Escuela Industrial Álvaro Obregón

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Francisco Ramos Aguirre.-

No podemos referirnos a la historia de la educación tecnológica de Tamaulipas sin mencionar la Escuela Industrial Álvaro Obregón, de Ciudad Victoria. Desde hace casi un siglo representó un espacio provisto de sólidos  edificios, talleres, campos deportivos, aulas y dormitorios, donde se forjaron numerosas generaciones en diferentes oficios. Esta modalidad, ayudó a los jóvenes de bajos recursos económicos a resolver su formación educativa y laboral de manera inmediata. Inicialmente sirvió para la subsistencia familiar, que derivó en pequeñas empresas de carpintería, ebanistería, electricidad y herrería.

En 1921, bajo el lema «La Patria Será lo que Sea la Escuela: Pero la Escuela es lo que Sea el Maestro», el general César López de Lara anunció la apertura de la Escuela Industrial de Huérfanos para Niños Damnificados de la Revolución. Para este propósito, contrató los servicios del arquitecto norteamericano M. L. Waller, quien fijó un costo de 250 mil pesos oro nacional metálico. Además, fue uno de los primeros proyectos de escuelas militarizadas, donde los alumnos recibirían instrucción escolar, alimentos y asistencia médica. Para su mantenimiento, la Compañía Eléctrica de Luz y Fuerza y Tracción de Tampico se comprometió a donar mensualmente 500 pesos oro nacional.

El modelo educativo se basaba en la enseñanza industrial de Alemania, Inglaterra y Francia, protagonistas de la Gran Guerra de principios de siglo. Por ello, se convirtió en una de las prioridades de los gobiernos del México post-revolucionario. Se trataba de acelerar el proceso para recuperar la economía, seriamente dañada durante el conflicto armado. Gracias a estos centros especiales de enseñanza se reactivó la industria y  establecieron estrategias en la implementación de  mano de obra calificada. Igualmente, se consideró la experiencia pedagógica de las Escuelas de Artes y Oficios, creadas a mediados del siglo XIX por Lucas Alamán.

A partir de 1922 el plantel tuvo varias nomenclaturas: Escuela Industrial de Huérfanos, Casa del Niño Industrial, Escuela de Artes y Oficios, Escuela de Enseñanzas Especiales Número 30 y finalmente  Escuela Secundaria Técnica Industrial Álvaro Obregón. En 1928, se le asignó el nombre del sonorense Álvaro Obregón, célebre general revolucionario y expresidente, asesinado en julio de ese año.

Precisamente a partir de la segunda década del siglo pasado, los gobiernos revolucionarios, a través de la recién creada Secretaría de Educación Pública, emprendieron una serie de acciones como la creación de escuelas militarizadas, industriales y de artes y oficios. Para reforzar este proyecto, el ministro Vasconcelos fundó en 1923 la Dirección General de Enseñanza Técnica Industrial y Comercial para preparar obreros calificados y especialistas en contabilidad y administración.

En la mayoría de los planteles se impartieron los talleres de torno, carpintería, marquetería, imprenta, fundición, mecánica automotriz, electricidad y herrería. En esa  misma época el gobernador de Nuevo León, Aarón Sáenz, mandó construir el imponente edificio de la Escuela Industrial Álvaro Obregón de Monterrey, con más de seis mil metros cuadrados.

Además de Matemáticas, Español, Historia y Geografía se incluían otras asignaturas en su formación. Por ejemplo: prácticas militares, actividades deportivas y adiestramiento especial en bandas de guerra y música, propias de los desfiles cívicos y ceremonias patrióticas. Bajo estas circunstancias, el Ejército Mexicano se involucró en el proyecto de la Dirección General de Enseñanza Militar. Los principales artífices del modelo educativo fueron los maestros, quienes orientaron sus enseñanzas hacia la disciplina, gimnasia, manejo de armas y estrategias propias de la milicia.

La Casa del Niño Estudiante Industrial fue inaugurada en 1925. Después se llamó Casa del Niño Industrial, donde los alumnos aprendieron oficios relacionados a la industria y necesidades domésticas. Ciertamente la enseñanza en esta época ayudó a combatir la analfabetismo, desigualdad social y disparidad económica, ofreciendo oportunidades educativas para todos los mexicanos.

Durante la primera etapa, los estudiantes (exclusivamente varones internos) recibían adiestramiento sobre marchas militares, acondicionamiento físico, simulacros de guerra, manejo básico de armas, tablas gimnásticas, toque de corneta y ejecución de tambores. Este tipo de disciplina resultó determinante en la formación de varias generaciones incorporados al mercado laboral. Con la apertura del Instituto Politécnico y preparatorias vocacionales, algunos egresados se inscribieron en carreras de diversas ingenierías.

