El jugador (I)

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Eduardo Narváez López

Nasiff Said, un inmigrante árabe que llegó a México a principios de los años veinte, encontró acomodo en una de las famosas fábricas de casimires del estado de Hidalgo. Trabajó con entusiasmo y dedicación, de tal manera que llegó a ser el subgerente de la empresa. El gerente, como premio a su constancia, le compró al doble las acciones que había adquirido de la empresa, para que abriera su propia negociación. Fuera de reunirse con sus paisanos a platicar de negocios, de sus familias y de practicar sus juegos, nada lo distraía de su adicción al trabajo. Los paisanos acordaron reunirse en cada una de sus casas, un fin de semana en una, otro en otra. El anfitrión proponía los juegos de entretenimiento. Unos tenían billar, otros una alberca, y casi todos muebles para juegos de mesa como ping pong, damas chinas, ajedrez o dominó, o de azar, como los dados, la ruleta o el póker. Cuando se jugaban estos últimos, Nasiff participaba como espectador un rato y después se retiraba. Sus amigos lo animaban insistentemente:

-Lo único que juegas es a la lotería y has tenido suerte sacándotela dos veces; muchos dicen que de ahí lograste poner tu fábrica de textiles. ¿Por qué no pruebas suerte con el póker o los dados? Chance y te hagas de nuestras fortunas.

-Mi fábrica la puse gracias a mi trabajo de muchos años. Cierto que la lotería hizo que reforzara mi negocio con máquinas modernas, pero hasta ahí nomás Abdulá, no jodas. Yo sé lo que hago, sé que las probabilidades para que uno se saque la lotería son de una en miles, y que los juegos de azar acaban con las riquezas reunidas por muchos años y sacrificios, y no insistas, porque me voy ahora mismo.

La casa de Nasiff estaba desprovista de estos enseres, por lo que los invitaba al casino en donde la mayor parte eran socios, y los que no, podían ser invitados por los accionistas. En una ocasión su yerno lo invitó al hipódromo de la cercana ciudad de México:

-Mire suegro, no sea rejego, ya sé que rehúsa jugar a las apuestas; no estoy invitándolo a eso, sino a comer en uno de los restaurantes que hay en el hipódromo. Allí se come riquísimo.

Nasiff leyó con interés el programa que le dieron junto con el boleto de entrada. Se enteró del palmarés de cada uno de los caballos: edad, caballo o yegua, de qué raza o sangre eran, de sus ascendientes, cuántas carreras han ganado y en cuántas carreras famosas (derbis) han participado y ganado, a qué cuadra o dueño pertenecen, y cuánto pagan cada uno en caso de ganar. Esto último le llamó bastante la atención. ¿Cómo era posible que a un caballo al que le apostaba que iba a ganar le pudiera pagar por cada peso apostado, dos pesos o más. Se dijo para sí: no pierdo gran cosa si apuesto mil, pero si gano, gano mucho. Y le fue a los que pagaban uno a cinco o más. Seguía las carreras con suma atención utilizando unos binoculares. Muchos de sus favoritos lideraban en los inicios, lo cual le emocionaba al menos durante ese tiempo. “Está bien, la emoción que sentí desquitó los mil pesos”. Cuando uno de sus caballos arrancó al último no tuvo chiste por un rato, ya iba a bajar los binoculares cuando vio que estaba por rebasar al que iba en penúltimo, se emocionó, más cuando lo rebasó, mucho más cuando rebasó a otros dos; sintió un dolor agudo en su columna cuando iba a rebasar al que iba en tercer lugar; el paroxismo cuando rebasó a este, y la exaltación máxima de todos sus sentidos cuando ¡GANÓ!, ¡GANÓ!, ¡GANÓ EL MÍO! ¡GANÉ 50 MIL PESOS!

A partir de ese día se volvió un apostador recalcitrante, sobre todo cuando le daban ventajas de uno contra cinco o más a su favor. Los domingos en que se jugaban todos los partidos de futbol profesional entre las once y doce horas, apostaba a su yerno cuando este le daba ventajas.

-Suegro, uno a diez a que “gana el América” –era el líder- al Atlante –estaba en los últimos lugares-. “Bien hijo, que sean mil a diez mil”. -Y se dio la campanada de la temporada: América perdió el partido y el liderato.

A través de la ventana solía contemplar cómo se divertían emocionados sus trabajadores -a la hora de su descanso-comida- “echando volados” con el merenguero. Ambas partes se divertían de lo lindo; aunque era incomprensible por qué razón no mostraba desánimo el de los merengues cuando perdía. Solo por percibir la sensación de emociones, bajó un día a “echarse unos volados” con el “maistro”. Se picaron ambos, jugaron hasta cinco partidas de a cinco cada una y al final Nasiff  despelucó al merenguero. Al liquidar cada partida, los merengues ganados se los regalaba a sus trabajadores, quienes le echaban porras a su patrón. Al final le cantaron al maistro: “Quiere llorar… quiere llorar”. Este simulaba secarse una lágrima. Nasiff lo consoló diciéndole. “Nada de llanto, es solo cosa de juego pero ahora, dime por 25 pesos, cómo le haces perdiendo tanto. “Mire jefe, el costo de cada uno es de 20 centavos y se los vendo a peso; luego entonces por cada uno que gano cobro 80. El que pierdo es de veinte; así es como siempre gano apostando”.

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