Sidronio Rodríguez… ¡Suerte, matador!

0
169
Tiempo aproximado de lectura: 6 minutos

Francisco Ramos Aguirre.-

Todo inició un día antes de la corrida: «En mayo de 1949 llegué a Ciudad Victoria y dijo mi mamá. Oye, yo quiero que me digas una cosa ¿sabes torear? porque aquí te están esperando…si no quedas bien se van a burlar y nosotros vamos a ser el hazme reír. La gente de Victoria es bien cabrona… tú te regresas a México y nosotros nos vamos a quedar aquí. ¿Cómo ves? Pues no lo sé… voy a hacer todo lo posible.»

Sidronio Rodríguez es el torero más importante que Victoria en la fiesta brava.  Nació en esta capital en 1929, hijo de Melitón Rodríguez Zárate y Lilia Guerra García; nieto de los revolucionarios Sidronio Rodríguez y Protasio Guerra. Durante su infancia llamaban su atención las fiestas de la Virgen de la Covadonga, organizadas por la Colonia Española. Aprendió las primeras letras en las escuelas Epigmenio García y Enrique C. Rébsamen. Ingresó a la Escuela Secundaria Normal y Preparatoria. Algunos de sus condiscípulos fueron Emilio Villarreal Guerra y Enrique Cárdenas González.

A los catorce años de edad, partió a la capital del país con su hermano Protasio, donde concluyeron la secundaria. Para sostener sus estudios trabajó de acomodador en la Plaza de Toros México. Al cumplir 17 años, saboreó «el veneno de los toros» y abandonó definitivamente la escuela. Empezó a entrenar en algunos ruedos. Los jueves y domingos asistía a las corridas en El Toreo de La Condesa, gracias a un tío que le proporcionaba boletos de entrada.

Cuando observó torear a Lorenzo Garza, Silverio Pérez, Luis Procuna, Domingo Ortega, Antonio Velázquez, Joselillo, Fermín Espinosa Armillita, Rafael Rodríguez Manolete, Antonio Bienvenida y otros, decidió convertirse en torero, una actividad donde la valentía es clave. «Cuando llegaron los españoles los vi a todos. Pensé que Bienvenida era torero de segunda, pero cincuenta años después cuando viajé con mi esposa a España, fui a Las Ventas y lo primero que observé fue la estatua de Alexander Fleming y una placa de los toreros españoles, en gratitud por el descubrimiento de la penicilina, porque gracias a ella la mayoría de las cornadas dejaron de ser mortales. Enseguida estaba la escultura de Antonio Bienvenida.»

En aquella época, no existían escuelas taurinas donde aprender el arte del toreo, únicamente por tradición algunos matadores enseñaban el oficio a sus hijos. Con voluntad y preparación autodidacta, en 1947 toreó por primera ocasión en Tlalnepantla y después en la plaza de Cuernavaca. En Ciudad Victoria hizo su debut el domingo ocho de mayo de 1949, gracias al periodista Herculano Macías, quien había escuchado del novillero. Sin consultarle, lo incluyó en el programa de una corrida en beneficio de la Iglesia del Sagrado Corazón, alternando con Juan Cañedo El Mejor Rejoneador de América -casado con una hija de Maximino Ávila Camacho-, Arturo Fregoso y Manuel Salas con toros de la Laguna de Guadalupe.

La plaza de madera registró un lleno total, música de pasos dobles y la presencia del gobernador Raúl Gárate. El cuarto burel de la tarde correspondió al novillero de veinte años, quien se sorprendió al momento de verlo: «Jamás había toreado un toro de cuatrocientos kilos, ni había estado en una ganadería o tienta, porque era un torero empírico…fue una salvajada. El primer problema fue rentar un traje de torero en cien pesos. Toreó Cañedo con unos caballos hermosísimos. La plaza se usaba muy poco y la arena estaba llena de raíces y mal cuidado el ruedo. Al momento del primer capotazo se me atoró el pie con una raíz y caí de nalgas. Alguien gritó ¡se anda cayendo solo! Luego le di unas verónicas y seguí toreando, entraron los picadores. Después cuando hice la faena y varias suertes de la cual recuerdo muy poco. Maté al toro y en medio de aplausos y pañuelos, los jueces me dieron las orejas y rabo.

Salí en hombros de la plaza y me llevaron a mi casa, cerca del Banrural. En la noche fuimos a cenar al Hotel Sierra Gorda y platiqué con el licenciado Lauro Rendón, Oficial Mayor de Gobierno quien me dijo: te felicito por tus pases naturales. Era tanta la preocupación que en realidad no me acordaba de nada, porque estaba en trance. Saludé al profesor Francisco de P. Arreola, mi maestro de español quien me preguntó: ¿Por qué decidiste ser torero? Le contesté de broma, porque usted me reprobó.»