La construcción del edificio inició en 1923. Su arquitectura, además del valor sentimental para quienes estudiaron y vivieron entre la fortaleza de sus muros, tiene un valor histórico, cultural, estético y parte del patrimonio edificado de los tamaulipecos. El costo total de la obra ascendió a 425 mil pesos.

En 1926, Emilio Portes Gil menciona en su primer informe de gobierno sobre la importancia de la escuela y los esfuerzos realizados por su gobierno a partir de 1925, para concluir el edificio y ponerlo en operación. Ese año, la escuela era atendida por un director, un secretario, un mecanógrafo, un prefecto, cuatro profesores de grupo, uno de música, un maestro de carpintería, uno de curtiduría y un ayudante de talleres.

La modalidad escolar comprendía tres ciclos: El primero para tercero y cuarto año, (curso pre-vocacional); de quinto y sexto (vocacional) dos cursos de enseñanza teórico-práctica y un año puramente de práctica. El informe habla de la apertura de talleres de herrería y panadería, mecánica, curtiduría y zapatería. Finalmente en 1928, fue dotada de maquinaria especial, valuada en 150 mil pesos.

Durante el ciclo escolar 1928-1929, el número de alumnos internos ascendía a 167. La mayoría de los infantes eran muy humildes,  como el niño Juan E. Martínez, quien falleció de tétanos a los nueve años de edad al encajarse un clavo mohoso mientras practicaba en uno de los talleres. El primer director fue el profesor José Martínez y Martínez, aficionado a la charrería quien supo interpretar el modelo pedagógico del momento. Uno de los maestros era Heberto M. Sein, misionero Quáquero y políglota originario de Matehuala, quien también se desempeñó de catedrático en el Colegio y  Escuela Normal Nancy Lee.

La Escuela Industrial se regía mediante un riguroso reglamento disciplinario, propio de los internados militarizados, descrito por Sein: «Llegada, inscripción, a dormir, a levantarse y lavarse». La institución tenía doble propósito, además de escuela para el aprendizaje era también una fábrica con una misión de servicio social. Los productos que ahí se elaboraban, se ofrecían a la venta del público.

 

DOS DIRECTORES EN 50 AÑOS

En febrero de 1946 los alumnos Rubén Rodríguez y Jacobo Guerrero denunciaron el mal uso de una dotación de armas, resguardadas en el almacén de la escuela: «El profesor Martínez es acusado de haber proporcionado las armas de la Federación, que tiene para su uso la Escuela Industrial, a los policías que defendieron el edificio del Cabildo, cuando el grupo político trató de apoderarse violentamente de la Comandancia y Presidencia Municipal».

Generalmente el origen de huelgas y paros se relacionaban con la administración de las finanzas, destinadas al mantenimiento de instalaciones, aulas, talleres, dormitorios y ventanas con vidrios rotos, pero sobre todo con las «pobres raciones» alimenticias de los 136 alumnos que tenía la escuela. A decir de las autoridades, el Gobierno del Estado aportaba un peso diario para la dieta que consistía en comer carne: «(…) Tres veces por semana y el alimento básico es el frijol negro. Toman además café sin leche y tortillas de maíz. Como se ve, es una alimentación raquítica que nos permite mayores esfuerzos físicos y mentales».

Ante esta situación, la Sociedad de Alumnos solicitó al delegado federal de Educación, Luis Torres Vázquez, la salida del director, quien había permanecido en el cargo casi 26 años. En su lugar nombraron al profesor Leovigildo Cepeda. Entre los argumentos de su baja figuraban al uso del camión escolar y: «(…) Una grave irregularidad en el manejo de los fondos para la alimentación de los educandos». A finales de esa década asumió la titularidad del plantel el profesor Arturo Lerma Anaya, quien duró como director en el cargo hasta finales los años sesenta, cuando fue removido luego de una huelga encabezada por el estudiante Joaquín Olea.

La formación técnica del estudiantado generó elementos de pertenencia social, sensibilidad y vocación de servicio, además de ser punto de partida para el desarrollo de una carrera profesional. Existen muchos ejemplos de vida entre jóvenes que continuaron sus estudios en universidades, normales de especialidades, tecnológicos o el Instituto Politécnico Nacional, para lograr mejores oportunidades de empleo, desarrollo humano y  ascenso.