Un guerrero chiquitín

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El Contador Tárrega

Bubba. Vaya un nombre para un perro, pero así le quiso poner Dianita, y a final de cuentas, se lo habían regalado a ella. Lo metieron a escondidas de mi esposa, que no quería que hubiera perros en la casa, así que cuando lo vio, por poco arde Troya, pero nada que un cachorrito no pueda remediar con tres alegres ladridos y unos cuantos “lengüetazos”.

Tenía sus ojitos tristes, pero era juguetón y cariñoso. Y eso sí, hiperactivo, como buen chihuahueño. Cuando le subía la “acelerina” (creo que debe ser una hormona canina), empezaba a ladrar como loco, se agarraba corriendo en círculos por la sala, se subía al sillón y se bajaba, agarraba para el cuarto y se regresaba, y parecía de esos juegos de computadora en donde tratas de darle a una cucaracha o un ratón y es casi imposible, de tanto que se mueve.

Creo que también tenía complejo de perico. Cuando lo cargaba, a como podía, se me iba subiendo hasta quedar en mi hombro y ahí le gustaba estar parado. Luego se echaba ahí mismo, pero extendido de un hombro al otro, por detrás de mi cuello, provocándome un calorcito muy confortable que, sobre todo en invierno, me encantaba.

Era inteligente. Dianita lo dormía con ella en su cuarto en la planta alta de la casa, a donde se accede mediante una escalera exterior, que colinda con la ventana de mi cuarto. Una noche, hace varios años, me despertó en la madrugada el insistente ladrido de Bubba en la escalera. Intenté callarlo con un fuerte “¡Sshhtt, cállate!”, pero el perrito siguió ladrando sin importarle mi enojo y mi regaño. Como no me pareció normal tanta insistencia, me levanté, salí y subí la escalera. Él siguió ladrando como queriendo decirme algo y después fue y se metió al cuarto de mi hija. Entendí que algo ocurría y lo seguí. Efectivamente, había ocurrido un accidente y Dianita yacía en su cama prácticamente inconsciente. Para no entrar en tantos detalles solo diré que se hizo lo necesario y tras un largo rato de desvelada, la dejamos bien y descansando tranquila, con su fiel perrito acostado a un lado de ella. Ya para irme a dormir, volteé a ver a Bubba y en mi mente le di las gracias por haberme ido a avisar lo que ocurría. Él solo me miró con esa mirada expresiva que tienen los perros y pareció decirme “gracias por haberme entendido”. Sin lugar a dudas, el perrito se ganó a pulso su lugar en la familia.

En otras ocasiones su intervención no fue tan afortunada, como cuando me tuve que regresar del trabajo porque al llegar, algo me daba mal olor, y entonces descubrí que a Bubba se le había ocurrido “marcar su territorio” sobre la manga de mi camisa. Pero las más de las veces, su existencia fue motivo de alegría en nuestro hogar.

Sin embargo, por alguna extraña razón que no alcanzo a comprender, Dios dispuso que la vida de los perros fuera corta, y la de Bubba lo fue aún más. Este lunes pasado, con tan solo 7 años de edad, tuvimos que decirle adiós, entre lágrimas y recuerdos.

Desde hacía unas semanas había contraído una enfermedad y su cuerpo se debilitó mucho. Lo atendió el veterinario y pareció mejorar, pero luego recayó con más fuerza. El sábado en la mañana al levantarnos, no lo encontrábamos en la casa. Buscamos por varias partes, debajo de la mesa, de los muebles y nada. Finalmente entré a un cuarto que casi no se ocupa y allá en un rincón, debajo de unas tablas, estaba el perrito, todavía vivo, pero ya casi sin poder moverse. Pareciera que al sentir la cercanía de la muerte, hubiera querido buscar un lugar en donde no lo viéramos para poder partir, como queriendo evitarnos el sufrimiento de verlo así.

Rápidamente lo llevamos al veterinario, quien le inyectó varios medicamentos y lo canalizó para ponerle suero y nutrientes, esperando que reaccionara.

Por dos días, nuestra sala se convirtió en hospital canino y Bubba luchó por vivir, pero siento que lo hacía más por nosotros que por él, pues a ratos solo nos miraba con esos ojos tristes y expresivos y parecía pedirnos que lo dejáramos ir. Pero siguió luchando, demostrándonos que, además de todo, también podía ser un guerrero. Un guerrero chiquitín.

Nadie lo vio partir, solo Dianita. Los demás estábamos fuera de casa cuando sucedió. Fue un momento íntimo entre ellos dos, que tantas cosas habían compartido, pero quiero creer que, antes de partir al cielo de los perros, fue con cada uno de los que lo amamos y se despidió con ladridos y “lengüetazos”. Y tal vez con algo más, porque a mí me pareció sentir en mis hombros, por detrás de mi cuello, un confortable calorcito.

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