Viviendo su tercera juventud (II)

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Eduardo Narváez López

Mario, al ver a su suegro más fresco que una lechuga, hizo perdidiza la llave de la biblioteca, para que don Máximo ya no invitara a nadie más a escuchar ahí sus aventuras

-Suegro no se vaya a ensordecer del otro oído. Váyase mejor a su recámara.

-No todavía hijo, los acompañaré un rato.

Don Máximo era de costumbres conservadoras cuando le convenía. Fue a llamar la atención a una pareja que estaba bailando muy apretados:

-No es de personas decentes bailar tan pegaditos de cuerpo, de cara y de boca. Para eso se hicieron las recámaras, los hoteles o los… no me acuerdo. Obsérvenme y verán cómo se debe bailar. Muy cortésmente solicitó bailar con La Güera Ramírez, estrella de cine conocida por sus escándalos. Después de media docena de piezas bailadas, la pareja desapareció.

-¿Ya viste que al fin dio resultado Macarena? Tu papá ya debe estar en su recámara en su quinto sueño.

-No es así. Subí para taparlo bien, pero no está ahí. “Ah caray, pues hace 40 minutos que no lo veo” –dijo alarmado Mario.

En uno de los tres baños, en el de la planta baja, el primero de la fila, al ver que había transcurrido mucho tiempo, desesperado tocó la puerta al tiempo que preguntaba en voz alta ¿Hay alguien ahí?, ¡conteste! ¿le pasa algo? –Bárbara y su esposo acudieron también a indagar por qué permanecía cerrada la puerta: “Quien esté ahí ¡salga de inmediato o echamos abajo la puerta!” Entonces salió La Güera Ramírez alisándose el vestido, seguida de don Máximo, subiéndose el cierre del pantalón y peinándose con los dedos. Unos aplaudieron a don Máximo y comentaban sus yernos con sorna: “Don Máximo ya no se acuerda de sus recomendaciones que hizo a la parejita toda apretujada, y predica con el ejemplo haciendo de las suyas con la güera, durante una hora en el baño”.

A partir de esa inolvidable fiesta, las hijas reconvenían por todo a Máximo: “Papá no andes dejando en el lavabo tus placas de dientes”. “Papá, qué pasa con esas flatulencias, sabes bien que tienes prohibidas las alubias”. “Papá, ya no tomes una copa más de coñac, te vas a emborrachar, ya sabes que tu medida son tres y ya”. “Papá, por qué no alternas tus estancias: quédate un tiempo con mi hermana y otro mes conmigo”. “Papá, ya que no quieres pasar temporadas con mi hermana, podrías mudarte al departamentito, al fondo del jardín, el que sirvió para que jugaran los muchachos cuando eran chicos.

Don Máximo optó por salir más seguido para no ser un estorbo para la familia. Se reunía con sus amigos en el casino, en el club de golf o en los bares donde jugaban dominó. En el casino se hizo íntimo de una otoñal y simpática viuda, dama de la alta sociedad. Comenzó a negar los préstamos a sus yernos; el dinero para vestidos de sus hijas y para los gadgets de los nietos. Por todo ello Macarena muy enojada le dijo:

-Papá, de plano ya estás muy destrampado. Mejor ponle casa a tu amante y vete con ella. A lo que calmadamente contestó don Máximo con una sonrisa socarrona:

-Tengo otra idea mejor hija, ya verás.

Máximo aprovechó una noche en que todos andaban cumpliendo con sus compromisos sociales. Mandó cambiar las chapas de las entradas de la casas. Cuando sus hijas y yernos las encontraron cerradas, se cansaron de buscarlo por bares, centros nocturnos, casino, casas de sus amigos, optaron por ir a esperarlo en casa. Lo encontraron con la pelirroja Marín, que hacía piruetas en el tubo de un bar de moda en la ciudad, mientras iba quitándose las prendas poco a poco hasta quedar completamente desnuda. Lo rodearon, tocando sus palmas de las manos al ritmo del compás de la música. Cuando quedó exhausto, don Máximo tomó su tiempo para reponerse, y sin dejar su sonrisa burlona, les dijo con toda calma:

Si quieren vivir en mis casas, tendrán que pagarme veinte mil pesos mensuales por cada una, menos de la mitad de lo que cualquier otro ricachón me pagaría. No podrán hacer más de tres fiestas al año. Tendrán que avisarme con tiempo para que no coincidan con las mías para jugar dominó, barajas o billar. Deberán pagarme intereses de los préstamos concedidos o quedarán desheredados. Las sirvientas, antes que a los demás, deberán atenderme a mí y a mi pareja, tengo derecho, yo pago sus sueldos. ¡Ah! y cuando mis nietos quieran hacer sus pachanguitas ruidosas, que se vayan al departamentito, atrás del jardín.

Ya no me pidan para nuevos vestidos de noche, porque tengo que renovar mi vestuario y comprarle algunos vestidos finos a mi nueva pareja, y trapos a la güera Rodríguez, a la pelirroja Marín y a la Prieta Morales. Y nada de préstamos para pagar las mensualidades de las hipotecas, que tengo que hacerle algunas reformas a la casa para ampliar mi salón de juegos y del billar, y vestidores para las damitas junto a la alberca…y al que no le parezca, ya puede ir buscando su casa aparte. Cuando yo me vaya a calacas, que para eso falta un buen tiempo, harán de mis casas lo que les dé la gana.