La campaña (I)

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Eduardo Narváez López

Raúl Reyes Roa estaba en el De Efe, en la sala de espera de la Subsecretaría de Enlace Legislativo y Acuerdos Políticos, para recibir instrucciones verbales y por escrito de las acciones que debía efectuar el gobernador de su entidad en el desarrollo de las campañas de los partidos para sus candidatos a gobernador, a partir de sus registros en el Instituto Estatal de Procesos Electorales y Participación Ciudadana. En los pasillos saludó a dos gobernadores de los nueve que terminarían su mandato y a Atilano Mendoza Garizurieta, uno de los precandidatos de su partido al gobierno de su estado, el que punteaba junto con él en las preferencias. Se dieron un abrazo con fuertes palmadas en la espalda, como muchas otras que se escuchaban en los pasillos, patios y salas de espera de esa dependencia. Los dos se sentían apoyados por su jefe, el gobernador. Raúl era el secretario de gobierno y Atilano el secretario administrativo.

-E’asóoo mi hermano, no me digas que a ti también te llamó Gobernación, ¿a poco veníamos en el mismo avión Atilano?.

-No, a mí me llamaron del partido, mañana por la tarde voy a Insurgentes, vine con anticipación para saludar a mi amigo de la infancia, el Subsecretario de Enlace, con él tengo derecho de picaporte. También me comisionó el preciso para que vaya con el Subsecretario de Egresos de Hacienda, quien es mi amigo de generación de la UNAM, para los recursos extraordinarios que nos prometió para concluir las obras pendientes antes de que mi “Gober Preciso” me entregue las cuentas… nombre no te creas, es vacile, no hagas pucheros.

Los encargos o comisiones del gobernador eran extraoficiales, toda vez que meses atrás habían renunciado a sus cargos para cumplir con los tiempos, y aprovechando que se trataba del partido en el poder estatal y federal.

Raúl se reportó con el secretario del secretario particular del subsecretario, que ya andaba por ahí, que llegó dos horas antes, previendo cualquier contratiempo por el tráfico que se cargaba con las manifestaciones en el centro y los plantones frente a la Secretaría; se fue a tomar un café a “La Habana” con su acompañante, confidente y secretario particular.

-Cómo ves Orbelín, lo que era un rumor… siempre sí es su compadre el subsecretario de Hacienda… Ahorita te sigo comentando, voy a echarme una firma. “Lo acompaño jefe”… y tú sabes eso cuenta mucho, como debió ser entre Echeverría y López Portillo, eran vecinos, viajaron juntos a países de Sudamérica, soñaron con ser presidente de la República.

En la mesa, Orbelín, después de dar un sorbo a su café y expulsando el humo de su cigarro, comentó: “También es un buen vínculo que sea compañero de aulas del sub de Hacienda. Ya ves como Miguel Alemán y un grupo de sus condiscípulos de la Facultad de Derecho de la UNAM celebraron un pacto, que cualquiera de ellos que tuviera un cargo importante llamaría a los otros a colaborar; así lo hicieron. Alemán cumplió con creces: tuvo en su gabinete a varios amigos de la facultad.

“Pero ahora hay que ver tus pros: el gober y tú son hermanos masones desde hace mucho tiempo y Atilano acaba de solicitar su ingreso a la confraternidad.”

–El pacto que hizo Alemán –razonó Raúl-, no fue con todos sus condiscípulos o todo el salón, y no a todos los del pacto los hizo secretarios; algunos fueron directores generales; otros, jefes de departamento y tal vez dio unas plazas. Juárez en su gobierno se rodeó de los liberales que estaban en su logia, en la cual seguramente había quién ejercía el oficio de carpintero o de herrero, y no por eso los hizo sus ministros. Eso de la hermandad no es definitivo para que influya en el peso de la balanza., no lo compromete. Si considera más capaz a Atilano, optará por él; si considera que ambos somos igual de capaces tal vez se incline por mí. Mucho ha de tener sobre esta cuestión la frase de Juárez: “A los amigos, justicia y gracia, a los enemigos, la ley a secas.” Se dice que Juárez debía conceder el perdón a Maximiliano por ser de la confraternidad universal, y esto no podía ser así. Es como si alguien llegara a mancillar el honor de tu hermana y no pidieras someterlo a la justicia por ser tu fraternal de la logia; así, Juárez lo dejó en manos de la justicia, quien dictó sentencia de muerte. Juárez podía conceder el perdón, no lo hizo porque mancilló el honor de su patria.

“Atilano y yo hemos tenido una larga trayectoria –continuó relatando Raúl a su confidente y secretario-, él dentro de nuestro estado y yo la mayor parte dentro del Gobierno federal. Cuando fui a la Ciudad de México a continuar mis estudios en la UNAM, ingresé como oficial administrativo de una paraestatal. Cuando terminé mi carrera me nombraron subgerente, a los cinco años fui gerente y luego secretario particular del director general. Cuando este se fue como secretario de energía me llevó con él como jefe de sus asesores. Asimismo, se jaló a mucha gente de la CFE, con la cual formó un equipo de trabajo. A cada nuevo nombramiento que recibía se hacía acompañar de todo el equipo. Así, hasta que conocí al gobernador cuando él era director jurídico de la gran paraestatal. Le pidió a mi jefe que me prestara con él, aunque fuera eventualmente; de paso sería puente entre dos equipos de trabajo poderosos.