Acompañante

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El Contador Tárrega

¿Puede un ángel disfrazarse de perro? ¿Ustedes qué opinan?

Semanas atrás, pasaba por unos días difíciles y mi ánimo se encontraba en uno de esos puntos bajos de los que hablé la semana pasada.

Un día por la mañana, iba caminando a casa de mi tía Tere, quien vive a unas cuadras de mi casa, y de pronto sentí como que alguien me venía siguiendo. Volteé y vi que un bonito perro color miel con manchas blancas y larga cola venía atrás de mí. Seguí caminando, pensando que pronto cambiaría de rumbo el animalito. Pero más de una cuadra después volteé y ahí venía todavía. Me detuve y me agaché a acariciarlo. Él se detuvo también y mansamente se dejó acariciar. Le dije: “¿Me estás siguiendo?”. Obvio, no me contestó. Al menos no de manera audible, pero me miró, y en sus ojos me pareció ver un “sí” como respuesta.

Llegué a casa de mi tía y mi acompañante entró conmigo hasta la cochera. Saqué el carro (que ella me iba a prestar), y al arrancar con rumbo al trabajo, vi por el espejo retrovisor que el perrito caminaba de regreso por donde habíamos venido. Llegué al

trabajo con mejor ánimo, después de ese fugaz encuentro con mi misterioso nuevo amigo.

Volví a verlo otras veces cerca de mi casa, hasta que me enteré de que era de mi vecina y se llamaba “Rocky”, pero a mí me extrañaba que, aunque ya era un perro adulto, nunca lo había visto antes. En varias ocasiones su aparición ocurría en formas extrañas y coincidiendo con momentos en que necesitaba una inyección de ánimo. Les platico.

Una mañana salí nuevamente rumbo a casa de mi tía y busqué a ver si andaba por ahí el Rocky, pero no había nada. Caminé casi una cuadra y de pronto lo veo por un lado mío. Salió de la nada (se los juro por el osito Bimbo). Ese día le tomé una foto para tenerla de recuerdo (la que acompaña a esta publicación).

Otra noche llegué a casa particularmente agotado (no solo físicamente). Me bajé del auto para abrir la cochera, busqué alrededor a ver si lo veía, pero la calle estaba totalmente desierta. Metí el carro, abrí la puerta, saqué una pierna y ya no pude sacar el resto del cuerpo. Por el agotamiento, solo pude apoyar mi brazo izquierdo en la pierna que había sacado, y ahí me quedé unos segundos. Volví la vista a la izquierda, y ahí estaba el Rocky, parado atrás del carro y asomando solamente la cabeza, observándome fijamente. Lo llamé, vino, y apoyó su cabeza en mi pierna, nuevamente dándome ánimos sin hablar.

En otra ocasión, salí una noche a echar candado a la puerta de la reja. Busqué a ver si veía a mi amigo, pero no, nuevamente la calle desierta. Bajé la vista para echar el candado (unos segundos), y cuando la

volví a levantar, ahí estaba el Rocky frente a la puerta. Me dio tanto gusto que volví a abrir la reja, él entró como en su casa y se echó al lado de una mecedora que tengo ahí. Me senté en ella y estuvimos buen rato en silencio, disfrutando la mutua compañía.

En la noche del día que murió Bubba, el perrito chihuahueño de mi hija Dianita, estaba ella afuera de la casa con un amigo que vino a consolarla. Ella estaba sentada en la pequeña barda que es la base de la reja, y de pronto llegó el Rocky, apoyó su cabeza en su pierna, como lo había hecho antes conmigo, y se le quedó viendo tiernamente. Dianita lo acarició en la cabeza, y su amigo le dijo: “Él sabe”.

Sé que muchos pensarán que todo esto no son más que coincidencias, pero yo prefiero creer en la magia y pensar que, si hay ángeles ministrantes, también puede haber ángeles “acompañantes” y –¿por qué no?– pueden tomar las más diversas formas. Y esos ángeles tendrían la asignación especial de acompañar a los humanos en esos momentos en que necesitan ayuda de un lugar más allá de esta tierra.

Hace poco, reparé en que tenía ya varios días que no veía al Rocky. Le pedí a mi hijo Manuel que investigara y se nos dijo entonces que lo habían atropellado y, aunque había sobrevivido, lo habían tenido que sacrificar, pues había quedado muy lastimado.

Dicen que murió. Pero no, para mí es tan solo que, tras haber cumplido su asignación especial, volvió al lugar del que un día salió disfrazado de eso, a lo que atinadamente llaman, “el mejor amigo del hombre”.

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