Hipocondríacas (I)

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Eduardo Narváez López

De los cinco hermanos, Remedios, de siete años, la de en medio nunca se enfermaba, tal vez por ello su madre no la mencionaba mucho en sus pláticas con las visitas o en las fiestas, que de vez en cuando había en casa.

-Qué bien se le están desarrollando sus críos doña Concepción, todos se ven juguetones, alegres y rozagantes ¿cómo le hace para tenerlos tan sanotes?

-¡Ay comadrita! será porque nunca hago desidia de cualquier enfermedad o malestar que los aqueje, yo enseguida los atiendo con remedios caseros que tanto me aplicaron, porque ha de saber que yo siempre he sido enfermiza, y si no dan resultado mis medicamentos, y veo que es en serio, los llevo a urgencias del Seguro Social. Durante un año, cuando tenían de tres a once años me dieron sustos, menos Remeditos.

-Pues fíjese que yo a los míos… –doña Socorro no pudo contar sus experiencias porque Concha continuó hablando.

-En ese tiempo Carmela, la mayor de once años se hartó de hielos de limón, por lo que esa noche tenía tos de perro. Le preparé un poco de miel con limón y seguía igual; luego puse a asar unos tomates, los envolví en un trapo y se los puse en la garganta. Tampoco hizo efecto. Entonces le hablé a mi vecina Emelina, que de esto sabe mucho; vino con una caja de mentolatum, se lo untó en garganta, pecho y espalda: “Con esto en menos de media hora estará bien”. Al rato vinieron más vecinas; una trajo té de eucalipto, otra un parche para la tos; otras tantas, cada una con su jarabe, que de orégano, de dátiles con leche; nunca antes ni después tuvo tantas atenciones mi hija. Sin embargo, gracias a Dios se enteró el médico de la vecindad, la auscultó y nos llevó en su carro a urgencias del Seguro. Le diagnosticaron bronquitis… por poco y se nos va en aquella ocasión.

Socorro de inmediato tomó la palabra antes que continuara con otro caso doña Concha.

-Pues fíjese comadre, que los míos no pasan de tener empachos, gripes, infecciones y aquí si valen los remedios caseros, solo si se agravan les doy antibióticos…

-Déjeme contarle Soco, antes que se me olvide. Resulta que todos, menos Remeditos, obraban con lombrices, por lo que el doctor nos aconsejó que todos, hasta el perro y el perico, nos desparasitáramos. Tuve mucho cuidados y atenciones con ellos, no tantos a Remedios, toda vez que ella no tenía lombrices. Poco después, Ambrosio, el que le sigue a Carmela, quien todo el tiempo tenía hambre, nada le llenaba, con sus domingos se iba a comprar una bolsa de pan dulce. Un día temprano se revolvía inquieto en su cama, despertaba por momentos con ruidos y muecas de asco; en una de esas corrió al baño, que tenía a 12 metros, a mitad de camino se paró con ganas de vomitar; sus hermanos se levantaron poco antes por el barullo, le hicieron rueda expectantes; Ambrosio no expulsaba más que saliva… por fin salió una tira que se movía; Ambrosio se la iba sacando con los dedos índices y pulgares; por fin salió toda y cayó en el suelo una larga lombriz removiéndose, acudí a ver qué pasaba; me horroricé, le eché sal por lo que enseguida murió. Ambrosio fue ese día y los siguientes el centro de atención hospitalaria: le administramos por siete días tabletas desparasitantes, y comida especial: atoles, gelatinas, caldos.

-¿Y Remedios qué padecimientos ha tenido Conchita?

-Hasta ese entonces nunca se había enfermado, callada observaba con suma atención los tratamientos y atenciones a sus hermanos

-¿Otilio también era sano?

-¡No, qué va! Fue el que más me alarmó: tenía cinco años, estaba en preescolar, tuvieron un convivio por el cumpleaños de un compañero, comió un mango sin lavar y un jugo de naranjas que habían exprimido el día anterior, según investigué. Enfermó con calentura de 38 grados; pensé que tenía empacho por haber comido en exceso; le preparé un vaso de agua con unas gotas de limón y bicarbonato; le tomé nuevamente la temperatura, leí 39 grados; le di un poco de jengibre rallado en un vaso de agua, la temperatura subió a 40. Llamé al Seguro para que vinieran a domicilio. Les describí el cuadro clínico, tal vez por eso vinieron tres médicos y una enfermera. Mi pobre hijo tenía tifoidea, durante siete días estuvo grave. Mi esposo se quejaba de que no tenía punto de reposo con las enfermedades, antes de ese año era yo la enfermiza; pero estaba solo en mi mente. Los padecimientos de mis hijos fueron mi mejor cura, porque me olvidé de mis achaques para atender a mis niños.

-¿Y el chiquito Conchis?, se ve bien sanote.

-Sí, muy saludable como era Remedios, pero ahora te platico: un día que estaba con mis costuras, se me cayó un seguro chiquito, no supe si abierto o con la punta de fuera; sólo alcance a ver que se lo echaba a la boca; rápido hurgué con el dedo, ya se lo había tragado. Comenzó a toser; me alarmé al punto del infarto. Lo llevé a la clínica, le tomaron una radiografía y no aparecía el seguro. Nos trajo locos toda la semana, si tosía, pensábamos que estaba atorado en la faringe, si pujaba, pensábamos que estaba en el recto. Creímos ver un poco de sangre en su excremento, extrajimos el coagulito y resultó ser un pellejito de jitomate. Finalmente, a los 15 días echó el carajo seguro sin punta de fuera.