El jugador (II)

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Eduardo Narváez López

En otra ocasión, Martín, el principal colaborador de Nasiff, en la fábrica le apostaba uno a mil a que Andrés, el supervisor de calidad, le dijo al propio Nasiff que no revisó el último pedido procedente del Deefe, que resultó defectuoso; a lo que rápidamente Nasiff –acostumbrado a apostar cuando le daban mucha ventaja- dijo: “Van 50 mil a diez mil” –es decir, si el supervisor expresara “yo no le dije eso patrón”, Martín tendría que pagar 50 mil pesos a Nasiff-. Martín reconvino a Nasiff por abusón, ya que no tenía mucho que perder y sí mucho que ganar; que al decirle “te apuesto lo que quieras” es como que era incontrovertible lo que decía; en realidad para nada se intentaba apostar.

En una de sus reuniones Nasiff solicitó ser admitido en el póker, lo que causó mucho gusto a sus “baisanos”. Lo tantearon bien y bonito para saber sus tendencias en un futuro: Al hacer un primer “envite” (apuesta) a la que nadie igualó, pagaron por ver su juego. De esta manera supieron que era de los ambiciosos y solo apostaría mucho cuando estuviera seguro de que tenía buen juego. Se envició con el juego de cartas y las carreras de caballos. En la mayor parte de las partidas perdía

exorbitantes cantidades. Igualmente en los caballos donde quería acertar en “las chicas”; que cuando se hacían, por diversas circunstancias no había participado apostando. Todo ello se vio reflejado en el negocio de los casimires. Cada vez más descuidado por él, no obstante que era apoyado por sus tres hijos y su yerno, con la entrega y rectitud que les había inculcado. Los hijos le suplicaron que los heredara en vida, antes de que acabara con la fortuna de la familia. Nasiff comprendió el drama: creía tener ahora sí la infalibilidad en el juego, y la realidad era otra: sus amigos le tenían tomada la medida. Cuando dejó de asistir al casino o a las casas de sus paisanos, fue a buscarlo su amigo Abdulá. El yerno le comunicó que su suegro se abstendría del juego de cartas. Entonces Abdulá expresó en voz baja para sí mismo: “Entonces quién va a perder ahora”. Nasiff solo se quedó con la fábrica más pequeña y repartió las otras tres a sus hijos.

Nasiff volvió a ser el de antes: adicto al trabajo, formal y sin vicios; sin embargo, sus hijos, sin la presencia de él no fueron los mismos. Al quedar libres de las prohibiciones de su padre, como las de tener naipes, cubilete, dados, dominó, tablas de lotería; quisieron probar esas sensaciones producidas por las fuertes dosis de adrenalina segregada cuando uno está a punto de ganar o perder dinero, sobre todo cuando están en juego grandes cantidades.

Alim –hombre que aprende rápido- empezó a visitar el bar “La Vale” abreviado de La Valenciana en donde se oían por igual el barajar de las cartas, hacer la sopa de las fichas de dominó, el agitar del

cubilete y el azote de su base para después tirar los dados; movimientos hechos muy al estilo de cada quien. Alim empezó mal, nunca fue bueno para el dominó, hacía mal las cuentas, no se le dieron las matemáticas; con frecuencia escuchaba los denuestos clásicos contra los maletas del dominó: “Míralo, ca’ón, todos más un traidor contra mí”. “¡Grandísimo zoquete!, yo haciendo lo indecible para que escupas la dientona (mula de seises), y tú que te la guardas, ¡ahorita mismo te ahorco!”. Cuando se iban rolando las parejas, no faltaba quien se rajara de seguir jugando, porque le tocaba hacer pareja con Alim: “Voy a buscar a cualquier güey menos bandejo que este.” Entonces Alim pensó que no era bueno para jugar en equipo y se aficionó a las cartas; pero a él le jugaron en equipo. Un trío de truhanes por debajo de la mesa se intercambiaban las cartas. Él no sabía jugar en equipo, pero sí sacarse una carta de la manga del saco, tal y como se percató que lo hacían sus adversarios, lo que le valió una tranquiza y ser despojado de una buena vez de todo lo que traía para perder.

Falah –hombre de gran éxito en lo que se propone-, optó por las carreras de los caballos. Con frecuencia lo acompañaban sus hermanos, quienes en virtud de no ganar tan siquiera yéndole al favorito de todos, perdieron el ánimo por las carreras y dejaron al loco de Falah, quien compraba el programa de los domingos en cuanto salía recién publicado los miércoles. Se desvelaba cuatro noches estudiando el palmarés de cada yegua, potro o caballo, ya no solo para acertar al ganador de una carrera, sino a “la perfecta”, acertar al primero y segundo lugar. Cuando ocurrió el acierto, cobró en taquilla una

fortuna y casi se vuelve loco. Ahora iría por la Trifecta, atinarle en el orden exacto a primero, segundo y tercer lugar. Cuando estuvo en un tris de lograrlo, sufrió un infarto. El diagnóstico fue: o deja los caballos o la vida.

Isam –literalmente quiere decir “salvaguardar”-, quien aún no le entraba a los juegos de lleno, al ver en desgracia a sus hermanos se retiró de las apuestas.

Nasiff, el padre, los hizo jurar por lo más sagrado para ellos, que son sus hijos, rectificar su actitud, a cambio de ello repartió nuevamente sus fábricas recuperadas. Solo le participarían, cada uno, de un diez por ciento de las utilidades. Las distracciones de Nasiff serían ahora el ajedrez y las damas chinas sin apostar.