Historias del Panteón El Cero Morelos

0
97
Tiempo aproximado de lectura: 4 minutos

Francisco Ramos Aguirre.-

Los tradicionales cementerios, camposantos y panteones mexicanos, representan un espacio importante en las comunidades. De acuerdo a la tradición cristiana y códigos sanitarios, son el lugar perfecto para los difuntos. En cuanto al panteón municipal El Cero Morelos, se trata del más antiguo de Ciudad Victoria, inscrito en el Catálogo de Patrimonio Artístico y Edificado.

No se conoce con precisión, cuando fue habilitado para recibir los primeros muertos fundadores de la Villa de Aguayo. De cualquier manera, existe un acta de defunción expedida en la Basílica de Nuestra Señora del Refugio, donde menciona que en 1752 el señor Gregorio Pizaña fue sepultado en un camposanto al oriente. Otra referencia es el plano oficial de Victoria de 1880, donde aparece un espacio cubierto de cruces.

Al norte del cementerio se localiza una capilla de paredes de sillar y varias placas de piedra con nombres y apellidos de las familias Cortina, Escandón, Bustamante y Lavín, integrantes de la segunda oleada migratoria de españoles, pioneros del comercio que llegaron a Victoria durante la primera mitad del siglo XIX.

A lo largo de dos centurias, las autoridades locales han realizado modificaciones y restauraciones en este lugar. Una de las primeras corresponde a 1896. Tres años más tarde, el gobierno porfirista de Guadalupe Mainero, aumentó sus dimensiones a 130 metros de frente por 180 metros de fondo.

En noviembre de 1910, durante la Toma de Ciudad Victoria, fue uno de los puntos estratégicos donde los constitucionalistas se atrincheraron, contra las fuerzas federales de Victoriano Huerta. En 1919 el gobierno del profesor Andrés Osuna, autorizó el aumento de la superficie anexando un terreno colindante al oriente. De esta manera la superficie total del cementerio se modificó a 402 metros de largo por 166 metros de ancho. Dentro de las mejores de ese año, destacan la instalación de la barda perimetral de sillar, restauración de pórticos y capilla.

Además de los monumentos funerarios de mármol, granito, ladrillo y otros materiales, cuenta con numerosas tumbas de personajes célebres y populares que lo convierten en un sitio histórico de interés. Por ejemplo, ahí se encuentra la sepultura de José Núñez de Cáceres, proclamador de la independencia de Santo Domingo en 1821, hoy República Dominicana. Vale mencionar que el Congreso de Tamaulipas, lo declaró Benemérito del estado.

A unos metros de la entrada principal, está sepultado el general brigadier Joaquín Zeferino Kerlegand Flores, héroe de la patria durante la Guerra de Intervención Francesa. Este personaje estudió en el Colegio de París, ocupó destacadas encomiendas en la milicia mexicana y fue gobernador de Tabasco y Yucatán. En junio de 1908, mientras realizaba una visita a Victoria por asuntos de gobierno, fue atacado por una enfermedad que lo postró en cama un par de días. Ese mismo mes falleció en el Hospital Civil de Victoria.

 

JUAN B. TIJERINA Y CARRERA TORRES

Otra de las tumbas de buen diseño, pero sin alegorías religiosas corresponde al poeta, periodista, maestro y político Juan B. Tijerina. Un matamorense radicado en la Capital tamaulipeca durante el gobierno de Guadalupe Mainero. Fue mentor de Lauro Aguirre y Emilio Portes Gil. Director del periódico El Progresista, donde protagonizó una reñida polémica con el sonorense Eduardo Sánchez Camacho, segundo obispo de Tamaulipas, sepultado a unos metros de su rival. En el ámbito del magisterio, dejó marcada su huella en las cátedras del Instituto Científico y Literario de Tamaulipas.

El sepelio del poeta fue multitudinario y quedó grabado en la memoria de los victorenses. En una fotografía de J. Martínez, del 16 de junio de 1912, se aprecia gente de todos los niveles sociales caminando por la calle Morelos, rumbo al cementerio. El cortejo fúnebre fue encabezado por un carruaje de mulas, flanqueada por seis hombre de negro sosteniendo crespones del mismo color. En las banquetas, se distinguen alumnos de primaria con estandartes, señores trajeados, campesinos y toda clase de personas. Al final, destaca una corta hilera de vehículos motrices.

En uno de los muros del panteón, se aprecia una placa de bronce que recuerda el fusilamiento -febrero de 1917- del general Alberto Carrera Torres, protagonista de la Revolución Mexicana. Verdaderamente fue muy triste su final, porque sus amigos y familiares imaginaron que el presidente Venustiano Carranza le había concedido el indulto. Ese día, después de redactar una emotiva carta a su madre, fue conducido por los custodios desde la cárcel cercana a la Plaza Hidalgo, hasta el cementerio donde terminó su trayectoria militar cuando el capitán Tiburcio Quilantán, ordenó a los soldados descargaran sus armas sobre la humanidad de Carrera.

El cuerpo inerte de uno de los generales más jóvenes y valientes, fue recogido por la familia Legorreta y fue velado en su residencia. La mañana siguiente lo enterraron en El Cero Morelos. Años más tarde, por intervención de su hermano Francisco sus restos fueron trasladados al panteón de Tula.

 

FUNERARIAS Y HUMOR NEGRO

En aquel tiempo existían dos funerarias. La Gran Agencia de Inhumaciones de Pedro N. Tijerina, del 12 Juárez que ofrecía entierros desde 20 a 400 pesos, con venta de cajas finas y corrientes con servicio de carroza gratis. En cambio la de María de J. González –Ocho Bravo, contaba con carroza negra y blanca, cajas finas y corrientes y entierros desde 15 a 35 pesos. Ahí mismo había una carpintería de construcción y reparación de coches. Sin faltar la hechura de ataúdes corrientes desde cuatro pesos. «…llevando la madera y todo lo que usted necesite para ella…».

Cerca del panteón, vivía don Guadalupe Hernández un palmillense irreverente que abrió un changarro en el Dos Morelos con el nombre «Al pasito y sin monear», en clara alusión a los cortejos fúnebres que pasaban lentamente cerca de su tienda. Varios ciudadanos, consideraron que el letrero representaba una burla y falta de respeto a los deudos. Por ello, el Ayuntamiento exhortó al comerciante cambiara la razón social. En lo sucesivo se llamó: «Paso a la Gloria».

En los años cincuenta, Lucho Gatica y Pedro Vargas lograron enorme éxito radiofónico con la canción Espérame en el Cielo. Se cuenta que un victorense con mucho ingenio y humor negro, acostumbraba parafraseársela a su cónyuge: «Espérame en el Cero corazón, si es que te vas primero.»