Lozoya, estelar del New Showtime

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Pérez Ávila

Rehabilitada y en pie de guerra, la maestra Elba Esther Gordillo era, hasta hace unos cuantos días, la más elevada figura en el teatro político totonaca, caída en desgracia. Arrestada al pie de su jet, apenas poniendo pie en tierra al terminar sus carísimas adquisiciones en Estados Unidos, fue sometida, de inmediato, a un proceso que la llevó al reclusorio, donde, entre confort, pequeños lujos y grandes atenciones médicas, la pasó durante todo el sexenato de Enrique Péña Nieto. Obtuvo su libertad por arreglos entre quien se iba y su relevo insoslayable. Lo demás es abalorio, espejitos, prisma de lo evidente; todo es según el color, del cristal con el que se mira.

Lozoya es epígono de la todavía poderosa líder sindical de la docencia.

Si algo los diferencia, no es el sexo. Es la lengua. La maestra habló fuerte, apenas se vio en libertad, pero no hizo denuncias, “no echó de cabeza absolutamente a nadie”. En cambio, don Emilio Lozoya Austin, puesto a cantar por la Fiscalía General de la República, ha superado a los más grandes talentos operísticos. Enrico Caruso, Luciano Pavarotti y Plácido Domingo, ante la potencia del do sostenido del ex director de Pemex, son chisguetes de voz, fallidos reflejos del excepcional barítono-tenor, Jorge Negrete.

Sobran quienes consideran que Lozoya es un distractor, una cortina de humo, ante lo que califican de fracaso del gobierno de López Obrador.

Ficción o realidad, todos cuantos estamos obligados a seguir el curso de la historia actual nos percatamos de lo que ya es inobjetable: No ha originado el súmmum estentóreo, capaz de romper tímpanos de artillero.

Hasta quienes, en el gobierno, tienen tareas específicas para exagerar las fallas de quienes no le son afines, como en el caso del suertudote John Ackerman (*), se han topado con pared, mejor dicho, con fuerzas infranqueables, en el proceso abierto en contra de don Emilio Lozoya Austin.

No se sabe con precisión qué arreglos hay entre el juez, la Fiscalía y la defensa, porque es innegable la atención especial conferida al funcionario, brillante en el sexenato de Enrique Peña Nieto, hoy, apagado delincuente de cuello blanco, en la proclamada Cuarta Transformación de don Andrés Manuel López Obrador.

Que yo sepa, don Emilio no se ha declarado culpable. Se sabe. Lo saben todos, que aceptó ser extraditado desde su dorado ostracismo, para enfrentar las acusaciones enderezadas en su contra por la Fiscalía de la República Mexicana, a cambio de ser considerado como testigo protegido. En otras y muy pocas palabras: Va a colaborar.

Visto todo desde el ángulo geográfico noreste tamaulipeco, en la punta de la trompa del elefante sofisticado que semeja nuestro estado, quedan dudas, suspicacias, conjeturas sobre todo, flotando en la piscina miasmática. Si se lo proponen, lo hunden. Si lo juzgan con imparcialidad, tendrán muy serias dificultades para probarle esa acusación grotesca de “lavado de dinero”.

Y para concluir, una sugerencia al primer círculo de Francisco Javier García Cabeza de Vaca: Se equivocan, si le dejan al ralentí de la Coordinación de Comunicación Social la tarea de escudar al gobernador.

(*) “Los cuatro nuevos consejeros darán un giro de 180 grados a una institución muy hundida en el desprestigio”. Se refiere mister Ackerman, al Instituto Nacional Electoral.

GIRÁNDULA MAQUIAVÉLICA: Todos los medios son legítimos si el propósito perseguido es beneficiar al pueblo, lo contrario es abominable.

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