El anhelo de Gepetto

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Tiempo aproximado de lectura: 3 minutos

Por: El Contador Tárrega.

La historia que estoy a punto de contar no necesariamente es cierta. O tal vez sí.

Gepetto alguna vez fue niño. Y como tal, un día concibió un anhelo. Un anhelo sencillo, que nació como una visión en su imaginación, y que poco a poco, a medida que él crecía, fue tomando más forma.

Gepettó vivió como un niño feliz. Su contacto con el campo le permitió encontrar a Dios en la naturaleza, y cuando se conoce a Dios, se puede ser feliz, aunque en el aspecto material se tengan privaciones.

Su adolescencia y juventud fue como la de muchos otros, haciendo amigos en la bohemia y dedicando su tiempo a prepararse para enfrentar la vida adulta, pero siempre en su corazón seguía latiendo aquel anhelo que había albergado desde niño.

Ya como adulto joven, trabajó para labrarse un futuro. A veces le parecía que ya estaba por lograr lo que anhelaba, pero luego las cosas cambiaban y ese anhelo parecía poner tierra de por medio y volverse más distante. Gepetto, sin embargo, seguía siendo feliz, pero tuvo que añadir la paciencia a su inventario de virtudes.

Al ir pasando los años, veía que algunos de sus amigos, cada vez más de ellos, alcanzaban sus anhelos, y él se repetía que su momento también llegaría, y que no debía desesperar, aunque a veces esto le costaba mucho trabajo. Los años pasaron y Gepetto tuvo algunos logros importantes, pero le seguía faltando aquel anhelo, aparentemente evasivo.

Ya un hombre maduro, Gepetto descubrió su habilidad para trabajar la madera. A partir de ese momento, se dedicó a fabricar cosas que daban alegría a los demás. Casitas, marionetas, relojes cu-cú, carritos, etc. Lo que más le gustaba era ver cómo se iluminaba la carita de los niños cuando recibían algo construido por él y que, la mayor parte de las veces, les regalaba. Era un gozo enorme, y su corazón se llenaba al verlos. Pero ahí, en ese mismo corazón regocijado, seguía habiendo un hueco importante por aquel anhelo que parecía negarse a ser alcanzado.

Gepetto ya no hablaba con nadie de su anhelo, pues temía que se burlaran de él, o peor aún, que lo compadecieran, así que ni siquiera a su gatito ni a su pecesita que vivían con él les hablaba de aquel anhelo que seguía latiendo a la par de su corazón. Y algunas veces, solo algunas, cuando nadie lo veía, lloraba a solas en su habitación, al ver pasar los años y no entender qué era lo que le impedía alcanzar su anhelo.

De vez en cuando, platicaba con una amiga que había conocido en su niñez, en una de sus tantas noches durmiendo al aire libre. Una hermosa estrella que brillaba como ninguna otra, cerca de la luna. No era que Gepetto pensara que la estrella era capaz de conceder deseos o anhelos, pero le gustaba pensar en ella como el lugar simbólico en donde pudiera morar aquel Dios que también conoció de niño, y que había creado cosas tan hermosas como esa estrella. Un Dios tan poderoso y grande que podía crear cosas así, sin que eso significara que no podía entrar y conocer un lugar tan pequeño como su corazón y lo que en él había.

A esa amiga nocturna, a esa hermosa estrella, como símbolo del poder de Dios, le hablaba de su anhelo, y su cabello se fue tiñendo de blanco mientras esperaba, sin perder las esperanzas de que ese anhelo pudiera todavía llegar algún día.

Una noche, la estrella brilló más que nunca, y dormido, a Gepetto le pareció escuchar las bellas palabras: “Mi buen Gepetto, has dado tanta alegría a otros, que ahora tú también mereces alcanzar tu anhelo”. A partir de ese día, las cosas cambiaron mucho en la vida de Gepetto, pero ésa…es otra historia.

La historia que acabo de contar no necesariamente es cierta. O tal vez sí. Tal vez habrá hombres que estén protagonizando esta misma historia, con la única diferencia de no llamarse Gepetto y de no haber escuchado todavía las bellas palabras. Pero quizá podrán escucharlas algún día, porque la estrella, la hermosa estrella, aún no deja de brillar.

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