Conmocionada (II)

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Eduardo Narváez López

A la primera borrachera le siguieron muchas otras, y en una de ellas se arrojó de la planta alta de la casa. Conmocionada por la caída, resultó con contusiones en la cabeza y fractura en una de las piernas. Del golpe le resultó una afectación en el habla. Pronunciaba las palabras separando las sílabas y arrastrándolas: Hooo…la maaa…no, ¿qué hooon…da? ¿Cóoo… mo eees… tás? Y de la fractura, una cojera; al marcar el paso con la derecha lo hacía asentando la planta del pie con fuerza.

Marina ahogaba sus penas por el amor perdido emborrachándose en las fiestas de fin de semana que organizaban las hermanas Piñeiro. En su afán de sentir un éxtasis semejante al que le proporcionaba Sebastián, se acostaba con algunos de los invitados a dichas fiestas. Después pretendía reincidir en su impulsos suicidas. Por todo ello, el joyero Karl Bergmann, su padre, la llevó a un hospital psiquiátrico en donde le cobraban hasta por respirar, le hicieron un elevado presupuesto por un tratamiento de tres meses.

La joven de 19 años cooperó ampliamente para que fuera efectivo el trabajo de los médicos: durante su internado se abstuvo de tomar o reclamar una copa, escuchó música instrumental, y no mostró pensamientos suicidas; sin embargo, los análisis, exámenes psicológicos y pruebas revelaban fuerte depresión y proclividad al suicidio. Se hospedó en otra casa de huéspedes, fuera de las tentaciones del alcohol y del furor sexual. Se tomaba puntualmente sus medicamentos antidepresivos, como el Prozac, el Zoloft o el Paxil. Esperaba que los resultados fueran positivos para un tratamiento a base de pláticas, hipnoterapia, psicoanálisis. Temía que se le aplicara la terapia electro convulsiva o de electrochoque, el tratamiento más terrible y temido por los enfermos mentales; pero que según los  médicos de ese tiempo decían que era el más efectivo contra la depresión. Ellos, los pacientes, le llamaban “La terapia de la muerte”.

A Marina se le permitió recluirse en su hogar. Su padre le dedicó mucho tiempo para charlar con ella, saber que pensaba de él, qué opinaba de la vida y convivencia familiar, si así se le podía llamar a la casi nula comunicación que tenían; además de saber si valía la pena seguir destinando los costosos tratamientos para la recuperación de su hija; ya que en su mente se gestó un plan de inversión: que ocupara la plaza que dejó vacante su madre como talladora de diamantes y piedras preciosas, así como montarlas en oro, y diseñar el conjunto en obras de arte que su madre sabía hacer, y que tal vez heredó Marina. A los 30 días fueron llamados a fin de recoger los resultados y recomendaciones. Marina fue envuelta en una serie de términos rebuscados para no decirle llanamente que sería tratada con electrochoques. Lo sospechó cuando se le comunicó que se le asignaría un cuarto con piso y muros acolchados. Y cuando le dijeron que para lograr un equilibrio en su cerebro requería de un poquito de electricidad, enloqueció al momento.

-¡Nooo, nooo, el tratamiento de la muerte nooo! Haré todo lo que me digan, pero sin choques eléctricos, ¿por qué quieren atentar contra mi vida?,  no quiero ser retardada mental. ¡No estoy loca!

Pataleó, pegó puñetazos a la pared, sacudió su melena y acabó por convulsionar. A ratos se reponía, pero con una mirada siniestra que parecía poseída por el demonio. No se hicieron esperar los enfermeros que acudieron presurosos con una camisa de fuerza.

Los momentos agradables de Marina los tenía cuando le tocaba terapia psicológica con el doctor Arturo Martínez Markovich, un joven psicólogo de 25 años, hijo de mexicano y madre judía, no ortodoxa. Siempre con una sonrisa en la boca, la trataba sin consentimientos simulados, como lo hacían otros médicos.

-Háblame con confianza. Guardaré la ética o secreto de profesión.

-Yo creo que los médicos por lo regular optan por los electrochoques porque ese tratamiento es el más caro. Saben bien que reaccioné positivamente, siempre cooperé en todo para recuperar mi equilibrio mental. Los choques en vez de recuperarnos nos trastornan más, y consecuentemente estaremos aquí por mucho tiempo, lo que les redituará pingües ganancias.

En varias pláticas con el doctor Arturo le confesó infinidad de entendimientos sobre sus padres que se acumulaban en su mente: que Karl se casó con su madre únicamente para esclavizarla, que si a ella le pagaba estudios en escuelas particulares era para ver si conseguía una pareja que uniera capitales.

El doctor Arturo descubrió que una de las causas de la depresión de Marina se debía a que en el colegio fue objeto de burlas de sus compañeras, cuando descubrían que era hija de judío.

-Tú, como yo, no debemos creer lo que nos dicen. Como en todas partes del mundo existen seres buenos y malos, cierto que muchos judíos son buenos y aprovechados en el comercio y las finanzas, pero también existen infinidad de científicos, escritores, médicos, premios Nobel establecidos en todas partes del mundo. Tú y yo tenemos arraigadas las costumbres mexicanas y no tenemos por qué avergonzarnos de nuestros ascendientes judíos.

Con el tiempo y un ganchito Marina y Arturo se enamoraron y decidieron establecerse lejos para emprender una nueva vida sin prejuicios y tratar de ser felices, como debe ser el propósito de todos los seres.