El ‘agandalle’

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El Contador Tárrega

Escuché hace poco en un programa de entretenimiento este término, que como todos sabemos, se refiere a cuando alguien “te da baje” con algo, por lo general de mala manera.

La escena más desgarradora de un agandalle de la que tengo memoria, fue aquella ocasión en que, estando mi hijo Manuel pequeño (unos tres años), su mamá le había comprado un “Negrito” (esos pequeños pastelitos cubiertos de chocolate que vienen en una bolsita) y le dijo que se lo guardaría en el refrigerador para que se lo comiera cuando regresara del kínder. Al niño le encantaban esos famosos “Negritos”.

Pero el destino cruel quiso que ese día su hermano mayor regresara antes que él de la escuela. Terminó Chuy de comer, abrió el refri, vio un suculento paquete con un pastelito de chocolate, se lo empacó sin preguntar y se fue a dormir la siesta. O sea, le agandalló su Negrito.

Me cuentan (yo estaba en el trabajo) que poco más tarde la tranquilidad de la casa se vio interrumpida por el llanto inconsolable de un niño que, parado ante la puerta abierta del refrigerador, gritaba con tristeza y con coraje: “¿Quién se comió mi Neguito?!” ¿Quién se comió mi Neguito?!!” Chuy, mientras tanto, dormía plácidamente con la barriga llena y sin el menor asomo de remordimiento.

De manera similar, puedo asegurarte que la vida muchas veces se va a comer tu “Neguito” sin avisarte. Te va a agandallar. Te va a dar baje. Ya sea que de repente te quedes sin un trabajo que te encantaba, que pierdas algo que tenías en gran aprecio, una relación, algún bien material, etcétera. Lo va a hacer sin ningún remordimiento ni miramiento, y a ti, como le ocurrió a mi pequeño hijo, te van a dar ganas de llorar de impotencia y de gritar “¿Quién se comió mi Neguito?”.

Estoy hablando de esos inexorables cambios que, de cuando en cuando, se presentan en nuestra vida sin que nosotros los busquemos, y mucho menos los deseemos. Muchas veces nos tendremos que enfrentar a cambios que no nos agradan, y que nos dejarán, al menos de momento, con la sensación de que nos han agandallado, que nos han quitado, de muy mala manera, algo que nos pertenecía. O eso creíamos, que nos pertenecía.

El libro “¿Quién se ha llevado mi queso?” (que suena parecido a “¿Quién se comió mi Neguito?”) es una metáfora que nos habla precisamente de los procesos de cambio no deseados por los que invariablemente tendremos que pasar varias veces a lo largo de nuestra vida.

Nos habla ahí, entre otras cosas, de no resistirnos al cambio. El cambio ocurrirá, nos guste o no, así que cuando este llegue sin avisar (como acostumbra hacerlo), pues dejemos de querer ir en su contra. Ahora sí que como luego dicen, “flojitos y cooperando”.

Recomienda el libro no enojarnos ni deprimirnos, sino seguir adelante, salir en busca de nuevas oportunidades sin jugar a ser una víctima, ya que eso nos hará perder tiempo valioso. Y algo importante también es no quedarnos añorando el pasado. Hay una frase que leí hace mucho y me encantó, que dice: “Si de noche lloras por el sol, las lágrimas te impedirán ver las estrellas”. Cuando nos la pasamos suspirando por lo que fue, por aquello que una vez tuvimos, tal vez estamos dejando escapar nuevas oportunidades que pasan por nuestras narices.

Y hasta donde sea posible, anticipemos los cambios para prepararnos mentalmente para ellos. En el libro lo describen como “huele constantemente el queso para que sepas cuando se está poniendo viejo”. Si estamos atentos, siempre habrá pequeñas señales que nos indiquen que un cambio se avecina, y entonces su impacto, cuando llegue, será menos traumático.

En el caso de Manolo, la solución estuvo a media cuadra de distancia, pero en la vida, desafortunadamente, no hay un “Seven” a donde podamos ir rápidamente a comprar otro trabajo, otra casa, otra novia, así que muchas veces no tendremos más remedio que adaptarnos a nuestra nueva situación y tratar de sacar el mejor provecho de ella.

Espero que estos consejos les sirvan para amortiguar los efectos del agandalle que la vida ocasionalmente les recetará. Y si algún día quieren hacer feliz a Manolo, regálenle un “Neguito”. Todavía le encantan.

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