Ese fue el primer triunfo de Sidronio en su tierra. El organizador de la corrida fue Jesús Zorrilla quien le pagó cincuenta pesos, la mitad del alquiler del traje de luces. Para su fortuna, el profesor Arreola aficionado de hueso colorado a los toros y corresponsal del Mundo de Tampico, publicó una extensa crónica de aquella célebre faena. Gracias a eso, un empresario le ofreció dos corridas en el puerto, donde alternó con el novillero Ramón López, imitador de Silverio. La primera actuación fue un triunfo absoluto; en la segunda, recibió una cornada en la ingle que le fue taponeada mientras lo conducían a un hospital de la Ciudad de México en un avión de Transportes Aéreos Tamaulipas.

Al recuperarse continuó su carrera y se convirtió en un torero prometedor. Su apoderado Jesús Camacho lo llevó a Morelia donde toreó varias ocasiones y realizó tientas en ganaderías de Michoacán. Lo mismo hizo en una Hacienda de San Luis Potosí, propiedad de Hugo Olvera. Andando el tiempo viajó a Matamoros donde alternó con Jaime Rangel -quien radicaba en Brownsville-, Héctor Saucedo, Luis Solano, Gustavo Castro, Alfredo Lezama, Humberto Moro y Anselmo Liceaga.

El año 1953 fue bueno para «La Sensación de Tamaulipas. Ídolo de la Plaza de Toros Victoria.» El once de enero lidió a muerte en esta ciudad dos toros de la Ganadería de Rafael Arvide, mano a mano con el tapatío Luis Solano -El Torero de las Damas-. Dos meses después, el 29 de abril ante una entrada regular y novillos de la ganadería de Santacilia, Sidronio alternó en la misma plaza con Alfredo Leal, Eugenio Alvarado y Luciano Contreras, resultando triunfador Leal, figura de la Plaza México.

El victorense dice el cronista Juan San Marcos del Heraldo de Victoria: «…recibió a su enemigo con unas cuantas verónicas desmayadas y largas de bastante calidad. En quites realizó una por gaoneras, que fue muy aplaudido siendo todas ellas muy ceñidas y dos de ellas buenísimas…A la hora de matar no tuvo suerte con el estoque, deshaciéndose de su enemigo de varios pinchazos…siendo obligado a dar la vuelta al ruedo entre aplausos de la concurrencia…»

El diez de mayo de ese año, se presentó nuevamente en el coso victorense a beneficio de la Cruz Roja, con Enrique Esparza hermano de la cantante Chelo Flores y Eugenio Alvarado con toros de la ganadería Ibarra. La actuación de Rodríguez estuvo discreta a decir del cronista Juan de San Marcos «…recibió al toro con unas buenas verónicas de su sello personal, en la faena de la muleta estuvo discreto, dando algunos muletazos buenos y rehaciéndose de su enemigo de varios pinchazos y una estocada que le valió las palmas de la concurrencia.»

En ese tiempo Rodríguez conoció a Marte R. Gómez, quien le obsequió doscientos pesos para solventar algunos gastos. Lo mismo hizo con el beisbolista Ángel Castro  de los Alijadores de Tampico, a quien ofrecía la misma cantidad si pegaba un jonrón. Las penurias, falta de oportunidades y competencia con grandes espadas del momento, repercutieron en su estado de ánimo. Después de más de cincuenta corridas y  diez años de actuar en  plazas de Reynosa, Morelia, Matamoros, San Buenaventura -donde conoció a Pedro Infante en la Feria de las Nueces-, Tampico, Ciudad Madero, Cuernavaca, Jalisco, Distrito Federal y otros lugares, comprendió que era mejor abandonar su carrera.

Sidronio puedo tener más oportunidades y lograr fama,  porque su tío el veracruzano Enrique Rodríguez Cano, secretario de Adolfo Ruiz Cortines, estuvo a punto adquirir la Plaza México, pero esta operación se frustró con su prematuro fallecimiento. Luego de una corrida donde perdió parte de la dentadura, en 1956 colgó el traje de luces y retornó a su solar natal.

Gracias a una recomendación del ex gobernador Francisco Castellanos Tuexi, ingresó a laborar de agente aduanal en Matamoros. En los años sesenta, contrajo matrimonio en Brownsville con Raquel Amaya de Rodríguez y procrearon cuatro hijos. A sus noventa y dos años de edad, en plena pandemia de Coronavirus nos comparte telefónicamente con entusiasmo, los recuerdos, hazañas y pasión por la fiesta brava.