El profe y los chillones

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Mauricio Zapata.-

Confieso que fui un alumno indisciplinado. Sobre todo en la secundaria y muy rebelde en la primaria.

Tiro por viaje me castigaban y logré juntar decenas de reportes.

De castigos, mejor ni hablamos. Hubo desde un jalón de patillas, hasta ir a lavar los baños o encalar árboles.

En una ocasión le contesté mal y fui grosero con una maestra y me respondió con una bofetada. Indignado le conté a mi abuela y fue a la escuela a ver qué pasaba.

Cuando entró a la dirección y le contaron lo que había sucedido y le mostraron los reportes, me mandaron llamar. Bajé las escaleras del plantel, me acerqué a la dirección y vi el rostro de mi abuela, conocía perfectamente sus expresiones y cuando la observé bien, me dio miedo.

Después del regaño de la maestra y la directora, recibí el de mi abuela (en la escuela) porque en la casa fue peor. Mi abuela le dijo a la maestra que estaba autorizada a darme otra bofetada si me volvía a portar mal.

Ya ni les cuento cómo me fue en la casa.

Tuve compañeros que los castigaban bajo el sol.

Tuve maestros muy duros y muy estrictos.

Había uno que dio matemáticas en el Colegio Justo Sierra, Sergio Yorik. Era duro, a veces nos aventaba el gis si no poníamos atención; había una frase que nos decía cuando no entendíamos algo: “Órale, hijo de Adán”.

Cuando entré a esa escuela, me acaba de fracturar una pierna y la tenía enyesada, cojeaba al caminar y el profe Yorik me puso como apodo “Féster”, el caballo cojo que salía en La Pantera Rosa. La raza lo modificó a “Chester”, porque empezaba a cobrar fama el personaje de los Chetos y así se me quedó por mucho tiempo. Y no pasó nada, todo era relajo, no hubo traumas ni lo tomé como falta de respeto.

Nadie, pero nadie lloraba por eso. Al contrario, varios de los compañeros que tuve en esa época lo recuerdan a ese maestro con mucho cariño, pero sobre todo con mucho respeto.

Las cosas han cambiado. Hoy un profesor no puede ni llamarle la atención a un alumno que no se porta bien, porque lo llaman discriminatorio. No se le puede reportar a un estudiante, porque entonces los papás apelan, discuten y hacen todo lo posible para que se elimine ese reporte.

La disciplina se ha relajado mucho, pero además hemos forjado que los alumnos, nuestros hijos, sean delicados y no aguanten ni un regaño, ni siquiera el de nosotros mismos.

Hoy le tocó a un profesor muy duro en el Tec de Victoria y está a punto de perder su empleo porque los directivos no tienen el criterio para mediar y saber qué fue lo que sucedió.

Estamos ante la generación de cristal, que todo les duele y les ofende, y de eso tenemos la culpa los padres, que para compensar el tiempo que no estamos con los hijos por el trabajo, los consentimos demasiado.

Y aunado a ello, los legisladores ponen de su parte haciendo leyes que prohíben, incluso llamarle a las cosas por su nombre, al considerar que ese nombre puede ofender a alguien.

Son esquemas que se deben revisar y cambiar. Si no, dentro de unos años no vamos a poder ni hablarle a nadie, no sea que violemos sus “derechos humanos”.

EN CINCO PALABRAS.- Y nadie salió con traumas.

PUNTO FINAL.- “Yo no enseño a mis alumnos, solo les proporciono las condiciones en las que puedan aprender”: Albert Einstein.

Twitter; @Mauri_Zapata