Burn out

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Mariana Castañón.-

Para cualquiera que haya estado en una relación abusiva, el sentimiento de estar completamente consumido por la experiencia, una vez que se acaba, no les parecerá ajeno. Al término de este vínculo, la víctima puede sentirse sin fuerzas, desmoralizada, con una pérdida del sentido del yo o con una sensación de incapacidad de enfrentar su día a día. Se le recomendará que busque asistencia psicológica y comience a reconstruir su vida, llenándola de amigos, hobbies y nuevas actividades por hacer. De llevarse un proceso de sanación adecuado, por más terrible que haya sido la experiencia, la víctima es capaz de superar el trauma y seguir adelante con su vida. Pero, ¿qué pasa cuando la víctima no es una persona, sino una nación?

México, al igual que el resto de los países de Latinoamérica, fue un país colonizado que sufrió abusos, saqueos, destrozos y una destrucción casi completa de las estructuras culturales que daban forma a su identidad. Los europeos mantuvieron la explotación de nuestra América por años, provocando que todos esos constantes recordatorios de nuestra supuesta inferioridad (basados en sistemas de castas y maltratos) se introdujeran en lo más hondo de nuestro sentir. Así, incluso muchos años después de nuestra independencia, el racismo y el clasismo siguen siendo los pilares sobre los que se construyen nuestras esferas de poder.

A pesar de que llevamos materias de Historia en nuestra educación básica, lo cierto es que jamás se nos ha instruido a realizar análisis críticos sobre la historia patria, o nuestro pasado indígena y colonial. Nos enseñaron natalicios y fechas importantes, que se han olvidado con el paso del tiempo, pero nunca a interpretar los fenómenos que ocurrieron en el país, ni a entender los alcances que esta particularidad histórica que tuvimos sostiene hoy en día. El resultado de esto es una reproducción inconsciente de actitudes clasistas, un desprecio por lo indígena, un resentimiento a lo extranjero y una ineptitud para solucionar los problemas estructurales más profundos de nuestra sociedad.

En una búsqueda del cambio, lo primero que nos toca hacer, igual que con las relaciones “afectivas” de abuso, es reconocer lo que vivimos. Que, en efecto, fuimos víctimas de las circunstancias, del imperialismo de la época, de la necesidad renacentista europea de buscar tabulas rasas sobre las cuales poner sus deseos de experimentación y utopía. México fue víctima de una visión particular del mundo, que llevó a los españoles a reconocer todo lo que no se adecuaba a su cosmovisión como algo luciferino. Fuimos víctimas, también, de la competencia entre naciones, de las usanzas de la época, el esclavismo, la falta de derechos humanos. No nos descubrieron, nos conquistaron. Y en esta conquista perdimos mucho.

Reconocernos como perdedores o como víctimas parecería estar lejos de ser idóneo para la historia patria, pero no hacerlo significa entrar en negación. No podemos sanar si tenemos una visión distorsionada de lo que nos ocurrió, porque necesitamos entender hasta dónde llegan esas voces que cuentan historias de inferioridad a nuestros oídos. El temor a ser sombras de otras culturas, de ser incapaces de producir pensamientos originales, de tener mejores políticas, de que no podemos resolver nuestros problemas sin el amparo occidental, está siempre presente en nuestro actuar. La memoria recuerda, aunque sea inconsciente, y por ello seguimos relacionándonos con todo aquello que nos abusó, como si necesitáramos de su aprobación y su ayuda para subsistir.

Si estamos en precariedad es realmente porque explotaron de nosotros. Porque no hemos superado esta etapa traumática de nuestra historia, es muy pronto aún para recuperarnos de todo el daño económico, ecológico, social y moral que significó para nosotros ser conquistados. Y no se trata de victimizarnos, de juzgar o tratar como villanos a los europeos, o exigir disculpas, sino de ser nobles con nosotros mismos, con nuestra historia, reconociendo que parte de los males que tenemos hoy en día tienen su raíz en esto que vivimos. Parte de nuestro crecimiento es aceptar, para después ser capaces de reconciliarnos con esta fracción de nuestra historia, soltar y mejorar.

El papel de víctimas tiene caducidad, no podemos quedarnos eternamente resintiendo y odiando lo que nos hicieron. Es importante reconocer que muy a pesar de todo lo vivido, cosas maravillosas sucedieron a partir de la conquista y no solo cosas valiosísimas se perdieron. De ese episodio nacimos nosotros, una mezcla entre dos mundos que puede rescatar lo mejor de ambos si hace paces con su historia y su identidad. España es parte de nosotros de la misma manera en la que lo es todo lo indígena, necesitamos estudiar la historia de ambos para poder entender por qué sucedieron las cosas y de dónde venimos.

Por último, viene la fase de acción. Necesitamos hacer algo por nuestra cultura, nuestra reconstrucción de identidad y sistemas. Todo lo que hemos construido hasta ahora se ha hecho desde el miedo, la inferioridad, la falta de educación y la corrupción. Es hora de buscar mejores aliados, dejar de pedir disculpas por quiénes somos, lo que nos falta y de sentir pena por nosotros mismos. Por fin, liberarnos del abrazo del malinchismo y el chovinismo. Es tiempo de renacer, superar el trauma, conocernos y amarnos más que nunca.

El cambio comienza con la aceptación. Y ya hemos tenido suficiente tenido mucho tiempo para alcanzarla.