De política y cosas peores

0
74
Tiempo aproximado de lectura: 3 minutos

CATÓN.-

“¡Ábreme la puerta por favor, Clorilia! –clamó Astatrasio, suplicante, al llegar a su casa después de una de sus habituales farras–. ¡Por favor, ábreme la puerta!”. “¡Ni la puerta ni nada te abriré ya nunca, borrachón! –le contestó la esposa hecha una furia–. ¡Lárgate! ¡No quiero volver a verte nunca más!”. Insistió el azumbrado, gemebundo: “Te ruego que me abras. Mira que me robaron”. Al oír eso Clorilia se inquietó. Abrió la puerta y le preguntó al temulento, preocupada: “¿Quién te robó?”. “La mujer ésa –respondió Astatrasio–. Me cobró mil pesos y tenía muy poco busto y casi nada de cadera”. En Cuitlatzintli, pequeño pueblo campesino, una señora pasó a mejor vida. El alcalde, recluido en sus habitaciones por razón de la epidemia, envió un propio –así se dice– a expresarle su pésame al esposo de la desaparecida. El enviado equivocó el domicilio y fue  dar al de un vecino a quien recientemente le habían robado su bicicleta. Le dijo con expresión solemne: “Vengo de parte del señor Presidente Municipal a manifestarle su más sentida condolencia por la pérdida tan grande que sufrió”. “Vaya, vaya –se extrañó el sujeto–. No es para tanto, pero dígale al alcalde que de cualquier manera le agradezco la atención”. El mensajero se desconcertó al oír esa respuesta. “El señor Presidente –continuó– sabe que su pérdida es irreparable”. Dijo el tipo: “La verdad es que no la he sentido mucho. Ya estaba muy vieja. Cuando me le subía rechinaba toda”. Se sorprendió el enviado. “Además –siguió el otro– se le salía el aire. Estaba ya floja y derrengada, pues acostumbraba yo prestarla a mis amigos, y la montaban todos”. El otro no daba crédito a lo que estaba oyendo. “Pronto voy a tener una nueva –declaró el individuo–. Desde ahora la pongo a disposición del señor alcalde. Sé que tiene varias, pero al ofrecerle la mía correspondo a su fina gentileza. Y créame que ahora sí estoy sintiendo haber perdido la vieja, porque si todavía la tuviera se la regalaría gustosamente a usted”. El enviado, confuso, farfulló una despedida y se marchó apresuradamente. En el camino iba pensando –era algo filósofo– en los profundos misterios que guarda el corazón humano. La esposa de Babalucas le comentó: “El niño ya va entrar a la secundaria. Hay que comprarle una enciclopedia”. “¡Ah no! -protestó el badulaque-. ¡Yo siempre fui a la escuela a pie!”. (Aquel otro marido se enteró de que su esposa le estaba adornando la testa. Le dijo: “Lo sé todo”. “¡Fantástico! –se alegró la señora–. ¡Ya podemos vender la enciclopedia!”). El reverendo Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Tercera Venida (no confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que permite a sus feligreses el adulterio a condición de que luego vuelvan a guardar la sana distancia), el reverendo Rocko Fages, digo, oyó decir que la hermana Onwarda, organista de la congregación, andaba en malos pasos, encaminados todos a los deleites de la carne. A ningún hombre le negaba nunca un vaso de agua. Solía decir: “¿Por qué no voy a compartir con mi prójimo lo que la naturaleza me dio gratuitamente?”. Le pidió que después del servicio dominical fuera a su oficina, y cuando la tuvo enfrente le preguntó, severo: “Hermana: ¿conoce usted el pecado original?”. “Conozco varios –respondió ella–. ¿Qué tan original lo quiere?”. Don Chinguetas tuvo que ir a un barrio donde abundaban los maleantes. Despachado el asunto que lo llevó ahí les pidió a los tipos que estaban en la esquina: “¿Me dan mi calaverita?”. Contestó uno de ellos: “Hoy es el Día de la Madre, no el de Muertos”. “No se hagan pendejos –replicó don Chinguetas, enojado–. La calaverita de mi coche”. FIN.

 

MIRADOR

Armando Fuentes Aguirre

 

Historias de la creación del mundo.

¡Qué duro y cruel era el dios del Antiguo Testamento!

Permitió que el demonio tentara al hombre y la mujer y luego los expulsó del paraíso porque cayeron en la tentación.

Envió el diluvio universal.

Les confundió las lenguas a los humanos; arrojó sobre ellos toda suerte de espantosas plagas.

Fue capaz de pedirle a Abraham que matara a su propio hijo.

En cambio el dios del Nuevo Testamento ¡qué bueno es!

Predica el perdón, la paz…

Es explicable la diferencia entre el dios severo y riguroso y el dios de la misericordia y el amor.

El dios del Antiguo Testamento no tuvo una mamá.

El del Nuevo sí.

¡Hasta mañana!…

 

MANGANITAS

Por AFA

 

“Doble contabilidad”.

¿Cervezas? Me tomo diez.

Mas luego, al estilo fiel

del doctor López-Gatell,

declaró nada más tres.