En el paroxismo de la soledad

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Pérez Ávila

En el capítulo titulado «Máscaras Mexicanas», el insigne gran escritor Octavio Paz, pirografió el perfil del mexicano, anticipándose al obligado confinamiento generado por un virus molesto y mortífero: «Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero, o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa».

El Laberinto de la Soledad del señorón de la palabra, don Octavio Paz, es un análisis del mexicano todo, desde el ya olvidado «pachuco» que aprovechó «La Chiva», Germán Valdez para pulir su imagen y llegar al cine nacional en su calidad de Tin Tan, con su carnal Marcelo Chávez.

Es imposible reducir la impresionante obra en la brevedad del artículo, lo aconsejable es utilizarlo como epígrafe, para adentrarnos en la etapa difícil, casi crucial, por la cual estamos transitando todos, sin importar edad, rango económico, estrato social o acitividad a la cual nos dediquemos, «plantados en la arisca soledad».

No hay forma de escapar. Si tenemos buena suerte, podremos permanecer al márgen del riesgo de morir. El mal, invisible, indetectable, peligrosísimo, está en el aire, según dictámen cuestionado por algunos sabios estudiosos, pero sí de cierto, en lo inobjetable, el virus se propaga, viaja, se traslada de la plataforma asiática a la europea, a las Américas, al mundo entero.

Enferma al pobre y al rico, al gobernado y al gobernador.

«Los extremos se tocan», es una de las admoniciones más antiguas muy difícil de entender, sobre todo, si aceptamos cuán complicado resultaría explicar cómo pueden tocarse los extremos, no hablamos de una cuerda, y sí de una situación crítica, a la cual se le busca una salida y una solución, sin dar pie con bola. Si el «virus chino», como lo tilda Trump, es un extremo, y quienes se divierten desafiándolo son jóvenes saludables, llenos de vida, debemos verlos a ellos como otro extremo.

Toscalosa, población continuamente utilizada por la meca del cine para sus truculentas historias, es la cuna de un entretenimiento erizado de riesgos mortales.

Se organiza una fiesta con la atracción, francamente estúpida, de gente infectada por el Covid-19. Quienes asistan deben comprar boletos, probar que están sanos, además de ser obviamente jovenes. La competencia es macabra. La gana el primero que resulte infectado. Su

premio es el dinero pagado por los boletos.

Sí. Los extremos se tocan.

¿Cómo se enteró la autoridad del juego macabro? Por la declaración de médicos y de personal de consultorios, utilizados por los suicidas potenciales, para saber cuál de ellos era el primero en presentar los síntomas del flagelo.

Es muy complicado el hecho registrado en Toscalosa, se pueden arriesgar suposiciones ligadas a la compulsión juvenil del varón, llevándolos siempre a aceptar desafíos preñados de riesgos. Sin embargo, quienes sienten el imperativo de mostrar su hombría, jamás lo ligan a su familia, nunca asocian su empeño personal a los suyos.

Los muchachos de la fiesta de Toscalosa, se olvidaron de que la infección de uno, o de varios, o de todos, implica en forma insesgable, un peligro de muerte para los suyos.

DIGRESIÓN: López Obrador, agradeció a Trump sus comprensión y respeto a México; Trump, entonces, lo calificó como «el mejor presidente que ha tenido México. Es duro, es audaz».

GIRÁNDULA ROZAGANTE: Con la canícula, se freirá el virus chino.

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