Virilidad y poder: pandemia al desnudo

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Libertad García Cabriales.-

Nadie es más arrogante, violento, agresivo y desdeñoso con las mujeres que un hombre inseguro de su propia virilidad

Simone de Beauvoir

 

Se llama Fernando, tiene 35 años y no ha dormido nada bien en los últimos meses. Su rostro lo refleja ya en profundas ojeras y un desgano general que se empeña en ocultar. También se le ha ido el apetito y cuando su esposa le pregunta al respecto, responde: todo está perfecto. Varias veces ha pensado acudir a un médico, pero se resiste a platicar esa angustia, ese extraño miedo, esos problemas que se le vienen encima como una losa en el pecho. Incluso se reprocha por sentirlo. Es hombre, está joven, es fuerte y apuesto, es el proveedor, el protector de su familia y piensa que no deben verlo vulnerable.

Por otro lado, está Rafael, acaba de cumplir 70 años y está internado con pronóstico reservado, después de ser diagnosticado con covid. Viudo desde hace un año, cuentan que para olvidar sus penas evita estar a solas con sus pensamientos y asumió con enjundia un “tercer aire” presumiendo jóvenes compañías, asistiendo a fiestas y reuniones, obviamente sin cuidado alguno, para no exhibir fragilidad. “No pasa nada”, era su frase favorita respecto al contagio. A los que no tenemos miedo no nos toca ese virus, repetía. Pero como el corona no perdona, ahora está postrado, arrepentido, pidiendo a Dios más vida para cuidarla.

Otra historia es la de Juan, tiene 51 y perdió su trabajo en una maquiladora durante esta pandemia. Después de eso, muchas desgracias llegaron, pues hasta perdieron la casa adquirida con años de sacrificios. Y Juan se desquició. Empezó a beber diario y a golpear por costumbre a su esposa, quien a duras penas mantiene la familia con una pequeña taquería. Hijo de padre golpeador, había jurado no repetirlo, pero ahora ya ni siquiera busca trabajo y exige a su esposa que le compre la cerveza para que no se le olvide quién manda en casa.

Como ellos, muchos hombres se debaten ahora entre sus interpretaciones de virilidad, masculinidad y hombría. Criados en un mundo que les exige ser fuertes, duros y bien machos; desde niños van por el mundo tratando de demostrarlo, aunque con ello dañen o se dañen. Porque antes de desnudar su corazón, prefieren acabar como el caballo blanco. No en balde los hombres tienen muchas más probabilidades de morir que las mujeres a causa de enfermedades prevenibles, suicido, sida, homicidio y accidentes de tráfico. No lo digo yo. Son cifras de la OMS. Las tasas globales de mortalidad por suicidio son 75 por ciento más altas en hombres, por accidentes más del doble y por homicidios cuatro veces más. Ahora mismo, el covid también refiere cifras superiores en hombres.

Diversas teorías científicas hablan al respecto, entre ellas, los estudiosos de la mente afirman lo mucho que daña a un hombre y a la sociedad, esa “cultura machista” impuesta desde pequeños. Y lo peor: no solo los hombres la replican, hay muchas mujeres todavía repitiendo aquello de los hombres no lloran, no se arrepienten, no platican sus penas, se aguantan, mandan y demás exigencias enormes. Esas masculinidades mal entendidas, ese afán de ver la virilidad como potencia, cual si fueran Súperman, están haciendo más daño que muchas pandemias juntas. El machismo es una histórica “epidemia moral” y en nuestro país ejemplos sobran. Para muestra vemos a muchos hombres que no se conforman con dominar su “pequeño reino”, sino que lo llevan al mundo público, peor todavía si asumen poder político. Uyyy. Cuántos especímenes podemos nombrar de hombres en puestos públicos “importantes”, actuando “valentones” y “galanes”, solo por hacer valer su jerarquía.

El mismísimo mister Trump es considerado un ejemplo emblemático de macho-alfa en el poder. Todo lo delata. No solo su forma de tratar a las mujeres; también sus desplantes prepotentes y violentos en el ejercicio del cargo que parecen obedecer más al instinto que a la razón. Puro golpe de testosterona. Ahora mismo, trae al mundo en vilo por su actitud frente al coronavirus en su cuerpo. No ha tenido reparo en contagiar a media Casa Blanca, y se salió del hospital, todo por no verse vulnerable ante las próximas elecciones. Y así muchos gobernantes, políticos y funcionarios en todo el mundo. Porque, mire usted, los machos también tienen miedo. A perder especialmente: elecciones, poder, virilidad, dominio, juventud, mando, entre otras cosas.

Esta pandemia ha puesto al desnudo los miedos de todos. Hombres y mujeres por igual. Es necesario empezar a ver y vernos de otra manera. No por platicar sus heridas, no por cuidarse, por ser sensibles, precavidos, empáticos; los hombres dejan de ser respetados, admirados. Al contrario. La primera vez que vi llorar a mi padre yo tenía 16 años y ese momento doloroso, tan profundamente humano, reafirmó para mí su grandeza. Hombres y mujeres somos distintos, es cierto. Pero nos unen muchas cosas. No por ser hombres dejan de habitar la “geografía del dolor”, el territorio del miedo. Tenemos que crear entre todos nuevas formas de ejercer el poder, relacionarnos, compartir. Nos va el futuro en ello.