Los aboneros

0
63
Tiempo aproximado de lectura: 4 minutos

Eduardo Narváez López

-¿Qué planes tienes para trabajar aquí en México, hermano?-, me preguntó Emilio, recién llegué a instalarme en el cuarto que le asignó la empresa para que lo habitara, dentro del edificio que ocupaban las oficinas administrativas donde trabajaba.

-No voy a trabajar durante los cinco años de estudios para obtener mi licenciatura; ahorré suficiente con lo que gané en el despacho de papá (terminé los estudios de contador privado en la academia comercial en contra esquina de la casa en un turno vespertino e intensivo, de tal forma que los efectué en un año en vez de tres, simultáneamente con el primero de secundaria).

-Si tus cálculos los hiciste con precios de nuestro pueblo, se te agotarán en un año. Aquí la vida es más cara, además hay que pagar pasajes, asistencia, libros, tintorería. Si quieres trabajar conmigo de auxiliar de contador, avísame con tiempo -Emilio fue enviado temporalmente de un despacho de contabilidades muy grande, para que enseñara al personal a elaborar las pólizas diarias. El dueño, don Humberto López Cervera, lo solicitó de planta y el despacho no tuvo inconveniente

Antes de los cuatro meses solicité el trabajo, no por las predicciones de mi hermano; sino por mi error: pregoné con los amigos y paisanos la fortuna que labré con mi esfuerzo. Empezaron los sablazos, las historias de pobreza de los padres que enviaban retrasadas las quincenas. A otros, sus padres avisaron que ya no podían con las asignaciones; en consecuencia, o regresaban al pueblo o se empleaban. Pero, ¡ah!, aquel nos dijo que tenía un buen guardado. Acudieron a mí como abejas al panal. Así, me pareció verle alas a mis billetes. Esta dura lección me servirá para el día en que le pegue al gordo de la lotería o me encuentre el tesoro de Moctezuma; vanas ilusiones de casi el total de nosotros los jóvenes de entonces.

Las clases de taquimecanografía y correspondencia en la academia me sirvieron para mis primeros trabajos en “Facilidades”, S.A. -llamada así por las facilidades de pagos que se ofrecían para que la gente adquiriera las artículos electrodomésticos. Apenas se me veían los dedos al escribir a máquina: “Relación de comisiones pagadas durante el mes tal, por concepto de inspecciones de ventas o cobranzas efectuadas por las personas que a continuación se mencionan, por las cantidades que asimismo se indican”. Esta relación junto con los recibos firmados por los comisionistas se anexaba a la póliza diaria correspondiente. Previamente los trabajadores de la calle se formaban ante la caja para firmar y recibir sus estipendios.

El salario mínimo me alcanzaba sólo para comida, transporte y lavado de ropa. Por otra parte observé que en las relaciones que hacía, los comisionistas regularmente ganaba más de cinco salarios mínimos, en tanto que yo sólo uno; por lo que decidí incursionar en las ventas. Me enrolé con uno de los más experimentados jefes de grupo; sin embargo el camión tipo mudanza donde transportaba las camas, colchones, salas, licuadoras, se descomponía cada tercer día y paraba; días en que si llegaba temprano a clases .

La comisión por cada venta se hacía efectiva, una vez que era aprobada por un supervisor –las que tenían una mediana solvencia y el jefe de familia tuviera un trabajo fijo por más de un año-. A veces me tocaba un quisquilloso que por “quítame estas pulgas” no aprobaba mis ventas. Cansado de pedirles que no obraran de esta forma para que cediéramos a la clásica frase “apórtame más luces”; solicite ser un supervisor. Ahora querían que aprobara créditos, pero a veces las constancias eran muy endebles: familias que vivían en: cuevas, cañadas, cima de algún cerro, calles polvorientas que en tiempos de lluvias se convertían en fenomenales lodazales. Cuando en vez de efectivas constancias los vendedores aportaban puras amenazas de golpes, opté por solicitar trabajo de inspector de cobranzas.

-Concedido, tiene usted un buen aval, su hermano Emilio, me decían los gerentes.

-¡Ay joven! -le dijo la doña de la casa al cobrador-, no es hora de abrir la caja permanente del “cuerpomático”, véngase dentro de una hora, cuando acabe de despachar al viejo a su trabajo y deje a los niños en la escuela; al cabo que usted puede retacharse para aca en segundos en su poderosa “Honda -lo cierto es que íbamos en una humilde “Carabela” de 125 centímetros cúbicos, siempre bufando por los 70 kilos de “Gran Gallo” y mis escasos 58.

– ‘che Gallo, ahora comprendo porque vienes a cobrarle a la señora Amada, dos veces a la semana.

_Qué bueno fuera por eso mano; pero me llaman así por mi ca´on gallo rebelde en la coronilla. Otros me dicen “Escobetilla” que de esa forma, dicen, es mi gallo.

A los dos meses me tocó inspeccionar a Ambrosio, quien tenía seis hijos -siempre con hambre-, uno de ellos con síndrome de Down. La empresa le prestó para una motocicleta de 250 cc. para que pudiera cobrar en la ruta más larga y cuantiosa, solicitada por él, para poder mantener a su numerosa familia.

Ambrosio pasaba por mí a las siete, y mínimo a las siete de la noche terminábamos de cobrar. Mi asiento de atrás se calentaba cuando largo tiempo estaba expuesto al sol, sucedía cuando nos entretenía algún cliente: “A ver jóvenes en el siguiente tarjetón le ponen ´Saldo anterior de la hoja número uno´, y me la presta para hacer las restas, luego se equivocan y le

ponen resultados de más”. Después de hacer sus cuentas solicitó “Cámbieme su tarjeta por la mía, que está manchada de café, mole y le falta un pedazo”.

Continuará

Comentarios