Días de gloria (I)

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Eduardo Narváez López

Sin embargo Al Centro SCT no llegaba la promoción deseada. Cuando llegaban de visita a la ciudad sus antiguos compañeros de trabajo ya fueran antiguos jefes o subalternos lo encontraban en el mismo nivel de titular de la residencia; supieron que sus trabajos sirvieron para catapultar a muchos de sus jefes a niveles superiores, siendo adscritos a centros más importantes, y que por todo ello era conveniente mantenerlo en ese puesto.

Su compadre Abelino fue a visitarlo al Centro SCT, viéndolo anquilosado en el mismo puesto, que no se le había hecho justicia, le ofreció uno de los puestos principales en el centro SCT del noroeste de la república en donde Abelino era el titular. Máximo declinó la invitación cortésmente:

–Te lo agradezco mucho mi hermano: pero aquí ya eché raíces, mis hijos están en la universidad, de aquí son sus novias, será difícil empezar en un lugar lejos de aquí. Me aguantaré un tiempo más; si no me promueven aquí, tendré que trabajar por mi cuenta, olvidarme de la burocracia que mal me está pagando.

Poco tiempo después, Máximo fue llamado a ocupar la Secretaría de Obras Públicas del Gobierno del Estado. Aceptó, pensando en que su desempeño llamaría la atención de sus mandos superiores del Gobierno federal, y se lamentarían de no haber aprovechado un elemento que por mucho tiempo tuvieron a la mano.

Las constructoras no tardaron en halagar las obras emprendidas por el Estado, felicitando al Gobernador por cumplir en tiempo y forma la entrega de los recursos y presupuestos comprometidos, en lo que tenía que ver mucho la buena disposición del ingeniero Máximo Díaz, quien lucía sonriente y triunfador al lado del gobernador en las inauguraciones y festejos que se les ofrecían. En las notas sociales comentaban discretamente que, no obstante saberse de la inclinación de Máximo por las bebidas espirituosas, sólo ingería agua pintada de refresco de cola, y que los obsequios que le enviaban de finos vinos y licores, estos yacían en los anaqueles de su cantina. En el último año de gobierno se hicieron recortes al presupuesto de obras públicas, por lo que se vio más descansado al ingeniero Máximo Díaz, y según se filtraba, brindaba con sus íntimos por los éxitos obtenidos. Dicen que descuidó tanto su personal supervisión que eran notorias los errores de cálculo en las obras; que aprovechando las ausencias del ingeniero, se compraban materiales de baja calidad cantidad, que los castillos se erigían con varillas de menor grosor, las trabes no tenían las debidas especificaciones. Finalmente el pódium de un auditorio se vino abajo, lo que hizo suponer que en este último año, cuando todo indicaba que Máximo probablemente culminará a tambor batiente su labor, y merecería un ascenso grandioso en su carrera, todo se vino abajo. El Gobierno federal lo llamó a reiniciar su carrera y lo premió con el último cargo que había tenido. Máximo volvió a la abstinencia y trabajo febril.

El personal de la residencia de su cargo le organizó una cena-baile con motivo de su cumpleaños 43 en un salón de fiestas al que fueron invitados muchos de sus antiguos jefes y antiguos subalternos, gran parte de ellos ahora encumbrados. La centésima invitación para que brindara y la misma negativa: “Mi médico, después de mi hepatitis (que no tenía) me sugirió no tomar”: este pretexto fue secundado por Abelino -sentado a su lado-, haciendo hincapié en que no tomaba desde hacía mucho. Un rato después se vio comprometido con el todavía director del centro:

-“Hágame el honor de brindar conmigo, por usted y por mi próxima partida a la Ciudad de México; me están llamando para que ocupe una dirección general en la secretaría, y se rumora que usted me sucederá en el encargo que dejaré.

Abelino se apresuró a servirle una mínima cantidad de brandy con mucha agua y algo de cola para que pintara. Eso bastó para que se agitara el gusanito del alcohol. A ese brindis siguieron otros muchos en esa cena. Alguien cercano escuchó que el director general comunicó a un columnista de política su partida a la gran capital y que Máximo lo sucedería en el Centro SCT, el reportero a su vez destacó la nota en el periódico. Le llovieron a Máximo las felicitaciones e invitaciones para celebrar su anhelado nombramiento; él, al fragor de los brindis y abrazos terminó por pagar las cuentas y cuando se terminó lo de su quincena, firmó vales en bares y cantinas.

En la capital de la República el subsecretario daba posesión al nuevo director de conservación de carreteras, al tiempo que le pidió que elaborara el nombramiento a su sucesor en el Estado, cuyo nombre no correspondía al de Máximo.

-Señor subsecretario, con todo respeto le recuerdo que, en atención a que me pidió quién, de una terna nombrada por usted, me parecía el mejor, le expresé que indudablemente me inclinaba por Máximo Díaz Verduzco. Usted aprobó mi consideración.

-Pues tuve conocimiento que durante todo el mes pasado el Ingeniero Máximo Cruz anduvo de parranda y faltó a sus labores más de quince días, imagínese las consecuencias de tener como director de un centro a un alcohólico.

Máximo fue ratificado en el encargo de la residencia de conservación de carreteras del centro SCT de su estado. Era conveniente mantenerlo en ese puesto. Sus trabajos servirían para que sus superiores fueran promovidos para mejores puestos.