Lo que le falta a Victoria

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Libertad García Cabriales.-

Amar es querer el bien

Aristóteles

 

A mí, Victoria me gustó desde el día que llegamos a vivirla en el año 1985. Veníamos de Pachuca, otra capital de estado en el centro del país reconocida por su potencial minero. Lo primero con lo que me identifiqué al llegar aquí, fue con los espectaculares macizos de flores entre verde pasto en el boulevard frente a la central de autobuses. Tal vez quien ahora los vea, le parezca increíble pero así era Victoria: una ciudad con bellos jardines, buenos servicios y calles muy limpias. Por eso la elegimos. Así estaríamos cerca de nuestra familia en Mante y de otras ciudades importantes, en un ambiente sano para que crecieran nuestras hijas y después nuestro hijo, ya nacido aquí, haciendo la raíz más fuerte.

Por supuesto la gente fue un factor decisivo para quedarnos. Personas amables, hospitalarias, que nos han hecho sentir siempre en casa. Entre las mejores y más duraderas amistades las tenemos aquí. Además el entorno muy alentador, la seguridad, los espacios públicos bien cuidados. La limpieza de la emblemática calle Hidalgo a donde acudíamos a comprar libros antes de ir a la plaza para convivir con otras familias. Recuerdo además muy bien a quienes entonces representaban a la sociedad civil en grupos entusiastas y solidarios. El Consejo Cívico de Ciudadanos e Instituciones por ejemplo, de muy grata memoria. Gente honorable que defendía las mejores causas de Victoria con ejemplar valor civil. Personas con diversas ideologías y edades, pero respetándose unidos por amor a la ciudad, convencidos del valor de la participación social y la historia común.

Porque una ciudad no es resultado de “generación espontánea”. Siempre hay historia, mucho esfuerzo atrás. Victoria no es la excepción. Todo lo construido, tangible e intangible, es producto del trabajo de mucha gente. Gobiernos y sociedad. Lo mismo si hablamos de edificios que de cultura o identidades. Todo es un trabajo colectivo. En ello se genera la pertenencia. La Ciudad nos pertenece y nosotros le pertenecemos a ella. Sin distinciones. En la ciudad se tejen las relaciones, se generan los encuentros, se reflejan las semejanzas pero también las diferencias, los conflictos, como en cualquier parte. La ciudad es nuestra casa grande, nuestro albergue, nuestro espejo.

Pero algo pasó en Victoria, que mucho de aquello se fue perdiendo desde hace tiempo. Y no hablo solamente de lo material. Eso es evidente. Cualquier niño de tres años reconoce el deterioro urbano. Las calles en pésimo estado, la basura por todos lados, la maleza, el caos. Pero también el azote de la violencia y los malos hábitos ciudadanos, mientras disminuía la solidaridad y las luchas comunes. Diversos factores abonaron para que nos señalen como la capital más atrasada. La añeja corrupción por supuesto, tan evidente como los baches y tan dañina para el desarrollo de nuestra comunidad. La falta de agua y la falta de conciencia, la falta de buenos servicios y la falta de amor por la ciudad.

Y es ahí a donde quiero llegar. A esta Ciudad le han sobrado “ambiciones” y le ha faltado amor. Nadie que ama; daña, roba, ensucia, vulnera, afecta. Pero se volvió costumbre para muchos llegar a los puestos a servirse y no a servir. Y no solamente es tema de gobiernos. En la sociedad también hay responsabilidades. Porque sin afecto, se afecta al patrimonio común. Suena cursi, pero está demostrado que las mejores ciudades son las más amadas. El afecto hacia la ciudad es necesario, dicen los urbanistas. Además, en ella habitan también nuestros amores, nuestros afectos. Esa red afectiva le da vida a una ciudad, la sostiene. Amar es cuidar, participar, trabajar, exigir, decir lo que está mal para contribuir a una mejor ciudad, más segura para nuestros hijos y con mejores oportunidades para todos.

No generalizo. Pero a nuestra Victoria le ha faltado mucho amor. Lo mismo de políticos que de ciudadanos. Hay mucha gente buena pero poca gente comprometida. Es indispensable incentivar la autoestima colectiva, renovar el afecto por la ciudad desde la ciudadanía, empezando con los niños y jóvenes. Eso le falta a Victoria. No solamente buenas autoridades, que sin duda es muy importante. Pero los gobiernos van y vienen. La ciudad se queda y también los ciudadanos. Piense en la vista de nuestra hermosa sierra, o en esa calle, en esa plaza donde tal vez conoció a alguien, enseñó a su hijo la bicicleta o dio su primer beso. O en esa esquina oscura, esa avenida sucia, ese parque enmontado, esa llave sin agua. Todo es parte de eso que los expertos llaman “cartografía afectiva”. Nuestro mapa entrañable. El territorio de todos.

No podemos seguir quejándonos si seguimos en la apatía. Si queremos mejorar a Victoria, mejoremos nosotros. El diccionario define “querencia” como la acción de amar o querer; pero también como un lugar preferido por las personas. Hacer de Victoria nuestra “querencia” en ambos sentidos es el compromiso. Eso es lo que le falta. Empecemos hoy en su cumpleaños.

¡Que Viva Victoria!