Los aboneros (II)

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Eduardo Narváez López

Nuestra cliente, a quien le fuimos a cobrar el abono, después de hacer sus cuentas solicitó “Cámbieme su tarjeta por la mía, que está manchada de café, mole y le falta un pedazo”.

-No señito, en la de nosotros un empleado de la empresa anota el folio de la ficha de cobros reportados y en el renglón de pago rubrica de recibido. Otra copia (en ese tiempo no había fotocopiadoras, menos computadoras) de tarjeta se queda archivada en las oficinas para bajar saldos tomados de las fichas. Entonces nos pidió la señora que copiáramos los datos en un tarjetón nuevo, a lo que yo le expliqué “No señito, no hay repuestos que valgan porque en cada renglón de pago van las rubricas del cobrador e inspector en su caso, y no siempre son los mismos. Al finalizar sus pagos, le canjearemos su tarjeta que tenemos que llevar a la compañía, por la factura que le daremos.”

Por las noches revisaba las tarjetas de la oficina contra los saldos en las tarjetas del cobrador. Un mes antes de terminar la revisión de cobros, hablé seriamente con Ambrosio:

-Necesitas ir reponiendo los cobros que no aparecen en tus tarjetas y en las del cliente; sí, yo no diré nada a la empresa, pero necesito que lo hagas pronto o a mí me corren por contubernio y puede que hasta nos metan a la cárcel.

-No alcanzaré a cubrir el faltante en un mes, pero te prometo que lo haré poco a poco; en casa siempre tengo la presión: que los uniformes, los libros, las “cuotas voluntarias” de inscripción y las que se les antoja en las escuelas; las enfermedades infantiles que nunca faltan. Se lo ruego por los hijos que algún día tendrá.

-Ya, yaaa, te prestaré cada semana para que te pongas al corriente; pero ¡qué haces! No me beses la mano que no es para tanto hombre, además falta ver que no te falle, ya tu sabes, no faltan los imprevistos.

-¡Ay, mano! es que no sé cómo agradecerte. No lo vayas a tomar a mal, ni a despreciarme si te pido que me hagas el honor de bautizar a mi chilpayate recién nacido.

-Claro, claro. Acepto para que nuestra amistad sea duradera y tú también, no te vayas a pelar a calacas y me dejas con el paquete de velar por el ahijado, como lo piden los curas en las pláticas sacramentales del bautizo.

A los seis meses le practicaron otra inspección a Ambrosio. El inspector Venancio, ansioso de escalar puestos en la empresa, comunicó personalmente al gerente correspondiente (había varios) el hallazgo. Afortunadamente para entonces ya no era tanto el faltante, por lo que pude prestarle, y con ello que lo exculparan.

A los tres años supe que agarraron en la movida y el fraude a “Gran Gallo”: Cuando el marido de la cliente, doña Amada, se presentó en la compañía a canjear sus tarjetas por las facturas, chasco mayúsculo se llevó al saber que los pagos no figuraban en la tarjetas de la oficina, de nada valían sus alegatos: “Mire señor aquí hubo hasta dos meses que mi vieja efectuó pagos dobles”; “Pues si usted hubiera venido después de haber saldado cada artículo, hubiéramos descubierto el fraude.” El señor Cornelio, no tuvo más remedio que reconocer los faltantes. De regreso a casa recordó que le llamaba la atención que el último de sus niños tenía un gran gallo parecido a la escobetilla del cobrador. Se le cruzó como de rayo un pensamiento; increpó a su vieja; fue a la empresa a buscar a Gran Gallo, pero le dijeron que varios cornelios, se presentaron a buscarlo, pero ya se había huido, acusado de fraude por la empresa y de “sancho” por los maridos de diversas clientas.

Sufrí dos asaltos durante mi desempeño, los cuales debía notificar a la delegación correspondiente, con la pérdida de tiempo en declaraciones, averiguaciones y sospechas de auto robo. Pensé que estos trabajos en la calle eran muy riesgosos o que algún día los cobradores o vendedores comisionistas me podrían llevar entre las patas. Decidí tomar riesgos propios; por lo que pedí cuentas de saldos difíciles de cobrar, con un 50% de comisión por lo rescatado. Con la firma del abogado de la empresa notificaba a los morosos con sendos escritos -tenía alrededor de diez diferentes textos, para cada uno de los casos típicos.

Tres años más tarde llegue a ser el administrador de uno de los negocios de don Humberto López, del cual fungía como gerente mi hermano Emilio. Lidiar con gente curtida en la calle como son los comisionistas; con los clientes de las clases media baja para abajo; que llegan a vivir en ciudades perdidas, chozas de varillas y adobe y techos de palma; cuartos de materiales mixtos, de cartón, lámina, plásticos, palmas o piedras me dio para conocer su peculiar manera de ser, la cultura de la pobreza o la psicología de las masas, conocimientos que no me podrían dar decenas de libros sobre la materia. Conocer el fascinante mundo de los aboneros fue un parteaguas en mi vida, y fue motor para impulsar mis relatos de la vida real y cotidiana.

Al cabo de otros tres años tuve dos mueblerías propias, medianas empresas en lugares fijos, con ventas de contado, o a plazos, sólo a personas de conocida honradez y solvencia moral. Pero eso ya son otras historias.

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