Olvidar es humano; perdonar es divino

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Pérez Ávila

“Ladino” es el indio que habla castilla.

Primero, tuvo la genialidad de presentarle sus respetos a la Corona y al Gobierno español, conminándolos a pedirles perdón a los pueblos originarios de México por los excesos cometidos por los españoles durante la conquista. Le respondieron, con tono cordial, que de ninguna manera pedirían perdón, por actos de los cuales, quienes podrían responder, desde hace siglos estaban muertos.

Yo hice una semblanza, inmediata, sobre esa historia tan mal recordada por Bernal del Castillo. Sostengo que Hernán Cortez hubiera fracasado irremediablemente. Su fuerza militar, con todos los adelantos de su época, hubieran sido avasallados por el bien entrenado ejército mexica. Lo salvó su astucia maquiavélica, al invitar a las naciones sometidas al poder de Tenochtitlan a unírsele, para librarse, por siempre, del despotismo y la crueldad de los tenochcas. Sin los indígenas, sin esos bravos y rencorosos guerreros, Hernán Cortez no prevalecería. No fueron los españoles, fueron los fieros guerreros que odiaban a muerte al Imperio Azteca, los que en verdad conquistaron a México.

La venganza fue terrible. El sufrimiento de los vencidos, lo ocasionaron sus hermanos de sangre, de color, de origen.

Varias naciones indígenas rememoraban las batallas épicas, los enfrentamientos del bien pertrechado ejército de Cortés, con las huestes acaudilladas, primero por el valeroso Cuitláhuac, quien los derrotó en tal forma que dio la impresión del fin de las hostilidades. Muerto Cuitláhuac, por el llamado “grano divino”, le sucedió en el trono Cuauhtémoc, un adolescente de extraordinaria habilidad guerrera. Cortés lloró. Sintió que su fin había llegado. Los jefes de los ejércitos cempoaltecas, huejotzincas, texcocanos, pero sobre todo tlaxcaltecas, acudieron en su ayuda, hicieron que recuperara al ánimo. Sin ellos, insisto, sin los indígenas que se le unieron, el extremeño educado en Salamanca, jamás hubiera podido conquistar el imperio mexica, no hubiera conseguido derrotar a su poderoso, disciplinado y esforzado ejército.

Es necesario reflexionar sobre un hecho histórico: Cortés, Hernán Cortés, compensó a sus aliados indígenas, sobre todo a los tlaxcaltecas.

Si alguien debe pedir perdón, no son los españoles. Más aún, yo le diría al señor Presidente que, en lugar de distraer a la nación con peticiones anacrónicas, obsoletas, caducas, debe centrarse en lo que, hasta ahora, ha sido su proyecto favorito: acabar con la corrupción.

Pero acabar con la corrupción, de verdad, con hechos, de facto, con evidencias rotundas, inexorables a la manera de Juárez, quien niega misericordia a Maximiliano, ante las súplicas de la princesa Thai.

Demandar un perdón a quien o quienes son ajenos del todo a hechos sucedidos hace cinco siglos, me parece, por lo bajito, por lo menos, una extravagancia. Será anécdota, sí, pero nunca será historia.

 

PERVERSO ROBO DE MEDICAMENTOS.

No fue suficiente “el complot internacional farmacéutico contra México” denunciado en la mañanera por el presidente López Obrador. Tampoco bastó con la severa acusación de que “el desabasto de medicinas se debe a la corrupción de los que estuvieron antes”. Ahora, caro, inteligente, insobornable lector de artículos de fondo, SE ROBARON 40 MIL DOSIS de medicamentos anti-cáncer. Como usted, rete-encabronado, le pregunto al exorcista de palacio: ¿En qué clase de país estamos viviendo, señor Presidente…?