Reflexión Dominical

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Antonio González Sánchez

Deseo recordar a los católicos que domingo a domingo participan de la celebración de la Santa Misa – aunque es este tiempo se esté haciendo de manera diferente – que en cada celebración se proclama y se escucha la Palabra de Dios escrita en la Biblia, y esa Palabra debe fortalecer la fe de cada creyente, pero también cada creyente debe dar una respuesta en su vida diaria a esa Palabra.

En la primera lectura de este domingo, Is 55, 10 – 11, se le atribuye a la Palabra una realidad objetiva. Tiene un poder excepcional, capaz de superar cualquier obstáculo y de llevar a cabo la voluntad de Dios.

Tanto el profeta Isaías como el Salmo Responsorial, 64, con sus imágenes sacadas de la naturaleza, subrayan que la Palabra es un don de Dios. Por lo tanto, él la da generosamente; él confía en que dará fruto. El profeta Isaías habla del retorno de esta Palabra hacia el Seño, que se puede referir a la relación nueva y cada vez más rica con Dios y con los hermanos que van adquiriendo la persona y la comunidad que acogen la Palabra con el corazón bien dispuesto.

En el texto evangélico, Mt 13, 1 – 23, se escucha la parábola del sembrador y la explicación que de ella hace Jesús a los discípulos. Me parece importante que quienes hoy van a escuchar la Palabra de Dios, escrita en la Biblia, después de escucharla hagan lo mismo que los discípulos: se acercan a Jesús y dialogan con él.

Cuando Jesús termina la parábola diciendo: “el que tenga oídos, que oiga», de hecho está motivando a los oyentes del Evangelio a saber escuchar con los oídos del corazón, en profundidad. Y lo repite al decir que es necesario tener ojos capaces de ver lo que sólo ve la mirada de fe. Jesús quiere despertar el deseo y el interés para acoger el regalo de Dios que es su Reino.

En los creyentes de hoy se puede traducir en la capacidad de saber agradecer la posibilidad que se tiene cada domingo, de escuchar la Palabra de Dios. La posibilidad de leerla cada día haciéndola motivo de reflexión y plegaria. Esa actitud es la que hace posible poder recibir todo lo que Dios desea dar a manos llenas. Al don gratuito y amoroso de Dios ha de corresponderle la actitud acogedora, agradecida y responsable de los creyentes.

Que el buen Padre Dios permanezca y les acompañe siempre a todos.