Garras invisibles

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Alicia Caballero Galindo.-

El sudor perlaba mi frente, eran casi las tres de la tarde y yo caminaba por la calle solitaria, mis pasos resonaban como huecos por la banqueta, sólo eran interrumpidos por uno que otro perro callejero y famélico que con ojos de tristeza y desconfianza me miraban al pasar. Algunos, agitaban la cola en busca de una caricia y otros, la metían entre las patas, me enseñaban los dientes y se alejaban sin dejar de  mirarme, gruñendo, prometiendo una buena mordida si me les acercaba. No había gente caminando como hace tanto tiempo ya ni siquiera llevo la cuenta de los años que se confunden con los días y las semanas. En estos tiempos, circular a pie ¡es un riesgo! Escucho sirenas, me pego a la pared como estampilla y volteo a todos lados a ver por dónde vienen. Busco instintivamente alguna puerta abierta o un resquicio dónde protegerme por si acaso. No encuentro nada, sólo portones cerrados, cortinas metálicas cubriendo los pocos aparadores que aún hay. Camino hacia una tiendita que parece segura porque tiene ventanas pequeñas y la construcción es antigua, de sillar, pero antes de que alcance la entrada, todo se cierra. Llamo a la puerta, pero no me responden. Tienen razón, no me conocen. El sonido de la sirena, cada vez se acerca más y la verdad, no sé qué hacer, si corro y me alcanzan, me pueden confundir y me disparan. Si me quedo quieto y pasan por aquí, estaré en medio de una batalla ¡que no es mía! Y las balas no distinguen a la gente, sólo salen veloces impulsadas por la pólvora sin mirar a dónde se van a clavar, son impersonales y efectivas, llegan a donde las dirigen y siembran dolor y muerte.

¿Qué hago? ¡Cada vez se escuchan más cerca! Voy a seguir caminando hasta… hasta que pueda y después, ¡Dios dirá! Es el único que está a mi lado, y confío en Él, es lo único que nos queda en estas situaciones. El calor y el miedo, hacen que el sudor empape en la camisa, las gotas que perlan mi frente se resbalan entre mis cejas y entran a mis ojos, ¡cómo arden! Lo peor es que nublan mi visión y eso, es peligroso. Sigo caminando pegado a la pared y escucho el sonido de varios autos dando la vuelta en la esquina rayando las llantas y empieza, justamente frente a mí, la balacera. De pronto, siento un fuerte tirón en el brazo y antes de darme cuenta, alguien me jala al interior de un patio por un portón que se entreabre, sólo para dejarme pasar. Ya estando adentro, me doy cuenta que el chamorro derecho me sangra y siento dolor. No me di cuenta en qué momento pasó. Entonces veo los cansados ojos de don Herminio, el dueño de la tienda que cerró, pero al reconocerme, me abrió el portón de su patio y me jaló para protegerme. Me pidió a señas que no hablara y me condujo a su recámara. Con mi pañuelo me hice un torniquete, descubrí que la bala había entrado y salido de mi chamorro; no era tan grave pero ¡cómo dolía al irse enfriando!

Fue una sinfonía completa de detonaciones de varios calibres, gritos, insultos, quejas, carreras y al final, detonaciones aisladas, sordo sonido de cuerpos que se arrastran, luego, silencio… después, el sonido de vehículos que se alejaban. Todo pasó en el lapso de menos de quince minutos. Cuando nos atrevimos a salir, nos recibió en la calle, el ardiente sol que sin piedad nos abrazaba, yo caminaba cojeando porque no podía apoyar la pierna. Salí de nuevo a la calle y…todo se veía tranquilo, como si nada hubiera pasado, sólo se notaba cierta humedad en la banqueta, el aire enrarecido y un olor a muerte, que se sentía, más que en la nariz, en la conciencia. Seguí mi camino apoyándome en la pared después de darle las gracias a mi protector por salvar mi vida. Mientras caminaba apoyándome en las paredes para no caer, veía mi sombra proyectada al frente, ¿Cuánta sangre se habrá regado en esas banquetas? ¿Cuántas historias quedarían embarradas en esas paredes que me sostenían mientras caminaba? ¿qué lástima que no puedan hablar esos muros y murmurarnos sus historias! Poco a poco, empezaban a transitar gente en bicicleta por aquella calle. Uno que otro transeúnte a pie, tímidamente caminaba por las banquetas y todo volvió a una relativa normalidad. ¡Qué lejos se me hacía mi casa! A pesar de estar a dos cuadras de donde me hirieron. Es que caminar con una herida fresca y sin curar, con este calor no es cualquier cosa, mi vecina, doña Matilde, alzó los brazos al verme cojear. Yo le dije simplemente que fue mala suerte estar donde no debía por mera casualidad. Una lágrima resbaló por su rugoso rostro; pero cuando pasé a su lado, me dijo:

–Daría cualquier cosa por ver de regreso a mi nieto Saúl, aunque fuera cojeando; hace varios meses que no sabemos de él desde el día que se lo llevaron. No sabemos si vive o no y eso es la mayor angustia que una madre no puede resistir…

Cuando entré a mi casa, di gracias a Dios de que sólo hubiera sido una bala en mi pierna. Se seguían escuchando sirenas lejanas.   Recordé a los ciervos que pastan en la sabana mientras los leones escogen a su comida, luego, corren por su vida y las fieras matan para comer. Pasado el momento dramático, los ciervos regresan a comer al pastizal, alegrándose de estar vivos aún. ¿Hasta cuándo? Hasta que las los ciervos, decidan convertirse en fieras y… aprendan a luchar por sus espacios, la historia se repite. ¿¿¡¡HASTA CUÁNDO!!??