Fumar es un placer

0
40
Tiempo aproximado de lectura: 5 minutos

Francisco Ramos Aguirre.-

A mediados del siglo XIX la situación económica de las ciudades y villas de Tamaulipas, era particularmente precaria debido a la inestabilidad política y guerras internas. Por ello, el gobernador Jesús Cárdenas fue muy claro en su informe en 1851 respecto a la industria febril: «Esta apenas existe entre nosotros porque faltan […] primero, capitales, segundo brazos en bastante número; y tercero artesanos inteligentes; y aún cuando todo existiera en abundancia es imposible que no inspiren temor a los especuladores, los adelantos de los Estados Unidos, el contrabando…».

Si hacemos un recuento de las factorías que operaron entre finales del siglo XIX y principios del XX, encontraremos en Victoria: una de ácidos y productos químicos, propiedad de Gleason; jarcerías, destilerías de aguardiente -Filizola y Juan Terán-, producción de cal -Francisco Martínez- y un molino de café -Manuel Hinojosa-. Destacan también dos fábricas de cigarros, una de dulces -La Suprema-, una de pastas alimenticias italianas -Zappino y Perales-, una de ladrillos y tejas y una de muebles finos.

Lo anterior explica por qué el desarrollo industrial, ha sido muy modesto. A partir de 1825 gracias a la capitalidad, Victoria adquirió algunas características laborales que conserva actualmente. Para nadie es desconocido que la mayoría de los pobladores están ligados económicamente a las actividades políticas, comerciales, educativas, restaurantera y antojitos callejeros. Es decir, durante más de siglo y medio la generación de empleos del ramo fabril ha sido muy reducida.

Pero hablemos del tabaco, la instalación de la primera fábrica de cigarros y puros en Victoria, se remonta después de la guerra de independencia. Es decir, cuando el control de los estancos, dependía de las autoridades centrales. En aquellos años, el hábito de fumar estaba de moda entre las clases populares, incluso las mujeres eran adictas a la nicotina. Gracias al gran consumo en Ciudad Victoria y otras poblaciones cercanas, el gobernador de Tamaulipas Lucas Fernández instaló una pequeña fábrica de puros y cigarros, con rama de tabaco adquirida en la capital del país.

Sobre este tema de historia económica, el investigador Benito Navarro menciona que dicha factoría: «…operó entre 1826-1836 y estuvo ubicada a un costado de la Plaza de Armas de Ciudad Victoria (Plaza Hidalgo) …encargada de distribuir puros y cigarros hacia los municipios de Tamaulipas». Esto nos lleva a pensar, que probablemente estamos frente a una de las primeras industrias tabacaleras del noreste mexicano.

Para abastecer esta población, surgieron otras empresas domésticas que permanecieron activas hacia finales del siglo XIX. Al mismo tiempo se crearon grandes empresas cigarreras como El Buen Tono en 1894. Esta factoría operaba con maquinaria moderna y cientos de hombres y mujeres, quienes elaboraban diariamente tres millones de cigarrillos. En este contexto, Tampico no permaneció ajena al auge tabacalero con tres plantas manufactureras en 1892. A finales de esa década, el número de establecimientos ascendió a una veintena.

Entrados en el siguiente siglo, en 1903 el periódico El Progresista comunicó a fumadores y comerciantes de Victoria, la apertura de la Fábrica de Cigarros de Hoja La Favorita, propiedad de Juan Botello -Bravo y Ocho- con un amplio surtido: «…de cigarros, desde los más finos hasta los más corrientes, para llenar oportunamente cualquier pedido por grande que sea».  Probablemente la planta era pequeña y gran parte del trabajo se realizaba de manera artesanal. En el mismo lugar, existió la Fábrica de Dulces La Suprema y un expendio de Mezcal San Carlos.

El crecimiento de la industria cigarrera, alentó a los inversionistas regionales. En 1904, había 66 fábricas de cigarros en el país, de las cuales dos estaban en Tamaulipas, mientras en Nuevo León operaban 27 y 51 en Michoacán. (Archivo CARSO/Centro de Estudios Históricos de México). Anterior a la presencia del ferrocarril, los arrieros eran los encargados de trasladar la rama del tabaco a diferentes puntos del país. A Victoria llegaban periódicamente a la Plaza de los Arrieros o Plaza del Mercado, actual Mercado Argüelles. Por lo general las remesas provenían de Cuba, San Andrés Tuxtla, Veracruz, Campeche, Valle Nacional y otros lugares productores de tabaco.

