El placer sexual

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Mariana Castañón.-

Hace tiempo, utilicé este espacio para hacer una crítica a nuestra pobre educación sexual mexicana. En aquel texto, repasaba las lecciones de sexualidad que había recibido durante mi etapa integral, de la mano con un relativamente indiscreto recorrido por mi propio devenir erótico. Consenso, sexteo, consecuencias, deseo, porno, fueron algunos de los tópicos tratados para la columna, buscando alcanzar meditaciones más relevantes a nuestra vida sexual que las de libro de secundaria. Si bien, esta breve perspectiva era más considerada que las clases sobre anticonceptivos y abstinencia que la escuela impartía, aún, el placer no era tema central en esto que pretendía abrir conversaciones acerca de la sexualidad. Creo, ahora, el placer debería ser el punto de inicio de estos diálogos críticos. Porque, a menos que estemos buscando engendrar, esta razón sería, idealmente, la motivación por la cual las personas tenemos sexo.

El problema es que, del dicho al hecho hay mucho trecho y el ideal está lejos de la práctica. Cuando pensamos en sexo, podemos ver cómo este, pareciera tener más que ver con el poder o el control que con el goce: Esta necesidad fisiológica ha sido numen de cada una de las ideologías que han pasado por la tierra. Todo mundo tiene algo que decir sobre el sexo, pero no siempre estarán dispuestos a dialogar abiertamente sobre las motivaciones a la práctica. Discutirán sobre las consecuencias: el embarazo, las ETS, el aborto. Hablarán sobre el producto sexual, la forma en la que vende, lo valioso de los senos, los glúteos, el pene (aunque no tanto sobre la vulva) y sobre la vida sexual de las personas: el número de parejas, la virginidad y los juicios que se crean a partir de esto. Pocos serán en esta occidental civilización, sin embargo, los que se atreven a hablar sobre el cuerpo y el placer en el sexo.

Porque, cuando el sexo es todo menos sexo, se nos olvida porqué lo deseamos y lo buscamos tanto. Porqué éste provoca tanto lío, porqué se valora como pecado, porqué se vuelve arma mortal, producto de consumo, trata de blancas, ruptura de parejas, mandamiento bíblico. Y si al final, quisiéramos dar razón a cada una de estas interrogantes, no sería impreciso contestar que todo esto se da por la simple y sencilla razón de que el sexo es una de las actividades más placenteras que el ser humano puede hacer. Hecho correctamente, es una danza a dos, un momento íntimo, seguro, divertido, una descarga de dopamina similar al éxtasis y, como si esto fuera poco, es también el mejor rubor del mercado. Un buen sexo es tan placentero como el opio y tan divertido como el videojuego más lucrativo. Por ello, el poder opera como si a éste se le debieran de poner los términos, condiciones y regulaciones más estrictas que a ningún otro entretenimiento de valor.

Vaya, lo entiendo. Pocas cosas están tan íntimamente ligadas al desarrollo de un país. Esta práctica controla los indicadores de salud y de población, inyecta millones de dólares al PIB, dictamina los estados civiles, los estándares de belleza y dirige nuestras relaciones sociales. Ya en Grecia o en Roma años atrás intentaron otras aproximaciones al tema del sexo y aunque tenemos mucho que aprenderles a dichas civilizaciones, no todos sus métodos fueron efectivos. La pasión levantada por las faloforias y los festivales a Dionisio inspiraron los primeros valores ascetas y el pudor que antes no había existido se instauró como medida ineludible a aquel desaforado régimen. Pronto, la norma sería una frugalidad culpígena y un pudor desmesurado.

Total, la mesura se ha vuelto utopía. Así, en este ir y venir, seguimos sin encontrar discursos más nobles y responsables acerca del sexo. Por eso, propongo regresar a un segundo fundamentalismo sexual: tenemos sexo porque queremos sentir placer. Pasa igual que con la comida: si bien el alimento es una necesidad fisiológica, comer una fabulosa rebanada de pastel de chocolate es un plácido gusto y el sexo no es excepción a este principio. Hablemos de placer para desmenuzar los ingredientes, para revalidar las prácticas, para modificar las reglas del juego. Si tan solo partiésemos de esta sencilla premisa, el ejercicio sexual y sus correspondientes consecuencias, serían totalmente distintas a las de hoy en día.

Cuando nos centramos en el sexo por placer, entonces, nos preocupamos por saber qué satisface nuestros deseos sensibles. Exploramos nuestro cuerpo, nuestros placeres, tocamos nuestras vulvas y nuestros penes, prestamos atención a la anatomía y estudiamos las reacciones corporales al acariciar la piel. Hablar de placer, además, nos invita a reconocer que somos merecedores de cosas buenas, estimula nuestra autoestima y nuestra autovaloración. ¡Nos tratamos bonito, caray! Identificarnos como merecedores de placer, nos lleva a buscar el mismo, conocer sus alcances, sus manifestaciones y distinguimos todo aquello que no se parezca a la sensación plácida: el dolor, la incomodidad y el miedo.

Si repensáramos el sexo desde el placer, éste no sería una moneda de cambio para relaciones de poder. No se retrataría de maneras tan horrendas en los sitios porno, no lo tendríamos sólo por satisfacción del otro. No necesitaríamos de dolorosas relaciones y malos tratos para alcanzarlo. Muy probablemente, aceptaríamos que nos fascina disfrutar y cargaríamos con condones en la bolsa con menos vergüenza, o llenaríamos nuestros burós de juguetes sexuales como la sala de juegos de mesa. Con algo de educación interseccional, las mujeres recuperaríamos nuestros cuerpos, serían nuestros, para uso y disfrute propio, no del otro, no del Estado, no de la religión.

Actualicemos el caduco discurso sexual empezando por aquí: el placer es la principal motivación por la que el ciudadano promedio tiene sexo. Se dice y no pasa nada malo, pero empieza a llegar todo lo bueno.