirina al enfermo de pancreatitis, al que mata un dolor punzante, llamado por los médicos, «puñalada pancreática». Es lo mismo, si ante un contagio maldito que ha desequilibrado la salud y las finanzas del mundo entero, bastara con decirse desde un púlpito, «recen», o desde una tribuna, «no roben, no mientan, no traicionen», para superar el mal, y volver a una reactivación ya mal adjetivizada: La nueva normalidad.

No es normalidad. Vivir, como tendremos que hacerlo apenas se nos apremie para reactivarnos, será del todo distinto. Nada volverá a ser como antes. No será en la normalidad nueva, donde volveremos a vivir.

Quedará pirograbado en la mente de todos. Es posible que todo cambie, «para que todo siga igual».

A excepción de la pobreza, y duele decirlo inteligente lector, todo en el mundo todo, sobre todo en nuestro país, seguirá igual. El rico seguirá siendo envidiado y, se multiplicará la compasión oficial por el pobre.

GIRÁNDULA EXAUSTA: Con dinero, hasta el tipo más feo, es visto como una copia de Adonis.