Hasta siempre, Carmelita

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Libertad García Cabriales.-

Entre las flores te fuiste; entre las flores me quedo

Miguel Hernández

 

Desde la primera vez que entré a su casa supe que había algo que nos uniría siempre. Lo recuerdo como si fuera hoy. Un departamento luminoso y acogedor en la Ciudad de México, lleno de plantas y flores. Le pregunté cómo cuidaba sus violetas africanas y me contestó emocionada acerca del cultivo y los “tips” para su floración. En ese tiempo, vivíamos en ciudades con climas muy distintos y no todas las plantas de su casa florecían en la mía, pero nuestra pasión era la misma. Años después ella decidió dejar la gran ciudad para venir a radicar a Victoria y seguimos cultivando juntas, no solo plantas: también una relación floreciente que ha trascendido más allá del plano físico.

Nuestra querida Carmelita Marroquín partió del mundo terrenal la tarde del último jueves de julio de este año de pandemia. Cuando me avisaron su deceso, las lágrimas me salieron a borbotones, más porque los últimos días no pude verla, ni pude abrazar con la triste noticia a mi hijo que la adoraba, confinado todavía en su habitación. Días funestos han sido estos, de enfermedad y muerte en muchos hogares. Pero ella no merece ser recordada con amargura, porque si algo la caracterizó fue su alegría de vivir, pese a todas las espinas del camino.

De muerte natural y a los 91 años, su frágil cuerpo se apagó, pero su amor se queda con nosotros. Desprendida y generosa, su mayor legado está en la cosecha de su corazón. Es esa su mejor herencia. Lo pude ver en los rostros y las palabras de sus hijos y nietos al despedirla agradecidos por la significativa presencia en sus vidas. El tiempo dedicado, las confidencias, el apoyo incondicional, los alimentos preparados como sólo ella, las llamadas frecuentes, las oraciones. Una madre, hermana, abuela, suegra, amiga que supo ser y estar siempre. Se dice fácil, pero en este mundo colmado de relaciones superficiales y de conveniencia, de comida rápida y pasiones desechables; otorgar tiempo y sólido amor a los demás, es un tesoro invaluable.

Nos duele profundamente su partida, pero cuando la vida fue larga y grande en dádivas, amaina el dolor y da paso al agradecimiento del corazón. En lo personal, muchas memorias atesoro de nuestras décadas en cercanía. Nacida en Torreón, en plena posrevolución; Carmelita vivió mucha vida para contarla. Agradezco haber compartido con ella amenas conversaciones en las que me hablaba de su infancia y me contaba feliz las anécdotas de Enrique Marroquín, su padre, todo un personaje, amigo de Pancho Villa, Lázaro Cárdenas y María Félix, entre otros notables. Ahijada de Mario Moreno Cantinflas, mi suegra dibujaba una sonrisa en su rostro, cuando hablaba de las correrías de su célebre padrino con su padre.

Pero tal vez lo que más me gustaba, era escucharla hablar de mi Mante en su época dorada, ahora tan lejana. De sus hijos pequeños, de la gente, de la bonanza, la zafra, los esperados “alcances” y las obras del compadre CH. Ramírez, recordado gerente del Ingenio Mante, amante de los árboles y promotor de la cultura. La ciudad a la que ella llegó recién casada y donde crecieron sus hijos. Tardes enteras puedo traer a mi memoria junto a ella, quien fue nuestro apoyo y compañía cuando tuvimos aquí un vivero y celebramos gozosas nuestra pasión por las plantas y flores. Por eso elijo la metáfora del jardín para referirme a ella. Porque sembró mucho y dejó muchas flores a su paso.

“Entre esas flores me quedo”, digo con el poeta. Entre esas flores nos quedamos todos quienes la quisimos. Porque en el balance final es el amor, la generosidad y la alegría lo que nos deja. Así será recordada. Bella por dentro y por fuera. Esmerada en su arreglo personal, amiguera, pero también piadosa y compasiva. Muchas veces la vi quedarse sin un peso, para dárselo a los necesitados, ella que no tuvo grandes fortunas materiales, pero supo enriquecer la vida de muchos. Son esas vivencias de largo plazo lo que dan fortaleza a una familia. Yo le agradezco el tesoro que nos entregó a través de su cuidado  y compañía. Esas flores no mueren, están ahí en mis hijos y serán heredadas como energía pura a sus hijos y a los hijos de sus hijos en la cadena del amor y la vida.

“Florecerás cuando todo florezca”, repito con Sabines. Nos dejas el amor Carmelita. Lo más grande que albergó tu corazón. Mientras escribo, recuerdo la última mirada que me diste, el último beso que me enviaste con la mano el día de tu santo cuando te llevé una orquídea blanca para celebrarte; sin tocarte, pero siempre cerca. Entre flores viviste, ellas seguirán siendo un vínculo como siempre. “Morir es estar en todas partes en secreto”, así estarás, cuidando de nosotros desde el mejor jardín: el celestial. Nos dejas tus flores y tu esencia. ¡Hasta siempre Carmelita!