Mariposas en la panza

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El Contador Tárrega

El día que estoy escribiendo esta columna, estoy cumpliendo 30 años de que nos hicimos novios mi esposa y yo, fecha que hemos festejado cada año desde entonces. La verdad es que nunca le pedí que fuera mi novia. Le robé un beso y dimos por hecho que ya lo éramos.

De jóvenes y recién casados acostumbraba cantarle una canción que decía:

“Cuando ya estemos viejos, si es que llegamos juntos, a tu amor le prometo que el último segundo, te seguiré queriendo con mi sentir profundo, sin importar arrugas, ni canas, ni disgustos.

Cuando ya estemos viejos, y nos pese la carne, cuando solo recuerdos nos visiten de tarde, aunque se vaya todo, que nuestro amor no muera, si es lo único que queda, cuando ya estemos viejos.

Cuando en casa no queden más que solo murmullos, de todo lo pasado, de esos tiernos arrullos. Cuando nuestras paredes le tiemblen a un susurro, y solos nos quedemos sosteniendo sus muros. Te prometo que el tiempo no logrará vencernos, nuestro amor será nuevo, aunque ya estemos viejos.

Y si un día, al llegar el invierno, sientes que mi cuerpo se pierde en el silencio, y que ya no tengo fuerzas ni para robarte un beso, por favor, recuerda siempre que aunque la muerte es la siguiente etapa de los viejos, también en ella, desde allá, te seguiré queriendo”.

Cuando se es joven, no es difícil decir estas cosas. Lo importante es seguirlo haciendo cuando ya las canas, las arrugas, las enfermedades y otras cosas han empezado a aparecer.

Como decía en alguna columna anterior, el éxito en el matrimonio consiste en enamorarse varias veces, siempre de la misma persona. Ya perdí la cuenta de las veces que me he reenamorado de mi esposa.

Cuando tengo la oportunidad de dar alguna plática a varones los invito a ejercitar la buena memoria. A mantener vivo en sus recuerdos lo que sintieron cuando pasaron por su ahora esposa cuando iban a salir la primera vez. La emoción que los abrasó (que les provocó brasas en el corazón) cuando ella aceptó ser su novia, cuando le dieron el primer beso y esas experiencias que solo se viven una vez, pero cuyo recuerdo puede perdurar por siempre. Mantener la buena memoria para ese tipo de cosas ayuda y fortalece la relación. Y aunque el amor apasionado tal vez sea propio de la juventud, el tiempo nos va enseñando que hay otros tipos de amor igual de gratificantes: el amor sosegado y tranquilo que viene de saber que han luchado juntos las batallas de la vida y que en esa persona se tiene también un amigo y compañero que nos complementa.

Escuchaba el otro día una canción bellísima acerca de dos enamorados ya en sus años de oro. Decía algo como:

“Ella tenía 75, pero como una adolescente, entiende que se puede vivir de amor y siente mariposas en la panza cuando lo ve.

Para él, 80 inviernos le han pasado, pero se siente renovado con la idea de que el amor jamás los tuvo abandonados. Quizá su piel esté marchita, pero sus latidos gritan.

Hoy sus manos se ven temblar, son cómplices de años dorados con sus cuerpos ya cansados, pero sus ojos llenos de amor.

Para sentir nunca es tarde y ella espera ilusionada que la lleve a caminar. Para vivir nunca es tarde y él le dice que es hermosa, que le llena el corazón.

Para sentir nunca es tarde y ella lleva pañoleta y se siente muy coqueta. Para vivir nunca es tarde y él le lleva su sombrero cuando ya se ha ido el sol.”

Todavía las siento, y espero seguir sintiendo mariposas en la panza cada vez que vea a mi esposa, aun cuando ya estemos viejos.

Sí, cada vez nos falta menos para eso, pero el tiempo no se siente cuando la estela que se va dejando es la de una historia de amor, unión y lealtad, y cuando eso se valora tanto como para agradecer a Dios, cada día al despertar, por poder tenerla un día más junto a mí.

Por ahora, solo quisiera hacerle la pregunta que me faltó hacerle hace 30 años: Rossy, ¿quieres ser mi novia? Ya sé lo que me va a contestar. Que no sea ridículo. Bueno, así la amo.

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