Enterradores (I)

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Eduardo Narváez López

Matías es un muchacho de once años, sus ojillos negros brillantes siempre están inquietos, se mueven con una rapidez inusitada, destacan en el marco blanco inmaculado que contribuye a que uno lo vea limpio y sano. Él nunca tiene la iniciativa para entablar una plática o iniciar una amistad; sin embargo, aún no acaban de formularle una pregunta cuando él ya la está contestando con agilidad mental y agregando datos no solicitados; sobre todo cuando su interlocutor se interesa por el oficio de su papá y de su abuelo. Sabe que lo escucharan con mucha atención y serán interminables las subsiguientes preguntas; que el círculo de interesados se ampliará en la medida que el discurra sobre el tema:

–Debe ser muy difícil vivir en un panteón, ¿cuántas veces te han espantado las ánimas o los aparecidos?

–A mí nunca se me han aparecido, ni he escuchado jamás como que arrastran cadenas, quejidos aterradores o a la llorona que se lamente diciendo “¡Aaaayyy mis hijos!, tal vez porque mi abuelo y mi papá siempre que tocamos el tema en casa dicen que a quien hay que temer es a los vivos. No pasa un mes que no vengan los estudiantes de medicina a llevarse un cadáver de la fosa común que está al fondo, para practicar en sus clases. Se brincan las bardas, arman una fogata y en media hora extraen el cadáver. Nosotros nos acercamos a 50 metros con linternas, solo para que vean que estamos atentos a que no se atrevan a profanar alguna tumba reciente. La primera vez que vi fuego en el fondo y siluetas me llené de pánico, desperté al abuelo. Él se levantó, despertó a mi papá y juntos se acercaron sin enfrentarlos. Hace poco comencé a acompañarlos. Mi abuelo se encargó de cuidar el panteón desde los 25 años, ahora tiene 60; mi papá en cuanto salió de la secundaria le ayuda cavando fosas, con trabajos de albañilería, echando un firme en el fondo, una pared de 50 centímetros y sellando con una tapa de concreto la fosa. Entre los dos pueden enterrar máximo a tres cuerpos. Cuando traen más muertitos, les llaman a otros trabajadores, quienes les dan un diez por ciento de lo que cobran. Todo lo hacemos de acuerdo con las funerarias, ellos nos pagan y nos dicen dónde hay que cavar.

–¿Y tú qué haces Matías, después que regresas de la escuela?

–Mi papá no quisiera que mis dos hermanos y mi hermana nos dediquemos a estas cosas. Quiere que hagamos una carrera, aunque sea corta. Que no le gustaría que nos atáramos a un panteón. Sin embargo dice que este trabajo tiene algo de encantador. Que varias veces se contrató en otras labores, pero finalmente se presentaba algún día que su papá requería trabajadores ocasionales y al no conseguirlos tenía que ayudarle, y nuevamente se embarcaba. Entonces procura no ocuparme en sus trabajos y mucho menos a mis hermanos menores. Cuando mucho los fines de semana ayudo a los visitantes a acarrearles agua o lavar las lápidas de sus difuntos. Nuestros juegos sin querer son algo macabros: jugamos a las escondidas. No se vale esconderse a más de 25 metros ni a dos metros de alto en los gabinetes verticales que están a los lados y en medio del ancho del panteón. Luego de un incidente en una gaveta quedó prohibido esconderse ahí: Me escondí en una tercera gaveta de abajo a arriba (de 70 por 70 centímetros y 2.20 de largo o profundidad). Me quise ir al fondo para que no me divisaran en lo medio oscuro. A medio camino me encontré con una rata gigante y furiosa que me mostraba sus incisivos filosos y amenazaba con lanzarse sobre mi rostro, al otro extremo tenía a una numerosa camada de ratoncitos rosados y arrugados. Creo que jamás habrá algo que me cause más horror. Otro escondite eran las capillas a manera de mausoleos. Otro de nuestros juegos era pararse en una raya y lanzar una cantidad determinada de muelas a un hoyo situado a metro y medio. Por supuesto, ganaba el que lograra meter más muelas en el hueco. A lo ancho del pasillo chutábamos hacia una portería delimitada por piedras grandes o cráneos, los cuales siempre teníamos a la mano, porque de vez en cuando pasabas algunas personas para que les vendiéramos calaveras que adornarían sus escritorios y derritiendo velas en su parte superior.

Algunas veces Matías invitaba a sus compañeros a que visitaran el panteón. Les mostraba las tumbas de las personas que en vida destacaron en el campo de la docencia, religión o política.

Cuando las autoridades municipales avisaban con tiempo inspecciones, la abuela y la mamá de Matías se cuidaban de no tener a la vista cráneos o huesos en la vivienda.

–Matilde, recoge los fémures con que remueves los carbones del fogón, échalos en el costal junto con las calaveras que tenemos para vender y dile a Matías que los vaya a depositar a alguno de los osarios que tenemos al fondo, no se te olvide barrer y trapear el interior de las capillas y recoger envases de cervezas, refrescos y vinos que dejaron por ahí.

Algunos visitantes encargaban al abuelo que mantuvieran limpias las tumbas de sus parientes, les pusieran flores y regaran las macetas a cambio de una cuota o una propina.

Continuará…