Una de las fábricas proveedoras de cigarrillos para los victorenses, era La Azteca propiedad de Guillermo Lara en Tula de Tamaulipas (1906), donde existieron otras de primera y segunda clase. Para entonces fumar puros cubanos era un lujo propio de las clases sociales altas. En ese tiempo se registraron las marcas Independientes, Mestizos, Republicanos y Liberales del empresario José R. Puente de Monterrey.

En 1907 llegó a Victoria una compañía contratada por la fábrica de cigarros Tabacalera Mexicana que se instaló al oriente de la Plaza Hidalgo -probablemente en una casa particular o el Hotel América-. En las noches de abril, se proyectaban películas que causaron un verdadero furor entre los pobladores.

Por esos días El Progresista anunció la presentación de: «…varias vistas cinematográficas, como obsequio al público victorense de la Gran Fábrica de Cigarros La Tabacalera Mexicana.» La publicidad aparecida alentaba la adquisición de cigarrillos y cerveza: «Tomad cerveza Cuauhtémoc con gana; y de ardiente deleite en los extremos, fumad con entusiasmo Los Supremos de la Tabacalera Mexicana».

En 1914 cuando aún no se apagaba la flama revolucionaria, el consumo de tabaco en Victoria estaba en su apogeo. Probablemente después de la toma de la Capital tamaulipeca, varios jefes constitucionalistas y soldados acudieron a la Fábrica de Cigarros La Aurora -Siete y Ocho Hidalgo-, propiedad de Domingo Fuentes, quien presumía utilizar para su producción el famoso tabaco Virginia.

En ese tiempo logró fama La Violeta, elaboradora de cigarros de hoja con los «mejores tabacos», propiedad de Justo Robles (hijo). La planta atendida por varios trabajadores, se encontraba en Nueve Morelos y Matamoros prácticamente en el primer cuadro urbano de la Capital, donde se levantaban numerosos edificios de sillar, construidos a finales del siglo XIX. De esta casa comercial se producía la marca Tigre Negro.

Para 1917 encontramos La Favorita de Juan Botello en la calle Matamoros y Siete. Para estar a tono con la moda revolucionaria y nacionalista, su propietario ampliamente conocido en la localidad, sacó al mercado las cajetillas del sello Libérrimos, Demócratas, Tamaulipecos y Libertadores.

 

«FUMANDO ESPERO AL HOMBRE QUE YO QUIERO.»

Hacia 1931, la comercialización de marcas nacionales y regionales ayudó a cubrir la creciente demanda en Victoria que tenía 25 mil habitantes. Uno de los principales comerciantes era el asiático Antonio Wong Gang, -Hidalgo y Once- distribuidor de los cigarros Sidar -en recuerdo al aviador Pablo Sidar «El Loco»- y Mamertos de manufactura tamaulipeca. Por esos años Luis Cervantes de la Voz del Campesino, ofrecía a los lugareños la mejor rama de tabaco para forjar cigarros de hoja o papel arroz: «Campesinos, obreros ¿Desean fumar un buen cigarro? Vendo el Mejor Tabaco en Rama».

De Linares, Nuevo León llegaron los Aviones y Cancioneros, elaborados por La Esmeralda de Arturo Alanís González. Del mismo lugar eran los Fifíes «…de calidad insuperable» fabricados por Rafael Rodríguez. Al paso de los años, las marcas La Carmencita -fábrica michoacana-, propiedad de José Agustín Mangas; Dromedarios, Alas, Monarcas y Faros lograron enorme aceptación entre fumadores del noreste mexicano.

En changarros de barrios populares, vendían bolsitas o costalitos de tela con tabaco y una dotación de hojas de maíz para forjar los cigarros y fumar como chacuacos. Las viejitas tenían por costumbre ensalivarlos para que se consumieran lentamente. Existían personas que después de varias fumadas, ingerían la ceniza.

Sobre este hábito en lugares públicos, durante varias décadas las autoridades y concesionarios de cines de Victoria, permitieron a los espectadores consumir cigarros durante las funciones. Esta tradición finalizó en octubre de 1952, cuando el presidente municipal Fernando Montemayor prohibió fumar en estos lugares. Ante el incumplimiento de algunas personas que se negaban acatar la orden, era frecuente que en plena proyección, los policías ingresaran a poner orden.

Paradójicamente, el reglamento no se relacionaba con el cuidado de la salud pulmonar de los asistentes. Más bien lo hacían por las numerosas: «…quejas presentadas contra los espectadores de galería que constantemente arrojaban colillas al lunetario con las consiguientes molestias…». En este escenario, los fumadores no quedaron, argumentando que la disposición era incongruente porque las proyecciones cinematográficas eran al aire libre.