Días de gloria (I)

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Eduardo Narváez López

Máximo Díaz Verduzco, después de terminar su carrera de ingeniero civil en la capital de la República, regresó a su ciudad natal; el menor de seis hermanos se encontró prácticamente solo con sus padres, sus hermanos estaban radicados en diversas ciudades del país. En la ciudad encontró acomodo como jefe de oficina en la delegación federal de la SCT, Fue bien recibido, veían bien que sus coterráneos regresaran a su ciudad natal bien preparados, para realizar las obras que las tres modalidades de gobierno pudieran para el Estado. Sus padres estaban contentos, pues sus otros hijos habían emigrado a México y de ahí se esparcieron por toda la República, en cambio tenían a Máximo, quien optó por radicar en esa población y contraer matrimonio con una chica de la localidad. Sus padres gozaron al tener de cerca a cuatro preciosos nietos, a los demás no los veían sino de vez en cuando.

Máximo terminó su carrera a duras penas; el dinero que le enviaban sus padres nunca le alcanzaba y siempre andaba estirándolo. Esto hizo que buscara acomodo en algunos despachos de ingenieros.

Entonces sus padres tuvieron algo de desahogo en su economía. Tal vez por dividir su tiempo en trabajar y estudiar hizo que no destacara tanto en sus estudios, como sí destacó antes en casa de sus padres, obteniendo siempre promedios en sus calificaciones entre nueve y diez.

En el centro SCT realizó los mejores proyectos, que valieron para que sus jefes escalaran el siguiente puesto de subdirectores o directores de área, y él demoró cuatro años en ser promovido a una jefatura de departamento. No era por falta de conocimientos o capacidad, el principal obstáculo era su adicción al alcohol. Todo empezó cuando comenzaron a invitarle, tanto sus jefes como sus subalternos, a brindar por los éxitos obtenidos. Él seguía por su cuenta la parranda con los de carrera larga. Esto era nuevo para él, de estudiante nunca quiso participar en pachangas porque no tenía tiempo para ello, el trabajo y el estudio eran lo principal para compensar a sus padres el esfuerzo que hacían por mantener la carrera de él y de sus hermanos. Los padres durante cinco años tenían que enviar la pensión a tres de sus hijos a la vez; después ya no presupuestaron pensiones, porque el penúltimo y Máximo se autofinanciaron la carrera.

Cuando Máximo logró su ascenso a la jefatura de departamento, festejó en grande con sus compañeros de oficina durante dos días; otros dos días la siguió con sus amigos y el resto de la semana lo ocupó en curarse la resaca. El subdirector, quien sería ahora su inmediato superior, se contuvo para no despedirlo. Los antiguos jefes de Máximo intercedieron por él:

–“Te dará mucho más satisfacciones que disgustos”, “Las malas compañías y los elogios lo trastornan”, “Trata de convencerlo de que se abstenga de tomar; que lo haga por sus cuatro hijos, por sus padres, que están orgullosos de él y su mayor felicidad es que triunfe; le llegará hondo. Tú como recompensa tendrás un excelente colaborador”.

Y así fue, Máximo Verduzco (muchos le llamaban por su segundo apellido, que era más sonoro que Díaz, el primero) por un buen tiempo dejó de agarrar la jarra. Volvieron los días en que su rostro resplandecía por las felicitaciones de sus superiores; sus proyectos y cálculos eran procesados, haciendo uso de la nueva tecnología en la computadora con programas de punta, los cuales eran seguidos por los jóvenes prospectos, quienes se admiraban de la exactitud de los trazos dibujados por el ingeniero en tiempo récord, así como los cálculos para obtener una buena resistencia de los suelos, que eran ratificados por los programas de cómputo. Por supuesto que los aplausos se los llevaba su jefe, quien fue promovido para ocupar la dirección general; asimismo, más tarde otro de sus antiguos jefes fue adscrito a la dirección general de un centro SCT: en tanto que Máximo alcanzó la residencia general de conservación de carreteras dos años después, lo que le dejó una cruel amargura, pues era casi seguro que al inicio del sexenio sería el candidato seguro para ocupar la dirección general. Un amigo de confianza se solidarizaba con él, a la vez que, a su modo de ver la situación, opinaba sobre el caso:

–“Mira “compadruzco” –así le decía Abelino Cruz, su compadre, abreviando compadre y Verduzco-, lo que pasa contigo encaja con el refrán “Crea fama y échate a dormir”. Para que puedas borrar esa imagen que de ti tienen debe pasar un buen tiempo. Cuando te inviten a una fiesta, a tomar la copa, a ponerte una guarapeta, debes hacer hincapié en que ya no tomas, que estás jurado, que padeciste de hepatitis –lo que no era cierto- y si tomas puedes contraer cirrosis, lo que sería fatal. Esta información llegará a las oficinas centrales en México, lo que contribuirá para que te promuevan en la siguiente oportunidad.

Pasaron los años, los padres de Máximo murieron; sus hijos crecieron, cursaban sus estudios superiores en la ciudad; estaba feliz de tenerlos a su lado, no como él y sus hermanos, que tuvieron que abandonar el hogar para ir a estudiar a la capital. Ellos no pasarían estrecheces y solo tenían que estudiar. No los dejaba que consiguieran un trabajo, debían dedicarse por entero al estudio, para que más tarde pudieran tener a su vez una familia sin aprietos y carencias.