Revisando las etapas de adolescencia, juventud y mediana edad

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Héctor F. Saldivar Garza

En la sesión anterior comentamos sobre las etapas del desarrollo humano de acuerdo con la teoría de David Armstrong, denominada teoría de la identidad, y su marcado acercamiento que manifiesta con lo experimentado por las personas en la realidad. Hoy revisaremos de la etapa siete a la nueve, estableciendo un vínculo estrecho con experiencias propias y de los demás, que hemos observado en vuestras conductas y vivencias.

La etapa siete es de la Adolescencia y comprende de los 12 a los 20 años. De acuerdo con lo planteado por el autor, este tiempo se distingue por el énfasis manifiesto por las personas en lo sexual y la pretensión de independencia.

Señalaba en el artículo de la semana que recientemente transcurrió, que los profesores, padres de familia y adultos mayores, que cuentan con jóvenes bajo su responsabilidad, deben redoblar su atención en ellos durante este periodo, para evitar que cometan errores de los que posteriormente se arrepientan o resulten afectados, lo cual puede ser por diferentes razones.

Una de las formas de manejar ciertos controles es a través de enterarse sobre cuáles son los familiares y amistades cercanas, sus actividades prioritarias y la relación que con ellos mantienen. Sin afán de exagerar, deben procurar entrelazarse con ellos para saber algo más de su vida, que pudiera afectarles en algún momento.

Igualmente, en esta edad es común que se valore a las personas por su complexión, y por ejemplo al verlos de una talla de adulto, las personas pueden considerar que lo correcto es permitirles que tomen sus propias decisiones, lo cual no siempre es prudente. Lo mejor es que se observe detenidamente su manera de pensar, proceder y principios que despliega, para captar su nivel de madurez.

En cuanto a su ánimo por independizarse, quizá una buena medida es no brindarles amplio margen para sus acciones, ya que con espacios más amplios sus posibilidades de inseguridad suelen acrecentarse, incidiendo en su problematización. A criterio propio, la independencia es un asunto que debe irse concediendo de manera paulatina, observando siempre el adecuado cumplimiento de las responsabilidades que se les van asignando a los jóvenes.

En estos tiempos difíciles, los adultos debemos alertarlos sobre los riesgos que corren al estar un tanto retirados de personas confiables, como por ejemplo cuando inician vínculos con desconocidos. No es salirse de contexto, que continuamente les reiteremos sobre la conducta que deben adoptar cuando asistan a reuniones con personas que

recientemente les presentaron; los cuidados con lo que deben comer o beber alimentos o líquidos, y una serie de situaciones a sortear.

La etapa ocho está constituida por la juventud, y comprende de los veinte a los treinta y cinco años. Lo más interesante de este periodo son los desafíos que presenta la necesidad de contar con preparación suficiente para obtener ingresos propios, asimismo, el surgimiento de la idea natural de formar una familia. En este proceso varía la forma en que reaccionan las personas, ya que el criterio manifestado tiene una relación estrecha con la madurez que los jóvenes van adquiriendo, como consecuencia de una educación adecuada por parte de la familia.

En virtud de que es común que exista actualmente un descuido considerable por formar a los hijos, en parte por apatía, falta de tiempo o desconocimiento de las medidas a adoptar, la conducta de ellos es más cercana a lo que dicta la naturaleza, por lo consiguiente resulta trascendente alertarlos continuamente sobre maneras de proceder, porque no obstante estén informados, puede que sea insuficiente lo conocido. Una recomendación general al respecto, es que al formarlos no hagamos diferencia en cuanto al género, ya que ambos pueden verse afectados con una decisión incorrecta.

Los padres preocupados por el futuro de sus hijos, desde pequeños les asignan funciones acordes con su grado de madurez. La psicóloga Maribel Martínez, coautora del libro “Niños sin miedos”, afirma que en estos tiempos se aplica en múltiples hogares un modelo de “Educación Complaciente”,

donde los padres se preocupan porque sus hijos aprendan idiomas o toquen algún instrumento musical de manera complementaria a sus estudios básicos, lo cual no resulta negativo, pero un asunto crucial es no descuidar el aprendizaje de tareas domésticas y la habilidad para atenderse a sí mismos.

Algunos escritores que investigan sobre la madurez infantil recomiendan la edad de dos a tres años como adecuada para iniciar con este proceso. Puede probarse con encomiendas simples, como recoger los juguetes y acomodarlos en un espacio u objeto específico, y en la medida que logre dominar estas habilidades, deben incrementarse otras que impliquen un mayor grado de dificultad.

La etapa nueve, el autor la denomina de “La Mediana Edad”, y comprende de los treinta y cinco a los cincuenta años. Este periodo suele mover a la reflexión a las personas que están viviéndolo, intentando efectuar un balance de lo realizado hasta ese momento, ya que es común piensen en qué porcentaje han logrado sus propósitos, para en caso necesario retomar el accionar con nuevos bríos brindándole más atención al tiempo, y ya no perderlo en nimiedades.

Es de gran importancia esta etapa, porque en estas edades es cuando se incrementa el nivel de los divorcios, quizá como consecuencia de resultar con déficit en logros, al momento de someter a un recuento lo vivido en este periodo de tiempo. Pero por supuesto que lo más aconsejable sobre la temática es revisarla desde sus orígenes, ya que la familia y posteriormente la educación básica son los

ámbitos desde donde insistir en la búsqueda de valores y principios para forjar en las personas, por ejemplo, para que al momento de seleccionar pareja no se guíen por lo superficial, como es la apariencia, lo cual resulta a la postre un tanto secundario.

En el próximo artículo revisaremos las últimos tres etapas, las cuales igualmente merecen depositemos en ellas gran atención.