Robert Parts

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El Contador Tárrega

Caray. Creo que los anónimos están decididos a hacerme sufrir. Si ya saben cómo soy de curioso ¿por qué me hacen esto? Apenas había hablado de lo que padecí queriendo descubrir quién era “Puntos Suspensivos” cuando recibo un mensaje de una jovencita que pone como remitente el nombre del título de esta columna, más o menos en los siguientes términos (por lo que entiendo de su mensaje, algún hermano o familiar de ella había adquirido con anterioridad mi libro):

“Hola profesor. Le diré así porque fui su alumna en el curso propedéutico de mayo pasado en la UTT. Primero que nada quiero decirle que este ‘face’ es falso, pues me apena decirle mi nombre. Sé que usted no es psicólogo, pero necesito desesperadamente un consejo. Había estado buscando una respuesta que no encontraba, y un día, sin querer, al levantar el colchón de mi cama encontré la botella, su libro El Mensaje en la Botella. No sé si andaba sensible por cómo me sentía, pero se me hizo un nudo en la garganta al estar leyendo. Su libro dice muchas verdades y mi corazón me empujó fuertemente a usted, por eso es que le pido ayuda”.

Procede entonces a hablarme extensamente de su vida y del caos que sentía en su mente y en su corazón al tratar de encontrar la felicidad sin poder hallarla. En sus palabras, vi reflejadas a muchas otras jovencitas que conozco y que pueden estar viviendo situaciones parecidas.

En el consejo que le di, comencé platicándole la parábola de aquel perro que un día vio a un perrito que daba vueltas tratando de alcanzarse la cola. Cuando le preguntó qué hacía, el perrito le dijo: “Estoy buscando la felicidad. Alguien me dijo que la felicidad se encuentra en mi cola, así que cuando logre alcanzarla, la felicidad será mía”. El perro mayor le respondió: “Yo también busco la felicidad. A mí también me dijeron eso alguna vez; sin embargo, yo me he dado cuenta que cada vez que trato de alcanzar mi cola esta se me escapa, así que me he dedicado a hacer lo que tengo que hacer, y entonces mi cola es la que me sigue”.

Le referí cómo a veces damos vueltas tratando de alcanzar la felicidad, creyendo que esta se encuentra en tal o cual cosa o en tal situación, pero nunca parecemos alcanzarla. Le sugerí que se dedicara a hacer lo que tiene que hacer: Vivir un paso a la vez, no estarse preocupando por problemas que tal vez nunca ocurran, hacer con entusiasmo lo que tiene que hacer en este tiempo de su vida (estudiar), disfrutar sus relaciones familiares, dar gracias por tener una familia, por su salud, porque tiene la oportunidad de estudiar, y porque tiene un futuro promisorio, que solo dependerá de que sepa manejar adecuadamente situaciones que, con el tiempo y paciencia, aprenderá a manejar. Si haces esto, le dije, antes de que te des cuenta la felicidad será la que te siga, sin que tú tengas que andarla “correteando” sin poder alcanzarla.

Le platiqué también el caso de Barajas, este joven al que le dediqué una columna hace tiempo y del que no sabemos nada desde hace año y medio, así como la pesadilla que esto ha representado para Loredana, su compañera, diciéndole: “No quiero menospreciar cómo te sientes, pero con esto te puedes dar cuenta de que hay personas con problemas realmente grandes…y reales. Así que da gracias a Dios por todo lo que sí tienes y deja de concentrarte tanto en lo que sientes que te falta”.

Lo menciono todo de manera resumida, pero obviamente los diálogos fueron más extensos. Su comentario final fue el siguiente:

“Quiero agradecerle de todo corazón; estoy sin palabras. Me ha dado un gancho al hígado, más bien unas ‘cachetadas guajoloteras’. Muchísimas gracias por su grandioso consejo, es verdaderamente lo que necesitaba, lo tomaré en cuenta, y le prometo una cosa: que cuando me esté yendo bien a causa de seguir su consejo, le mandaré un mensaje dándole las gracias nuevamente, pero ahora con mi verdadero face”.

Sentí la tentación de ponerme a psicoanalizar a mis alumnos del curso propedéutico, pero visto mi patético fracaso como investigador al intentar descubrir la identidad de Puntos Suspensivos, he optado por esperar tranquilito y sentado a que “Robert” decida presentarse por sí misma. Así que seguiré mi propio consejo; dejaré de dar vueltas tratando de hacerle al detective y me pondré a hacer lo que tengo que hacer.

Posdata para mi anónima amiga: ¿De dónde sacaste ese nombre tan jacarandoso?

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